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Full text of "Poesías"

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EDICIÓN POSTUMA 



PRECEDIDA DE UN 



ESTUDIO CRÍTICO 



POR 



D. M. MENÉNDEZ Y PELAYO 

de la Real Academia Española. 



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MADRID 

PST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO 

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. 

C. de San Francisco, 4. 
1907 



Es propiedad. 



ESTUDIO PRELIMINAR 



I 



Si yo intentase trasladar á estas páginas 
la fisonomía moral y literaria de D. Amos 
de Escalante, no necesitaría buscar fuera 
de mi casa exacta y adecuada semblanza, á 
la cual forzosamente habrían de ajustarse 
los trazos de la mía para ser fieles á las pu- 
ras y correctas líneas del' modelo. Alguien 
de mi sangre, discípulo predilecto de Juan 
García, y digno heredero de algunas condi- 
ciones de su delicada musa, me prestaría el 
retrato que hace años bosquejó con toques 
rápidos y seguros, propios de quien estaba 
compenetrado con el alma de su poeta, que 
así le llama por antonomasia; poeta, no de 
los que se leen por curiosidad y recreo de 



VI 



horas ociosas, sino de aquellos otros, muy 
raros, que se convierten en guía espiritual 
de los que con ellos tienen afinidad innata 
6 electiva. Justamente ensalza este panegi- 
rista suyo á quien aludo lo que había de se- 
lecto y peregrino en aquella inteligencia tan 
culta y refinada, en aquel carácter de tan 
varonil mansedumbre. El sutil y reflexivo 
artista, el intachable caballero, salieron de 
su pluma caracterizados con cuatro rasgos 
de gráfica precisión que yo hago míos aquí 
por derecho familiar, como preámbulo ne- 
cesario para lo que voy á discurrir sobre las 
obras del gran escritor montañés; porque si 
en todos casos el conocimiento del hombre 
debe preceder al del escritor, todavía im- 
porta más cuando entre uno y otro hay tan 
perfecta concordancia y armonía como la 
hubo entre D. Amos de Escalante y Juan 
García (i). Y ojalá que de tal pseudónimo 

(i) D. Amos de Escalante y Prieto nació en 
Santander el 3 i de Marzo de 183 i, y murió en 
la misma ciudad el 6 de Enero de 1902. 

Sus obras son: 

— Del Man:(anares al Darro. Relación de viaje 



VII 

no hubiese usado nunca, pues con él dañó á 
la popularidad de su nombre entre las gen- 
tes, fuera de la comarca donde en todos 
tiempos sonó con honra su antiguo y verda- 
dero apellido, tan bien llevado por él; y 
donde se puso majestuosamente el sol de su 
vida, fecunda en buenas acciones, en cris- 
tianos ejemplos, que bastarían para hacer 
venerada y venerable su memoria, aunque 
no la enalteciesen los frutos de su ingenio, 
que son también obras buenas, como nacidas 
al calor de un alma tan cristiana y hermosa. 

por «Juan García:» Madrid, imp. deC. González, 
1863; 8.^, 321 págs. y dos hojas más sin foliar. 

— Del Ehro al Tíber. Recuerdos por «Juan Gar~ 
cía:» Madrid, imp. de C.González, 1864; 8.<^, 410 
págs. y tres hojas sin foliar, con el índice y 
erratas. 

— Costas y Montañas (Libro de un caminante), 

por «Juan García:» Madrid, imp. de M. Tello, 

1 87 i; 8.<^, 719 págs. y dos hojas más sin foliar. 

— En la playa (Acuarelas) , — Marina» — Un 
cuento viejo. — Bromas y veras, — A flor de agua, — 
La Luciérnaga: Madrid, imp. de M. Tello, 1873; 
8.°, 306 págs. 

— Ave Maris Stella, Historia montañesa del si- 



VIII 



(ijftian García (escribía mi hermano en 
i8go) es un caballero antiguo, en todo 
cuanto este adjetivo tenga de encomiástico. 
Español hasta el fondo de su alma, en ella 
guarda todas las energías y respetos de los 
españoles de antes — de los españoles que se 
pudiera decir sin más aditamento; — su pie- 
dad profunda, su moral austera, su hondo 
amor y nunca quebrantada obediencia del 
hogar, aquella cortesía con los viejos y los 
sabios y rendimiento con las damas, rendi- 

glo XVII, por «Juan García:» Madrid, imp de M. 
Tello, 1877; 8.0, 497 págs. 

— Amos de Escalante (Poesías): Santander, 
imp. y lit. de El Atlántico y 1890 (así en la por- 
tada exterior; en la interior dice: Marinas. — Flo- 
res. — En la Montaña); 8.^, 21.4 págs. y dos ho- 
jas sin foliar de índice. (Edición privada.) 

Quedan muchos artículos suyos, dignos de 
ser coleccionados, en El Dia^ La Epoca^ La llus- 
tr ación Española y Americana y otros periódicas 
de Madrid, y en casi todos los que en su tiempo 
se publicaron en Santander, especialmente en el 
Boletín de Comercio^ El Atlántico, La Tertulia y 
su continuación la Revista Cántabro- Asturiana, 
etcétera. 



IX 

miento y cortesía llenos de respeto y que no 
nacen en los labios, sino adentro, sin que ha« 
gan los labios otra cosa que vestirlos, al pa- 
sar afuera, con dicción noble y correcta, tan 
lejana de la afectación cuanto de la vulga- 
ridad. 

» Tanto como español es montañés: ape- 
gado al solar como la idea al cerebro en 
que nace; pagado del alto linaje de que vie- 
ne, no para otra cosa que para no obscure- 
cerle y para probar con obras y pensamien- 
tos cómo se funda en algo el respeto de las 
gentes á un apellido, á un escudo, á una 
casa; prendado de su tierra, no con amor 
irreflexivo y ciego, sino avivador del alma 
y los ojos, que no lleva á escarnecer la aje- 
na, sino sólo á elogiar la propia y poner en 
su servicio lo mejor del pensamiento y del 
corazón (i).» 

Cuantos conocieron á D. Amos de Es- 
calante, pueden responder de la exactitud 
de esta semblanza. Todos le encontraron 

(i) Artículo de Enrique Menéndez y Pelayo, 
en el libro De Cantabria: Santander, 1890, 
págs. 15-17. 



como su biógrafo: «cortés sin adulación, 
discreto sin igual, agudísimo y grave á un 
tiempo, tan sutil en razones como claro y 
fácil en palabras.» De su amenísimo trato 
guardan muchos memoria en Madrid, donde 
pasó los años juveniles, brillando con pro- 
pia luz en la sociedad más distinguida. «Era 
el mejor educado de los hombres,» me de- 
cía en cierta ocasión D. Juan Valera. Y 
entiéndase que el concepto de la educación 
no se aplica en este caso á apariencias que 
pueden ser vanas y frivolas, tras de las cua- 
les suele esconderse un corazón seco ó un 
entendimiento vacío, sino á una perpetua 
disciplina del carácter y de la mente, dis- 
ciplina que participa tanto de ética como 
de estética;' á una generosa efusión de bon- 
dad nativa, que cuando se une al claro dis- 
cernimiento de las cosas del mundo, em- 
bellece y transforma la vida en una obra de 
arte. De este arte fué consumado profesor 
aquel buen caballero en quien se encarna- 
ba la hidalguía de la Montaña. Esta profe- 
sión de no afectada cortesanía, este cuida- 
doso anhelo de lo noble y exquisito, se jun- 
taban en él (caso menos frecuente en hom- 



XI 



bres de mundo) con una"^ rectitud de inten- 
ción, con un sentido moral tan elevado, que 
la elegancia parecía en él una segunda con- 
ciencia. Lo malo le repugnaba, no solamen- 
te por malo, sino por feo, vil y deforme. 
Con el tesoro de bondad que tenía en su 
corazón, no podía menos de inclinarse al 
optimismo, pero indulgente con la humana 
flaqueza en los demás, era severísimo con- 
sigo mismo, aplicando este proceder á la li- 
teratura no menos que á la vida social. Nun- 
ca el error festejado, la prevaricación triun- 
fante, el mal gusto por deslumbrador que 
fuese, encontraron gracia ante sus ojos ni 
complicidad en su alma. Impávido vio pa- 
sar los más opuestos sistemas sin que fla- 
queasen un punto los fundamentos de su 
inquebrantable idealismo, de su patriotismo 
ardiente y sincero, que crecía con las tribu- 
laciones de la patria; de su profunda fe re- 
ligiosa, alimentada por una instrucción dog- 
mática que es hoy rarísima en los laicos. 

A sus principios conformaba las prácti- 
cas de su vida y el cumplimiento de sus de- 
beres de ciudadano, siendo en lo pequeño y 
en lo grande uno de aquellos ejemplares va- 



XII 



roñes cuyo prestigio de honradez y buen 
consejo refluye sobre un pueblo entero. 
Nuestro Santander ha conocido algunos de 
estos hombres: roguemos á Dios que hayan 
dejado descendencia, y que ella continúe 
labrando el edificio de nuestra tranquila 
prosperidad, ni envidiada ni envidiosa, co- 
mo cumple á la seriedad y prudencia tradi- 
cionales en la gente cántabra. 

Por acendrada modestia, que se compade- 
cía muy bien con la justa estimación de si 
propio; ó si se quiere, por cierto género de 
altivo y aristocrático pudor que acompañó 
siempre los pasos de su musa, puso empeño 
nuestro poeta en recatar á los ojos del vul- 
go todo lo exterior y circunstancial de su 
persona, comenzando por su nombre, bien 
á sabiendas de que con esto se condenaba 
á obscuridad relativa. Pero esto mismo le 
dio libertad para explayarse en confidencias 
íntimas, nebulosas, discretas, rotas á tre- 
chos por inesperada luz; vagos anhelos de 
su mente juvenil; visiones de hombre del 
Norte en tarde lluviosa y melancólica; con- 
flictos de la pasión, antes ahogados que na- 
cidos; y por término, la resignación supre- 



XIII 



ma, la pía y serena tristeza, que no abate 
ni enerva el espíritu, pero le acompaña 
siempre. Su alma de poeta lírico (hora es 
ya de darle tal dictado) quedó estampada 
en sus versos y en su prosa, tan honda y 
eficazmente, que los relatos históricos, las 
descripciones de paisajes, los cuadros de 
costumbres, la fábula novelesca, cuanto tra- 
zó su pluma, está envuelto en una atmósfe- 
ra lírica y líricamente interpretado^ en la 
más alta acepción que puede tener esta pa- 
labra lirismo. La observación es en él pre- 
cisa y exacta, como de hombre graduado y 
experto en Ciencias naturales; fidedigna la 
notación del detalle pintoresco; y, sin em- 
bargo, lo que en nuestro gran Pereda es 
cuadro de género tocado con la franqueza 
y brío de los maestros holandeses y españo- 
les, es en Amos Escalante vaga, misteriosa 
y melancólica sinfonía, que sugiere al alma 
mucho más de lo que con palabras expresa. 
Ambos han visto la Montaña como nunca 
ojos humanos la habían visto antes que 
ellos; ambos la han amado con amor indó- 
mito y entrañable, y puede decirse que su 
obra se completa para gloria de nuestra 



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gente, que, después de haber guardado un 
silencio de siglos, habló al fin por sus labios 
inmortales. 

En su arte, era Juan García un anacore- 
ta, un solitario. Muchos trataron familiar- 
mente con él, sin sospechar el gran escritor 
que en él había. El, que nada tenía de hu- 
raño ni esquivo; él, dispuesto siempre á in- 
teresarse por la producción ajena, cerraba 
con cien llaves la suya; á nadie hablaba de 
ella; trabajaba á hurto de sus amigos; y sólo 
cuando sus obras habían llegado al punto de 
madurez que su finísimo y severo gusto nun- 
ca aceleraba, las ponía con noble timidez en 
brazos de la imprenta, recatadas todavía 
con el velo de un pseudónimo, que, por ser 
tan vulgar, parecía á muchos nombre ver- 
dadero. Hubo quien tachase de afectación 
estas precauciones; hubo quien le tuviese 
por escritor premioso y difícil, que suplía 
con artificios de estilo y erudición lo que le 
faltaba de espontaneidad nativa. 

Injustísimos eran ambos cargos, cuando 
no dictados por la malevolencia. Escalante 
no era un principiante medroso; fué desde 
su primer libro un maestro, y tal pareció á 



XV 



los pocos que le leyeron: tenía la conciencia 
de su fuerza; pero había puesto tan alto su 
ideal artístico, que siempre creía estar nnuy 
remoto de la perfección, y todo esfuerzo le 
parecía pequeño para acercarse á ella. No 
pertenecía á la raza de los escritores fecun- 
dos, ingeniosos y fáciles de contentar, que 
siempre han abundado en España, sino á 
la de aquellos otros más raros, para quienes 
el Arte no ha sido un pasatiempo, ni una 
vanidad, ni un oficio, sino culto perenne, 
laborioso afán de robusto y valiente artífice, 
siempre inclinado sobre el mármol. Así se 
engendró en él aquella superstición de la 
forma, sin la cual no hay poeta ni crítico 
perfecto. Esta dura labor ocupó los mejores 
años de su vida, y ¿quién dirá que fuese es- 
téril, cuando, además de las poesías que 
ahora se imprimen, debemos á ella cinco 
libros en prosa, dos de los cuales habrán 
de ser textos clásicos el día en que los espa- 
ñoles vuelvan á aprender su lengua? Cuan- 
do el cumplimiento de otros fines de la vida 
todavía más altos que el fin estético, se im- 
puso á Amos de Escalante con la imperiosa 
y categórica voz con que siempre hablaban 



XVI 



en él los deberes, renunció á la literatura 
activa, porque era hombre incapaz de hacer 
las cosas á medias, y comprendía que el 
Arte es deidad celosa que exige entera con- 
sagración y no se allana á compartir su im- 
perio con nadie. No tiene otra explicación 
el silencio que, para desconsuelo de sus ad- 
miradores, guardó el autor de Ave Maris 
Stella después de la aparición de este libro, 
que es, como exactamente se ha dicho, «el 
diamante negro de su corona de escritor.» 
Solía acusarse él mismo de perezoso, apli- 
cándose aquella sentencia de los Proverbios: 
nDesideria occidunt pigriim.)) Y como aveza- 
do al análisis psicológico en la lectura y me- 
ditación frecuente de místicos y moralistas, 
hizo anatomía de aquél su estado de alma, no 
por cierto con mucha blandura, en el prota- 
gonista de su cuento A flor de agua, á quien 
pinta incansable é ilimitado en los propósi- 
tos y desidioso en la ejecución, «flotando en 
vaguedad perpetua, disipado, obscuro, tran- 
sido de recelos y desconfianzas, falto de se- 
renidad y resolución para fiar á nadie sus 
propias divagaciones, y las visiones que eran 
su constante y única compañía.» Pero lo 



XVII 



que aquí describe con el nombre de pereza 
6 acidia espiritual, era, más bien que el ice- 
diuin vU(£, la generosa dolencia romántica, 
la fiebre del ideal, que él hubo de atravesar 
como todos los grandes espíritus de su ge- 
neración, y de la cual siempre conservó re- 
liquias, porque ningún poeta digno de este 
nombre convalece enteramente de ella. Su 
pereza no era más que una forma de su in- 
génita melancolía; pero á diferencia de otros 
muchos vates de su escuela (si es que tu- 
vo escuela alguna)^ no la alimentaba con 
ensueños vanos de infecundo y enervador 
egoísmo, sino con fantasmas consoladores, 
que eran trasunto ó símbolo de realidades 
altísimas. La religión y la vida doméstica, 
le habían enseñado el precio de las virtudes 
sencillas. El trato familiar y cariñoso con 
la Naturaleza, le había mantenido robusto 
y sano de cuerpo como de alma; aventaja- 
do en todo género de ejercicios físicos; na- 
dador de los más intrépidos de la costa; an- 
dador incansable, á quien eran tan familia- 
res nuestras montañas y nuestros valles, 
como los del Alta Italia mucho antes de 
que se hubiese inventado el alpinismo. La 

b 



XVIII 



contemplación de los monumentos y mara- 
villas de otras edades; el estudio de la His- 
toria patria, en que sobresalió tanto; la lec- 
tura de los grandes clásicos de todas las 
literaturas, eran para él fuentes, inextingui- 
bles de entusiasmo y de consuelo. Con tales 
condiciones, además de las que debió al na- 
cimiento y á la fortuna, y, sobre todo, á su 
propia bellísima índole que le hacía grato á 
todo el mundo, alcanzó aquella limitada 
suma de felicidad que cabe en lo humano, 
y jamás el pesimismo ni la misantropía pu- 
dieron encontrar albergue en su alma. Pero 
como era cristiano y era poeta, y nació en 
una era crítica y terrible para el pensamien- 
to humano, tuvo que soportar, como todo 
hijo de Adán, grandes y espirituales dolores, 
tanto más acerbos cuanto sea más delica- 
do y magnánimo quien los sufre; tuvo que 
luchar con las insidias del error y con las 
propensiones de nuestra naturaleza caída, 
saliendo victorioso, pero desgarrado, de la 
lucha. No es maravilla, pues, que su voz 
venga empapada en lágrimas, y que haya 
más tormentas y brumas en su poesía que 
, días serenos y auras bonancibles. 



XIX 



V 



No fué ni pudo ser poeta popular, sino esen- 
cialmente aristocrático, como lo era su tem- 
peramento. Cantó para pocas y selectas al- 
mas; pero en su apartamiento y soledad 
estética no hubo ficción, ni alarde, ni impos 
tura. Jamás afectó respecto de los triunfos 
ajenos la indiferencia desdeñosa con que 
suele encubrirse la soberbia impotente. Pu- 
do decir, como el gran poeta alemán, que 
había andado por muchos caminos, pero que 
nadie le había encontrado en el de la envi- 
dia. Tenía la grande, la envidiable cuali- 
dad de estar siempre descontento de sus 
obras, y de ver con rara perspicacia los 
aciertos de las ajenas. Pero nunca la admi- 
ración le convirtió en secuaz de nadie; á 
nadie sacrificó la integridad de su criterio 
ni la castidad de su musa. Con pocas con- 
cesiones que hubiera hecho al gusto domi- 
nante, habría sido mucho más famoso y leí- 
do; pero tuvo suficiente valor pora esquivar 
aplausos que, por otra parte, no desdeñaba, 
y se retrajo en su mundo poético que pa- 
recía tan pequeño y era tan grande. Bajo 
la alegoría, del Martín -pescador^ dijo de sí 
mismo: 



Vi 



XX 

Yo nací para volar 
En Lin cauce montañés, 
De altos troncos á los pies, 
Donde suene cerca el mar... 

Tranquilo,, casi feliz, 
Me albergo en angosto nido, 
Bien guardado y mal tejido 
De un aliso en la raíz... 

Nunca, aun oyéndolo hablar, 
Fué gusto ni intento mío 
Llegar por el cauce al río 

Y por el río á la mar... 
Nuevas del mundo me traen 

Voces que las selvas tienen, 
Flores que en las aguas vienen, 
Hojas que del árbol caen... 
, Odio el ruido, paces quiero, 

Y por solo y por callado 
De adusto y malhumorado 
Me moteja el pasajero. 

Mas ¿á quién pudo agraviar 
Que el cauce su fondo esconda? 
El agua, cuanto más honda, 
Se deja menos mirar... 

Si ofrece triunfos la tierra, 

Y celebrados y nobles 
Medran laureles y robles ' 
En lo áspero de la sierra, 



XXI 

Brindan en aguas del cauce 
A mi vivir lo preciso, 
Las cortezas del aliso 

Y los renuevos del sauce... 
Pues negó á mi condición 

Naturaleza discreta, 
El pecho de la cerceta 

Y las alas del halcón, 

¿A qué buscar en los cielos, 
A qué pedir á los mares 
Aire más rico en azares, 
Vida más puesta á desvelos? 

¡Tentación de muchos es, 
Ancho mundo, en tí soñar! 
Yo nací para morar & 
En mi cauce m^ontañés. 

Modesto era al hablar así. La Naturaleza 
no le había negado ninguna condición de 
escritor, salvo acaso cierta desenvoltura, 
resolución y firmeza que impera y subyuga 
á todo género de lectores. Pensaba y so- 
ñaba juntamente, y al velarse sus pensa- 
mientos con las sombras del ensueño, no 
podían ser enteramente diáfanos. Impone 
saludable atención al que lee; pero nadie 
dirá que esto sea un demérito. Puede serlo 



\ 



XXII 



la falta de precisión á veces, cierta especie 
de niebla que envuelve los contornos de sus 
figuras. Era poeta lírico aun escribiendo en 
prosa, y lo era de especie muy sutil y eté- 
rea, más musical que gráfico, á pesar de lo 
avezados que sus ojos estaban á la contem- 
plación de las maravillas del color y de la 
línea. 

La densidad de su prosa, que no es de- 
fecto, sino exceso, tenía sus hondas raíces 
en una cultura de las más vastas y más só- 
lidas que en escritor español he visto; cul- 
tura de la que no hacía el más mínimo alar- 
de, pero que le proporcionaba continuos go- 
ces espirituales, y daba nervio á su enten- 
dimiento, ritmo á su estilo, peregrina no- 
vedgid y gallardía á sus sentencias y discur- 
sos. Consumado latinista, éranle familiares 
en su original todos los clásicos de la anti- 
gua Roma y aun algunos Padres de la 
Iglesia, y su lección y la de los españoles 
del buen tiempo, que diariamente refresca- 
ba, le tenían como embebecido y hechiza- 
do. El se describe admirablemente bajo este 
aspecto en aquel Juan de A flor de agua, 
que tiene tantos rasgos suyos. «Lector des- 



XXIII 



esperado, sin orden ni mesura, en cuanto 
al asunto de lo que leía; pero sibarita ex- 
quisito en cuanto al estilo, sin cuya precisa 
gala y ornamento no había para su gusto 
libro tolerable ni escritura legible. Latín 
de San Jerónimo ó latín de Lucrecio, eran- 
le iguales, puesto que la lengua en ellos era 
igualmente clara, sobria y enérgica. Jácara 
de Quevedo ó discurso del venerable Grana- 
da, le deleitaban de la misma manera, por- 
que en ambos hallaba su habla materna, su 
patrio castellano, rico, elegante, afluente y 
armonioso.» 

No era bibliófilo, y en reducido estante 
cabían sus libros particulares y predilectos; 
pero rara vez vieron las bibliotecas públi- 
cas lector más asiduo. La antigua del Ate- 
neo de Madrid le debió en gran parte su or- 
ganización y catálogo; y allí, como en la 
Academia de la Historia, se pasaba las ho- 
ras muertas, atento unas veces á lo antiguo 
y otras á lo moderno, porque en sus prefe- 
rencias nada había de exclusivo, ni más ley 
y norma que el buen gusto estimulado por 
la curiosidad nunca satisfecha. Las litera- 
turas inglesa é italiana, tan desemejantes 



XXIV 



entre sí, compartían el dominio de su espí- 
ritu, que recibió de una y otra muy prove- 
chosas influencias. Leía tan continuamente 
á Shakespeare como á Dante, á Walter- 
Scott y á Byron tanto como á Manzoni y 
Leopardi. Dado el temple de su alma, no 
podían contagiarle ni la soberbia más tea- 
tral que satánica del autor de Childe-Ha- 
rold, ni la desesperada filosofía que en ver- 
sos de inmortal y serena hermosura expre- 
só el tétrico solitario de Recanati. Por eso 
pudo frecuentarlos impunemente; y quien 
lea con atención sus versos líricos, no de- 
jará de reconocer de vez en cuando el mis- 
terioso influjo, no sólo formal, sino senti- 
m.ental, del mayor poeta romántico y del 
mayor poeta clásico del siglo xix, absorbi- 
dos á pequeñas dosis y contrastados por una 
mente sana. De Byron llegó á poner en 
verso castellano trozos bastante considera- 
bles que acaso se conserven entre las hojas 
del ejemplar inglés de su uso. De los dos 
grandes maestros de la novela histórica, pe- 
ro más del profundo italiano que del brillan- 
te escocés, recibió dirección y ejemplo para 
la suya. Apenas hubo cumbre del arte que 



XXV 



fuese para él inaccesible. Conocía la Divina 
Comedia como un dantófilo de profesión, y 
salpicado está de reminiscencias de ella su 
viaje á Italia. Los versos de Shakespeare 
eran para él tan sugestivos, que sin esfuer- 
zo los aplicaba á estados psicológicos suyos, 
para los cuales parecían nacidos, como es de 
ver en algunas páginas de En la playa. Pero 
el culto de lo grande no le hacía olvidar la 
curiosidad de lo pequeño. Había penetrado 
en todos los rincones de la literatura ingle- 
sa, cuyos libros le agradaban en extremo 
hasta por sus condiciones tipográficas. Y 
era de ver cómo se enfrascaba, por ejemplo, 
en la lectura de los novelistas del tiempo de 
la Reina Ana, tan poco familiares á los es- 
pañoles, gustando mucho de Fielding y aun 
de Smollett, sin duda por la patente analo- 
gía que Tom Jones y Roderick Random tie- 
nen con los procedimientos de nuestras no- 
velas picarescas (i). 

(i) Conoció bastante la lengua alemana y 
sus poetas para traducir con elegancia versos de 
Koerner, de Rückert y de Uhland, que van en este 
tomo. Pero otros estudios le distrajeron de éste, 



XXVI 



En Francia (donde tenía deudos) había 
recibido parte de su primera educación (i), 
y hablaba el francés con facilidad y pureza; 
pero como á la mayor parte de los españo- 
les castizos (si han de confesar lealmente lo 
que sienten), le dejaban algo frío las elegan- 
cias y esplendores del siglo de Luis XIV, de- 
leitándose mucho más en la literatura mo- 
derna (no precisamente en la contemporá- 
nea), y también en la literatura arcaica de 
la Edad Media y del Renacimiento, más in- 
ventiva y fecunda, más tumultuosa y des- 
ordenada, más afín á la nuestra, en suma. 
Tratándose de cualquier época, aun del si- 
glo XVIII, que no era ciertamente el de su 
predilección, tenía gustos muy personales 
que no iban siempre al hilo de la gente, y 

en que perseveró más su íntimo amigo Adolfo 
de Aguirre. 

( I ) Los estudios de latinidad y humanidades, 
que fueron capitales en su desarrollo como en el 
de todo literato digno de este nombre, los había 
hecho en Santander, en el Instituto Cántabro, del 
cual fué uno de los primeros y más aventajados 
alumnos. Véase el cariñoso recuerdo que le de- 
dica en Costas y Montañas^ P^^^gs. 276-280, 



XXVII 



eran indicio de gran distinción intelectual. 
¡Cuan pocos españoles habrán leído el de- 
licioso Viaje d Italia del Presidente De 
Brosses, cuyas amenas páginas tanto rego- 
cijaban á Escalante! Recuerdo que nuestro 
D. Amos fué el primero que llamó mi 
atención sobre la importancia estética de 
los Salones, de Diderot, cuando yo tenía en 
poca estima á este corifeo de la enciclope- 
dia, que hoy me parece el escritor más ge- 
nial y menos anticuado de su tiempo, á pe- 
sar de sus inmensas aberraciones de pen- 
samiento y estilo. 

No llegó en un día mi amigo, ni esto lo 
consienten las leyes de la vida, á la tranqui- 
la ponderación, á la curiosidad discreta, á la 
sabia ecuanimidad que realzaron las obras y 
las palabras de su madurez, Pero si alguna 
ilusión juvenil pudo conducirle por sen- 
deros que parecen los de la belleza artís- 
tica y no lo son, su retorno á los eternos 
principios del buen gusto liubo de ser tan 
rápido, que ya en su primer libro, escrito en 
1860 (i), hablaba con remordimiento de 

(i) Tal es la verdadera fecha de las cartas 



XXVIU 



aquellas horas de su adolescencia emplea- 
das en «lecturas desordenadas y mal esco- 
gidas;» y con una severidad que nadie es- 
peraría de sus años, se manifestaba entera- 
mente desengañado de ciertos ídolos de la 
mocedad romántica, reprobando «el artifi- 
cioso plan, las filosóficas declamaciones, el 
espíritu mezquino de tantos libros, cuya 
lectura enñía el corazón, fomentando en él 
el desprecio de los hombres y un desordena- 
do amor de sí mismo,» En una nota del 
mismo libro (i), no menos curiosa por su ca- 
rácter autobiográfico, habla de cierta bohe- 
mia, á la cual había pertenecido en sus años 
estudiantiles,^y que tenía por ideal la bohe- 
mia de los artistas y literatos parisienses, y 
por autores predilectos á Balzac, Karr y 
Murger; extraña asociación de nombres por 
cierto. De éstas sus admiraciones prematu- 
ras, sólo quedó en pie, andando el tiempo, 
la de Balzac, entendido, por supuesto, de 
muy diversa manera que antaño. Y en enan- 
que forman el libro Del Ehro al Tiber, aunque no 
se coleccionaron hasta 1864. 

(i) Del Ebro al Tíber, pág. 141. 



XXIX 



to al remedo de bohemia^ no tengo la menor 
duda de que hubo de ser de lo^más platóni- 
co y morigerado que entre mozos alegres, 
como lo pedía su edad, pero todavía más es- 
tudiosos que regocijados, pudiera encontrar- 
se. Quien haya conocido á algunos de los ta- 
les bohemios^ entre los cuales no es indiscre- 
ción recordar los nombres del delicadísimo 
escritor santanderino D. Adolfo de Aguirre 
(hermano espiritual de Amos de Escalante 
bajo todos aspectos) y del sabio cuanto in- 
fortunado naturalista é investigador de la 
historia de América, D. Marcos Jiménez de 
la Espada, no dejará de sonreírse un poco de 
las travesuras juveniles que pudieron come- 
ter aquellos excelentes varones, en quienes 
parecía innata la dignidad caballeresca, la 
cortesía y la modestia. 

Había, no obstante, gérmenes de conta- 
gio en la atmósfera intelectual que entonces 
se respiraba, aunque comparada con la anar- 
quía de hoy parezca inofensiva. Otras bohe- 
mias^ ó círculos de literatos jóvenes, más ar- 
dientes y tempestuosas que la de Amos y 
sus amigos, fueron avasalladas teórica y 
prácticamente por la mala cola del romanti- 



XXX 



cismo francés degenerado, y grandes inge- 
nios se extraviaron algún tiennpo por sendas 
de que casi todos llegaron á apartarse con 
gloria, bastando el memorable ejemplo de 
Alarcón para probarlo. Nuestro Escalante 
no tuvo que atravesar, á lo menos para el 
público, este terrible período de prueba y 
aprendizaje. Su holgada fortuna le ponía á 
salvo de todos los riesgos de la industria li- 
teraria, y jamás se le ocurrió convertir la 
producción poética en fuente de ingresos ó 
en medio de vida. Podía sentir y soñar á 
sus anchas, prepararse con viajes y lectu- 
ras, cultivar asidua y celosamente en el 
huerto cerrado de su alma la flor del ideal, 
y ser al propio tiempo espectador inteligen- 
te, pero nunca apasionado ni militante, del 
conflicto de ideas, no sólo literarias, sino po- 
líticas, sociales, económicas, que agitaba á 
ta juventud de su tiempo. Todo lo probó; 
pero sólo retuvo lo que era bueno, lo que 
podía traer nuevas armonías á su alma, no 
perturbarla con falsas visiones ó halagüe- 
ños sofismas, ni enconarla en estériles con- 
troversias. En las soledades á que su me- 
lancolía septentrional le llevaba con fre- 



XXXI 



cuencia, no eran los libros más ruidosos y 
celebrados los que solían acompañarle, sino 
otros de modesta apariencia, pero de cris- 
tiano jugo, de resignada y humilde poesía. 
Entre estos libros, recuerdo las Prisiones^ 
de Silvio Pellico, y todavía más El leproso 
de la ciudad de Aosta, de Javier de Maistre, 
obra que leía periódicamente, y que tenía 
para él la unción de un libro devoto, esti- 
mando como providencial el día en que ha- 
bía caído en sus manos. 

Entre los poetas mayores del coro ro- 
mántico francés, Víctor Hugo le deslum- 
hraba; pero no le conmovía ni le llegaba á 
las entrañas. Por Alfredo de Musset sentía 
una inmensa y compasiva ternura, admi- 
rando la sinceridad del sentimiento y el 
don de lágrimas que tuvo, y que hace in- 
mortales las suyas, hasta cuando brotan de 
fuente impura. La frialdad marmórea, el 
endiosamiento solitario, el soberbio estoi- 
cismo de Alfredp de Vigny, le retrajeron de 
imitarle, aunque tenía con él cierta analo- 
gía de temperamento sutil y refinado. El 
predilecto de su corazón fué Lamartine, al- 
ma tierna, elevada y contemplativa como la 



XXXII 



suya. La vaguedad, el pudor, el misterio de 
las confidencias líricas de nuestro autor, tie- 
nen, sin duda, algo de lamartiniano; pero 
no son derivación ni reflejo del gran poeta 
de las Meditaciones^ de quien en la técnica 
le separaban abismos. Lamartine era la 
espontaneidad misma; era un raudal de elo- 
cuencia poética, excesivamente fluida, sinuo- 
sa y ondulante. Juan García era un artífice 
laborioso, algo premioso si se quiere, que 
aspiraba al dibujo correcto y firme, aunque 
no siempre le lograse, y á quien no podía 
satisfacer del todo la manera regiamente 
despilfarrada de Lamartine, lo flotante y 
vagó de su dicción poética, la inmaculada, 
pero algo monótona, blancura de su estilo, 
que parece bañado siempre en cierta atmós- 
fera láctea. Creo, sin embargo, que fué uno 
de los poetas que más amó y admiró toda 
su vida. De otros franceses posteriores ha- . 
biaba poco, aunque siguió atentamente las 
evoluciones de la lírica entre nuestros veci- 
nos. Hacía especial aprecio, y bien lo co- 
nocerá quien lea sus obras, de los idilios 
bretones de Brizeux, y de los Poemas de 
la Mar, del marsellés Autran, á quien tra- 



XXXIII 



dujo ó imitó alguna vez en sus Marinas, 
Al contrario de muchos ingenios nuestros 
que no conocen más lectura que la literaria, 
por lo cual viene á malograrse su actividad 
en fruslerías y devaneos insubstanciales, 
Amos Escalante alimentaba su inteligencia 
con los estudios más diversos. Sin presumir 
de erudito de profesión, podía alternar de- 
corosamente con los especialistas. Lo que 
sabía, lo sabía bien, metódicamente y á 
conciencia. No era licenciado en Derecho, 
como suelen serlo en España los hijos de 
familias acomodadas, sin que los estudios 
jurídicos medren mucho con tan distinguida 
clientela. Era licenciado, y aun creo que 
doctor, en Ciencias físicas, título mucho 
menos vulgar entre nosotros, y que por sí 
solo prueba amor á la cultura desinteresada, 
la que principalmente debían adquirir y ha- 
cer progresar Ips privilegiados de la fortuna. 
Pero el arte y la historia le atrajeron siem- 
pre masque la ciencia pura. El romanticis- 
mo tradicional le llevó como por la mano á 
la arqueología; y quien haya leído las pá- 
ginas bellísimas que en Costas y Montañas 
dedica á la descripción de los monumentos 



XXXIV 



de nuestra provincia, reconocerá que, sin 
alarde de tecnicismo, sabía ver y juzgar, no 
sólo el alma arquitectónica, sino los deta- 
lles de la construcción, y que esta pericia 
suya no era de las que se improvisan á poca 
costa, hojeando el Abecedario de Caumont ó 
los Diccionarios de Viollet-le-Duc. Era fino 
conocedor de la teoría y de la historia de la 
pintura, y dudo que, fuera del inolvidable 
Fernández Jiménez, le aventajase en este 
punto ninguno de los críticos y aficionados 
que por los años de i855 á 1860 solían con- 
currir á la famosa tertulia de su amigo de 
la infancia Cruzada Villaamil. Hasta creo 
que sus primeros ensayos en prosa fueron 
trabajos de crítica pictórica, con motivo de 
algunas Exposiciones, y me consta que por 
ese mismo tiempo emprendió investigacio- 
nes sobre la vida y obras del gran Ribera. 
El precioso capítulo sobre los cuadros de 
Murillo, que intercaló en su viaje de Anda- 
lucía, y muchos rasgos sueltos del de Italia, 
revelan una intuición estética muy segura, 
tan alejada de los lugares comunes del tu- 
rista discípulo y esclavo de su Guía, como 
de las paradojas funambulescas que, á modo 



XXXV 



de fuegos artificiales, suelen quemarse en 
los estudios y talleres de los artistas y en 
los cenáculos literarios. 

De los méritos de Escalante en la narra- 
ción histórica, diré algo al tratar de la obra 
en que mejor campean. De la excelencia de 
su prosa castellana, del profundo estudio 
que hizo de la lengua hasta lograr el prodi- 
gio de que su último libro (Ave Maris Sul- 
la) parezca, no una imitación sabia de los 
del siglo de oro, sino un producto espontá- 
neo de nuestra vieja literatura, una novela 
desenterrada que viene á reclamar su pues- 
to en la serie de nuestras novelas inmorta- 
les, es inútil decir mucho, porque esta cua- 
lidad de su estilo es de las que resaltan de tal 
modo, que no puede ocultarse á los más pro- 
fanos. De arcaísmo le tacharon algunos. Lo 
que empieza á ser arcaico es la incultura que 
tal acusación envuelve. Hasta los literatos 
jóvenes, los llamados modernistas^ sienten 
la necesidad de romper con el estilo incolo- 
ro, con el vocabulario pobrísimo, con la ama- 
nerada sintaxis mal traducida del francés 
con que escribieron la mayor parte de nues- 
tros prosistas del siglo xix, aun aquéllos que 



XXXVI 



por otras razones merecen altísima loa. En- 
tre los pocos que se salvaron de esta lepra 
galicana, hay que poner en primera línea á 
Amos de Escalante, cuya producción litera- 
ria es de más vigor y consistencia que la del 
Solitario (limitada á cuadros de género y 
fragmentos históricos), y menos artificiosa 
y académica que la de los hermanos Fer- 
nández Guerra. 

De intento he dejado para este lugar una 
que yo creo fuente principalísima, aunque 
oculta, de la inspiración de Amos de Esca- 
lante. Bien pudiéramos decir de ella, sin 
sombra de profanación, lo que en sus versos 
espirituales cantó San Juan de la Cruz: 

¡Qué bien sé yo la fuente que mana y corre 
Aunque es die noche! 

De su piedad, tan ilustrada como fervoro- 
sa, son testigos cuantos le conocieron á 
fondo. Pocos libros de imaginación se es- 
criben ahora tan empapados de espíritu 
evangélico como Ave Maris Stella, ni que 
con tanta elocuencia inculquen las ense- 
ñanzas de aquella caridad activa que brota 



XXXVII 

de la fe, como la fuente de la roca. Algunas 
de las niejores páginas de esta novela pare- 
cen arrancadas de cualquier tratado ascéti- 
co del siglo xvi: reflejan altísimos concep- 
tos de filosofía mística, y no es hipérbole 
decir que están escritos en la soberana len- 
gua de Estella, de Malón de Chaide, de Fray 
Juan de los Angeles. Pero lo que yo debo 
añadir, porque son pocos los que lo saben, 
es que no he conocido ningún seglar tan 
dado como él á la lección y meditación de 
las Sagradas Escrituras. Caso rarísimo en 
España, donde aun los que pasan por de- 
votos suelen contentarse con lecturas espi- 
rituales de segundo orden, que, por exce- 
lentes que sean, son siempre indignas de 
compararse con la palabra divina. Juan 
García no cayó nunca en este olvido de la 
Biblia, que es, sin duda, una de las princi- 
pales causas de la decadencia y empobreci- 
miento de nuestro espíritu religioso. Medi- 
tó atentamente las palabras de la Ley, y 
nunca apartó su corazón de ella. «Solía leer 
á Salomón, y aun lo leía cuotidianamente; 
mas aprovechábase poco de sus sanos con- 
sejos,» dice modestamente de aquel perso- 



XXXVIIl 



naje novelesco en quien se retrató á sí mis- 
mo, hasta cierto punto. Y yo puedo afirmar 
que no sólo los libros sapienciales, sino to- 
dos los del Viejo y Nuevo Testamento, eran 
pasto de su lectura diaria, unas veces por 
el orden en que están en el canon, otras es- 

• 

cogiendo el libro ó el capítulo que cuadra- 
ban mejor á las circunstancias del día ó al 
estado de su alma. Para esta piadosa ocu- 
pación, de la cual no hablaba nunca, pero 
que sus íntimos conocíamos, tenía siempre 
sobre la mesa un ejemplar de la Vtdgata 
latina en un solo tomo; y de tal suerte lle- 
gó á empaparse en el texto bíblico, que po- 
día, sin auxilio de las Concordancias, traer 
á la memoria cualquier versículo ó senten- 
cia, indicando puntualmente el lugar en que 
se encontraba. Dudo que sean muchas las 
biografías de literatos modernos en que pue 
da escribirse cosa semejante. Y nótese que 
Amos no se acercaba á los sagrados libros 
por curiosidad profana, ni por resolver difi- 
cultades exegéticas que le preocupaban poco, 
aunque de ellas tuviese nada vulgar cono- 
cimiento, sino que los leía como creyente 
y como artista, con religioso pavor y revé- 



XXXIX 



rencia, para mejorar su conciencia en cada 
lectura, y engrandecer su fantasía y su pen- 
samiento con la sobrehumana poesía que 
de aquellos libros brota á raudales. 

Un ingenio educado de esta manera no 
podía ser frivolo nunca, aun en obras de 
pura imaginación, y por eso las de Juan 
García tienen un sello de gravedad y ma- 
durez, que naturalmente es mayor en las 
últimas, pero que no falta ni siquiera en 
los versos y en los libros de viajes que es- 
cribió cuando no había traspasado aún los 
linderos de la juventud. 

No es mi ánimo colocar estas produccio- 
nes de su primera manera en la misma lí- 
nea que las últimas, aunque para el gusto 
común quizá resulten más fáciles, llanas y 
sabrosas. Detesto la indiscreción en los elo- 
gios, y nada sería más indiscreto que con- 
fundir en una misma alabanza las flores de 
la generosa mocedad y los frutos de la edad 
viril. En un ingenio aventurero, despilfarra- 
do é improvisador, pueden valer aquéllas 
más que éstos; pero caso contrario tiene 
que ser el de Amos de Escalante, cuya vida 
fué una perpetua y severa educación de sí 



XL 



mismo, Hay en su carrera literaria dos pe- 
ríodos claramente separados hasta por el 
intervalo de ocho años de silencio que me 
diaron entre el uno y el otro. Las ideas fun- 
damentales del escritor no cambiaron nun- 
ca; pero en sus procedimientos hubo un des- 
arrollo gradual, y aun si se quiere un cam- 
'bio relativo. 



II 



Los dos libros titulados Del Manzanares 
al Darro (i863) y Del Ebro al Tíber (1864), 
están escritos en un castellano moderno, 
aunque muy elegante, que no podía causar 
extrañezá á nadie; y pertenecen á un géne- 
ro de literatura moderno también, que tiene 
en Francia modelos excelentes, no supera- 
dos quizá en ninguna otra parte. Juan Gav' 
cía los tenía muy presentes; á pesar de lo 
cual su viaje no se parece ni al del Presi- 
dente de Brosses, tan admirado por él, ni á 
la novela de Mme. de Stáel, ni á los Paseos 
de Stendhal, cuyo carácter le era profunda- 
mente antipático, aunque estimase en gran 



XLI 



manera su ingenio; ni mucho menos al de 
Taine, que no estaba escrito todavía cuan • 
do Amos hizo en 1860 su excursión por 
Italia. Nuestro autor viaja por cuenta pro 
pía, y nos transmite sus propias impresio- 
nes, no las ajenas, mérito que no siempre 
alcanzan otras relaciones de viajes más ex- 
tensas y al parecer más nutridas que las 
suyas: por ejemplo, el amenísimo viaje de 
Alarcón, De Madrid á Ñápales^ hecho y es- 
crito el mismo año que el de Juan García, 
de quien fué fraternal camarada en Roma. 
Alarcón seduce, atrae, fascina con su elo- 
cuencia pintoresca; pero él, tan exuberan- 
te de personalidad en sus relatos de África 
y de la Alpujarra, da de Italia una visión 
atropellada y fantasmagórica, en que pone 
muy poco de su alma. Es libro que se lee 
con agrado, pero del cual muy pocas pági- 
nas quedan en la memoria ni convidan á 
repetir la lectura. Yo no intentaré, porque 
esto es cuestión de gusto personal, sobre- 
poner el libro de mi paisano, conocido de 
tan pocos, al libro de Alarcón, delicioso á 
pesar de su ligereza ó quizá por virtud de 
ella misma. Tampoco le compararé, porque 



XLII 

desconfío mucho del procedimiento crítico 
de las comparaciones, con ningún otro libro 
de los tres ó cuatro españoles sobre Italia 
que merecen leerse en la serie no muy nu- 
merosa de los que se han escrito después de 
aquel viaje de Moratín, tan picante y diver- 
tido, tan curioso para la historia del teatro 
y de las costumbres, y hasta como docu- 
mento de la incapacidad de su autor para 
comprender y sentir cualquier arte que no 
fuese el arte de la comedia, tal como él le 
profesaba. Ni negaré sus peculiares méritos 
á la discreta lucidez de la Italia de Pache- 
co, á la sólida cuanto elegante labor de Don 
Severo Catalina en su libro sobre Roma, ni 
aun á la pompa retórica de Castelar en sus 
Recuerdos de Italia^ donde están las páginas 
menos oratorias y más literarias que escri- 
bió en su vida. Digo únicamente que los re- 
cuerdos de Juan García son un libro aparte, 
que no desmerece de ninguno de los citados, 
ni debe perderse en el montón anónimo de 
los libros de viajes que hoy se producen con 
tan estéril abundancia. 

No es ni pretende ser descripción íntegra 
de Italia, ni siquiera de la parte de ella que 



XLIII 



el autor recorrió; pero cumple con la pro- 
mesa de su título, pues comienza en el 
puerto que hoy es cabeza de la región don- 
de el Ebro nace, y termina en las sagradas 
márgenes del Tíber. Falta casi enteramen- 
te la descripción de Roma, acaso porque el 
autor temió emprenderla, abrumado por la 
grandeza del asunto, ó porque la reservaba 
intacta para una segunda parte que no lle- 
gó á escribir. Intercalado caprichosamente 
en el libro está el relato de una visita noc- 
turna al Coliseo, que hace sentir que tal 
propósito no se realizase. 

El mayor escollo que este género de iti- 
nerarios tiene, el de ir pisando sobre las 
huellas ajenas, el de admirar convenció - 
nalmente donde otros han admirado, el de 
caer en el ditirambo frío ó en la estadís- 
tica prosaica, está perfectamente salvado 
en el viaje de Amos de Escalante, que no 
habla más que de lo que vio, no se entu- 
siasma por contagio romántico, y expresa 
su propia emoción sobria y delicadamente, 
con aquel gentil y discreto señorío que le 
salvó siempre de la vulgaridad. Pero toda- 
vía más que sus impresiones artísticas, que. 



/ 

XLJV 



aun siendo muy suyas, no podían ser muy 
nuevas en materia tan agotada {oui non dic" 
tus Hylas puerpj; todavía más que los dos 
excelentes capítulos sobre Venecia y la des- 
cripción mucho más rápida de las ciudades 
de Toscana, interesa en este libro de me- 
morias lo que tiene de autobiográfico, aun- 
que modestamente disimulado: la pintura 
animadísima de la sociedad de Turín en los 
días inmediatos á la paz de Villafranca; las 
anécdotas relativas á Cavour; las veladas 
del castillo de Valperga, donde el autor re- 
cibió cariñosa hospitalidad de los Condes de 
Carpeneto; sus excursiones al Lago Mayor 
y á las islas Borromeas. Por su distinción 
social, por sus conexiones diplomáticas, por 
su independencia política, se hallaba en me- 
jores condiciones que otros para estar bien 
informado y juzgar sanamente del comple- 
jo movimiento que iba labrando á sus ojos 
la unidad de Italia; pero este juicio no pasa 
de insinuación que los lectores pueden com- 
pletar con los datos de primera mano que 
les ofrece. Algún detalle hay en estas pági- 
nas que quizá la historia no ha recogido to- 
davía: el relato interesante y conmovedor 



XLV 



de la partida de la Duquesa de Parma para 
el destierro en lo de Junio de iSSg. Este 
relato emana de testigo presencial y fide- 
digno. Entre las pocas personas que acom- 
pañaban ala desterrada Princesa, estaba «un 
español, Pedro de Escalante,» entonces jo- 
ven agregado á nuestra Legación en Turín, 
hermano mayor de Amos, á quien ha sobre- 
vivido para honra de su casa y buen ejem- 
plo de sus convecinos. 

Más castizo que el viaje de Italia, más 
luminoso, más espléndido de color, sin to- 
car en la furia colorista y sensual de Gau - 
tier, es el viaje de Andalucía (Del Manza- 
nares al DarroJ, y es también lo más rego- 
cijado, lo más risueño que salió de la plu- 
ma de Amos, tan propensa á la melancolía. 
Hubo un momento feliz, acaso único en su 
vida, en que sintió plenamente la alegría 
del vivir; en que una oleada de luz inundó 
su fantasía, herida por el sol triunfante y 
poderoso; en que le penetró y envolvió la 
atmósfera regalada y dulcísima de la Béti- 
ca, y quedó prisionero y esclavo de la gen- 
til y hospitalaria Sevilla. Algo faltaría en su 
arte si no hubiese tenido esta radiante vi- 



XLVI 



sión y en el grado y manera en que la tu- 
vo. Ningún escritor moderno del Norte ó del 
Centro de España, me atrevo á afirmar- 
lo, ha superado al nuestro en la evocación 
poética de Andalucía, salvo Zorrilla, cuya 
obra es más peculiarmente granadina que 
andaluza. Nadie ha hablado con tanta efu- 
sión y cariño de una tierra tan diversa de la 
suya. En esta penetración cariñosa, había, 
no sólo entusiasmo de artista, sino cierto 
misterioso instinto de raza, que á los mon- 
tañeses, más que á los otros castellanos, 
nos aclimata fácilmente en Andalucía, y 
aun nos hace considerar como prolongación 
de nuestras ásperas breñas y -costa incle 
mente, los cálidos verjeles del valle del 
Guadalquivir, tantas veces regados con la 
sangre de nuestros padres, y los puertos de 
la feliz Tartesia, que ellos arrancaron á la 
morisma y donde perpetuaron su sangre. 

Vista está Andalucía con ojos de amor 
en este libro, que puede servir de antídoto 
á tantos otros en que se lá calumnia con 
apariencias de enaltecerla. De la Andalucía 
verdadera habla, no de la Andalucía de pan- 
dereta, cuyos tópicos resobados debieran 



XLVII 



quedar ya para exclusivo solaz de los viaje- 
ros comisionistas de ambos mundos. Aquel 
hombre tan aficionado á, toros (doy esta 
mala noticia á los enemigos de la fiesta na- 
cional), apenas trata de ellos en su viaje: 
gustaba de las corridas en la plaza, no en 
la literatura. El llamado flamenquismo no 
había llegado en i863 al punto de degrada- 
ción en que hoy le vemos, y ni siquiera se 
le designaba con tal nombre. Pero las cos- 
tumbres pintorescas de gitanos y chalanes, 
bailadoras y cantadores, descritas ya con 
opulenta dicción y agudo gracejo por El So' 
litario^ tuvieron en Juan García observa- 
dor inteligente y benévolo, que, en el pri- 
moroso capítulo de la feria de Sevilla, llega 
á rivalizar, en su terreno propio, con aquel 
maestro de la lengua castellana. Compáre- 
se este trozo con el ya citado estudio, tan 
fino y penetrante, sobre los cuadros de Mu- 
rillo, ó con la poética y misteriosa descrip- 
ción de los patios y cancelas de Sevilla, á 
varias horas del día y de la noche; y se es- 
timará en su justo precio la rica variedad 
de tonos y recursos que ya entonces tenía 
la prosa de Juan Garda, que corre aquí 



XLVIII 



más ágil y desenfadadla que en ninguna par- 
te. Un ambiente diáfano y sutil orea las pá- 
ginas de este libro, que por sí solo hubiera 
labrado la reputación de un escritor si en 
España se leyese más y con mejor discer- 
nimiento, porque es de todos los suyos el 
más acomodado al gusto y á la inteligencia 
común. 

Ambos viajes fueron muy bien recibidos 
por la crítica, y recomendados por perso- 
nas doctas y sesudas como M. Latour, 
amable huésped del palacio de San Telmo 
durante muchos años, y uno de los france- 
ses que con más simpatía han tratado de 
nuestras cosas. En el círculo literario de 
Amos de Escalante, estos libros no sólo fue- 
ron admirados, sino imitados con fortuna. 
Adolfo de Aguirre, en sus Excursiones y 
Recuerdos, sin menoscabo de su originali- 
dad, que principalmente brilla en el viaje 
por la costa de Vizcaya, es, con menos am- 
plitud, con talento más femenino, un segun- 
do jfíían GarciUy puro y exquisito como su 
modelo. Su literatura está tan íntimamente 
unida, como íntima fué la comunicación de 
sus almas. 



XLIX 



La segunda época de Amos, la que pode- 
mos llamar su época clásica, empieza en 
1871 con la publicación de Costasy Monta- 
ñas, obra predilecta suya, á la cual consagró 
todos los esfuerzos de su ingenio y que no 
se cansó de pulir y perfeccionar hasta sus 
últimos días, dejando preparada una segun- 
da edición, que debe publicarse sin tardan- 
za, porque de la primera son ya rarísimos 
los ejemplares que salen á la venta, y ávida- 
mente perseguidos por los coleccionistas de 
historias de pueblos, llegan á alcanzar pre- 
cios exorbitantes. Como libro descriptivo é 
histórico de la provincia de Santander, tie- 
ne el defecto de no abarcarla toda, aunque sí 
lo más característico de ella: podrá venir 
quien le complete en esta parte, y rectifique 
algunos pormenores, además de los que el 
autor dejó corregidos. Pero como obra de ar- 
te, como geografía poética de un territorio, 
como epopeya en prosa de una raza que la 
historia nacional había olvidado casi por 
completo después de su heroica aparición en 
los anales del pueblo romano, ni ha sido su- 
perado ni probablemente lo será nunca. 
Otras regiones de España habían tenido la 

d 



suerte de encontrar arqueólogos artistas co- 
mo Piferrer y Quadrado, que interrogasen 
sus monumentos y los presentasen enlaza- 
dos con las vicisitudes de la historia y con 
'los efectos románticos del paisaje. Escalan- 
te pudo decir de su libro que no había tenido 
precursor, ni ascendiente, ni contemporá- 
neo. Las dificultades se acrecentaban por 
tratarse de una tierra pobre y mal conoci- 
da, «donde la historia política (son palabras 
suyas) yace entrañada y obscura en ciertas 
cartas de fuero, de donación ó de privilegio; 
en tratados de paz y de alianza, de nave- 
gación y comercio con aledaños ó extran- 
jeros; pergaminos yertos, texto escueto y 
desnudo, aún virgen de refinada crítica y 
maduro fallo; donde la social se esconde 
en escrituras de fundaciones pías, en cláu- 
sulas de testamentos, en perdurables liti- 
gios que guardan los archivos de las fami 
lias, rico é inexplorado tesoro, auténtico pa- 
drón de usos públicos y costumbres priva- 
das; cuya historia artística no pasa de algu- 
na piedra funeral ó votiva, del monumen- 
to anónimo, del indicio de los apellidos; 
cuya historia militar se pierde en la de las 



LI 



empresas colectivas de la bandera madre.» 
Libros como Costas y Montañas no se con- 
ciben en una hora, no son un accidente en 
la vida de un escritor. Puede decirse que á 
esta obra capital de Amos convergen todas 
las suyas anteriores y posteriores. Los via- 
jes por tierras extrañas, las más famosas 
que alumbra el sol, le hacen soñar con la 
suya, tan modesta y olvidada, y prorrumpir, 
cuando menos se esperaría, en acentos de 
filial ternura. 3i cada día se perfecciona en 
el arte de la descripción, aplicándole por de 
pronto á escenas, monumentos y reliquias 
históricas admiradas por todo el mundo, 
es para rendir finalmente todos los tesoros 
de su estilo en aras de aquel soberano amor 
de su vida. Y cuando llega á la madurez 
y levanta su monumento, no vuelve á salir 
de Cantabria ni con el pensamiento siquie- 
ra. En la playa es el poema lírico de nues- 
tro mar mudable y proceloso, «asilo de espí- 
ritus solitarios, centro de misteriosas espe- 
ranzas.» Ave Maris Stella es la resurrección 
histórica de la Montaña en el siglo xvii. 
Como obra de arte supera á todas las de 
Juan García. Costas y Montañas es más des- 



LII 



igual; quizá su misma riqueza y exuberan- 
cia le daña; pero es, sin duda, la obra más 
representativa de su autor, y sólo por ella 
se le puede conocer íntegramente. 

Antes de llegar á la forma histórico -des- 
criptiva, que finalmente adoptó, había en- 
sayado repetidas veces la forma poética. Su 
arqueología fué el desarrollo sabio de su 
poesía juvenil, enardecida por la lectura de 
Walter-Scott y de Zorrilla. Ya el Semanario 
Pintoresco de iSSy registra un magistral ro- 
mance de Amos: La Torre de Cacicedo, y son 
muy poco posteriores los entonados frag- 
mentos del poema de Cantabria, que acaso 
debían preceder á una colección de leyendas. 
Entre los recuerdos de mi infancia, figuran 
estos versos que no he olvidado nunca: 

¿Por qué no suena en la arboleda umbría 
El arpa fiel de los antiguos tiempos? 
¿Por qué del hondo valle no despierta 
Su poderosa vibración los ecos?... 

¿No es ya la egregia prez de sus mayores 
Al canto de tus hijos digno empleo, 
Cantabria generosa, ó las memorias 
En su cobarde espíritu murieron? 



Lili 

¡Ayl ¡para siempre en el ocaso hundióse 
Tu claro sol! los pálidos destellos 
Que tristes doran las sagradas cumbres 
Son desmayada sombra de su fuego. 

Crece el laurel altivo todavía 
En las sagradas márgenes del Ebro; 
Mas no á que ciñan sienes victoriosas 
En lozano verdor da sus renuevos. 

Los años rinden su vigor: oprime 
La madre tierra de su tronco el peso, 
Y las hogueras rústicas consumen 
El árbol noble que respeta el cielo. 

Ya no en amor purísimo se inflama 
jOh patria! de tus vírgenes el pecho, 
Ni sed de gloria y libertad agita 
El tibio corazón de tus mancebos; 

Ansia de oro insaciable el noble germen 
Secó fatal del heroísmo en ellos, 

Y en tierra extraña á granjearle acuden 

Y á derramarle en los placeres luego. 

¡Y yacen ignorados tus anales! 
;Y mientras oro allega el avariento 
En remota región, el patrio valle 
Mira hundirse el solar de sus abuelos! 



LIV 

jOh! si al vibrar en la riscosa breña 
El arpa de la gloria y los recuerdos, 
La no vencida raza despertando 
Alzárase en la tumba al son guerrero, 

Huérfana de tus hijos te hallaría, 
Rasgado el manto, desceñido el yelmo, 
Rota entre el polvo la segur cansada, 
Tu desventura y soledad gimiendo... • 

Tienen estos versos, ya tan elegantes, el 
generoso entusiasmo de la juventud; tienen 
también cierta afluencia verbosa, que con- 
trasta con la manera definitiva del poeta. 
Pero el numen que los había dictado acom- 
pañó toda la vida á Amos de Escalante, y 
es el alma de sus arrogantes sonetos á la 
casa solariega, al escudo, á la cruz termi- 
nal del Pisueña, á las armas de Velarde, á 
los robles de Monte- Carceña, que dieron 
robusta quilla á las naos conquistadoras del 
Guadalquivir; ai helécho que en signo de 
posesión y dominio cortó en Ruiseñada el 
padre del Marqués de Santillana; al com- 
bate singular del caudillo cántabro Larus 
con Publio Scipión en el sitio de Cartage- 
na, parafraseando bizarramente un trozo 



LV 



de Silio Itálico (lib. XVI De bello Punico, 
V. 44 y ss.); á todo lo más obscuro y re- 
cóndito de los anales cántabros; á todo lo 
que tiene aspecto de melancólica ruina; á 
todo lugar donde vive, aunque destronado 
y mudo, el genio de las antiguas edades. 
Doy por muestra y modelo de esta poesía 
histórica y aun prehistórica, el soneto á un 
dolmen (religiosa silex, de Claudiano): 

Rústico altar que á un dios desconocido 
El religioso cántabro erigía; 
Sepulcro que los huesos escondía 
Del muerto capitán y no vencido; 

Silla de excelso juez, cadalso erguido 
Donde la sangre criminal corría, 
Donde el bígaro ronco repetía, 
Llamando á guerra, su montes bramido; 
« 

Rayendo el musgo que tus lomos viste, 
En vano el arte codicioso indaga 
Señales que declaren lo que fuiste; 

En tí la antorcha del saber se apaga, 
Yerto gigante de la cumbre triste, 
Envuelto en ondas de la. niebla vaga. 



LVI 



«Nunca parecen nnonotonos los horizon- 
tes de la tierra nativa (decía Escalante); 
nunca fatigan la mirada; sondéalos instinti - 
vamente el alma, y siempre halla en ellos 
algo que responde á su sentimiento actual, 
y, según la índole de éste, le halaga, le tem- 
pla ó le gobierna.» El no se cansaba de in- 
terrogarlos, «corriendo la tierra como la 
corrieron tantas veces hidalgos y aventure- 
ros, aunque en son más pacífico y recatado; 
llamando con el cuento del bordón, como 
ellos con el cuento de la lanza, á la puerta 
del solar, de la ermita ó del monasterio.,. 
echando su apellido (como decían los bande- 
rizos de la Edad Media), no para homici- 
das empresas ni cruentas obras, sino para 
satisfacer la deuda sagrada que al nacer 
contrajo todo hombre con el suelo que le 
dio cuna: la de emplear en su servicio la 
mejor porción de su obra.» 

Palabras suyas son, y nadie sabría en- 
contrarlas mejores para caracterizar su li- 
bro, que tanto tenía que diferir en fondo y 
forma de los pocos ensayos de historiografía 
local con que hasta entonces contábamos. 
Nunca faltaron en la Montaña asiduos inves- 



LVII 



tigadores, enamorados del país natal, que con 
más ó menos puntualidad y crítica consigna- 
sen algunos datos relativos á nuestras anti- 
güedades. Pero ya fuese por falta de suficien- 
te aparato histórico, ya por el aislamiento 
literario á que los condenaba lo apartado del 
país y la poca cuenta que de él se hacía, 
considerándole como apéndice de regiones 
limítrofes; sus libros no pasaron, las más 
veces, del estado de apuntamientos, y fué 
raro entre ellos el que lograse los honores 
de la imprenta. Inédito quedó el breve, pero 
interesante, Memorial de h villa de Santan- 
der y de los seis linajes de ella, que escribía 
por los años de 1592 Juan de Castañeda. 
Inéditos también los Elogios de Cantabria, 
por el capitán D. Fernando Guerra de la 
Vega, gobernador de sus armas y alcaide 
del castillo de Santa Cruz. Más afortunado, 
aunque todavía lo mereciese menos, el li- 
cenciado D. Pedro de Cosío y Celis llegó á 
ver en letra de molde su enfático panegírico 
«de la muy valerosa provincia y jamás ven- 
cida Cantabria, nombrada hoy Montañas 
Bajas de Burgos y Asturias de Santillana» 
(Madrid, 1688). Estos y otros autores del 



LVIII 



siglo XVII, picados más ó menos de la peste 
de los falsos cronicones, dejaban entre tanto 
dormir en el olvido más profundo, de que 
sólo en nuestros tiempos y de una manera 
imperfecta han salido, los dos textos capi- 
tales para el estudio de nuestra vida social 
en los siglos medios: el Becerro de las Behe- 
trías, ordenado en tiempo del Rey D. Pedro 
de Castilla; y las Buenas andanzas e fortunas 
del viejo banderizo Lope García de Salazar, 
que no era de la tierra, pero sí lo más ve- 
cino de ella que cabe, tan conocedor de sus 
linajes como de los de Vizcaya, y el más 
abonado cronista de. las feroces discordias 
civiles que ensangrentaron la costa en el si- 
glo XV, relatadas por él con sequedad bárba- 
ra y á veces pintoresca, que cuadra bien con 
la índole del narrador, con la materia de 
sus postreros libros y con el forzado retrai- 
miento de su torre de Muñatones, en que la 
ingratitud filial le había encerrado. 

Mientras yacían inéditas las fuentes de 
una tradición viva y no remota, encarnizá- 
banse nuestros incipientes cronistas en las 
épocas fabulosas, como si no les bastase la 
gloria inmarcesible de la Cantabria roma- 



» 



LIX 

na. Un historiador tuvo la Montaña á fines 
del siglo XVII, digno de memoria y aun de 
estudio y consulta en la segunda parte de 
su obra, que se apoya en un sólido aparato 
de privilegios y escrituras, aunque sobre la 
autenticidad ó la fecha de algunas pueda 
haber controversia. El benedictino Fray 
Francisco de Sota, á quien aludo, cronista 
del infeliz Carlos II, y escritor de decaden- 
cia bajo todos aspectos, no desmintió, sin 
embargo, las tradiciones de su Orden en la 
parte de erudición diplomática; y si no fué 
un Yepes, ni siquiera un Sandoval, puede 
prestar, leído con cautela, el mismo género 
de servicios que prestan Bivar y Argáiz, con 
todas sus aberraciones. Ni ellos ni Sota 
eran falsarios de profesión, aunque diesen 
asenso por nimia credulidad ó espíritu nove- 
lero á grandísimas falsedades, cayendo in- 
cautamente en las redes de un Román de la 
Higuera ó de un Lupián Zapata. Tal exce- 
so de candor ha desacreditado más de lo jus- 
to la Chronica ie los príncipes de Asturias y 
Cantabria (Madrid, 1691), título poco feliz 
además, porque no da idea del contenido y 
plan de aquel voluminoso infolio. Losprín- 



LX 



cipes de Asturias á que se refiere, no son 
los trece reyes de la primitiva monarquía 
asturiana, ni menos los primogénitos de 
Castilla, llamados así desde el tiempo de 
Enrique III; ni el libro trata directamente 
de las Asturias de Oviedo, sino que se con- 
trae á las de Santillana (i), donde presenta, 
imperando desde los tiempos patriarcales, 
una dinastía que comienza en Astur, hijo 
de Osiris, y termina en el siglo xii con el 
Conde Rodrigo González. De todo ello in- 
fiere el autor (un regionalista en profecía) 
que «los Condes de Asturias de Santillana 
eran soberanos propietarios de su estado, y 
no habido por merced de los Reyes, como 
también lo eran los de Vizcaya sus vecinos.» 
Tan peregrina tesis, sostenida con insensa- 
tas combinaciones mitológicas y geográfi- 
cas, vicia en gran manera el libro del bene- 

(i) Bajo este nombre se comprendía, no todo 
el territorio de la actual provincia de Santander, 
como equivocadamente han creído algunos, sino 
sólo los nueve valles del Alfoz de Lloredo, Reo- 
cín, Piélagos, Camargo, Villaescusa, Penagos, 
Gayón, Cabezón y Cabuérniga. 



/ 



LXI 



mérito hijo de Puente Arce; pero no llega á 
quitarle su valor cuando prescinde de Hau- 
berto Hispalense y otros monstruos de la 
fauna histórica, y deja hablar á los docu- 
mentos de Burgos, de Oña, de Santillana, ó 
consigna curiosas especies y memorias tra- 
dicionales que en vano se buscarían en otra 
parte. 

En la atmósfera critica del siglo xviii no 
podían prosperar cronistas del género del 
P. Sota. La renovación de los estudios his- 
tóricos se debió aquí, como en todas par- 
tes, al benéfico impulso del P. Flórez, con 
quien tenemos los montañeses una particu- 
lar deuda de agradecimiento, aunque no 
acertase en todas sus determinaciones geo- 
gráficas, por haber visitado muy rápidamen- 
te nuestra costa. La cuestión de los verda- 
deros límites de Cantabria^ confundida por 
la mayor parte de los antiguos historiado- 
res con otras tierras aleda:ñas, había sido re- 
suelta á nuestro favor por el más grande y 
juicioso de los analistas españoles, Jeróni- 
mo de Zurita, en una disertación que con 
otras suyas publicó el Arcediano Dormer. 
Pero ya por haberse divulgado poco los Dh- 



LXII 



cursos varios de historici, donde está impre- 
sa, ya por lo difícil que es siempre desarrai- 
gar los errores envejecidos, persistió la an- 
tigua confusión, especialmente entre los au- 
tores vascongados, y también en algunos je- 
suítas que habían tomado muy á pechos, no 
sé por qué, el hacer cántabro á San Igna- 
cio. Tal pretensión, sostenida con gran apa- 
rato de mañosa erudición por el P. Gabriel 
de Henao en sus Averiguaciones de las anti- 
güedades de Cantabria (1689-1691), y con 
mucho ingenio y sutileza por el P. Larra- 
mendi en su Discurso histórico sobre la an- 
tigua y famosa Cantabria (1736), sucumbió 
de nuevo, y esta vez para siempre, bajo la 
acerada crítica del P. Flórez, en su Diser- 
tación famosa (1768), vindicada luego por el 
P. Risco de los ataques de D. Hipólito de 
Ozaeta (1779): telum imbelle sine ictu. 

El plan de la España Sagrada^ con su 
división del estado antiguo y moderno de 
las iglesias, no permitió al P. Flórez, ni ha 
permitido todavía á sus continuadores, tratar 
de la diócesis de Santander, que es de las 
más recientes. No puede decirse que suplan 
esta falta las Memorias antiguas y modernas 



LXIII 



■p- 



de la Iglesia y Obispado de Santander ^ que 
por los años de 1762 á 1764 recogió el en- 
tonces Doctoral de nuestro Cabildo y luego 
Penitenciario y Deán de Jaén D. José Mar- 
tínez de Mazas. Estas Memorias^ inéditas 
todavía, aunque bastante conocidas y apro- 
vechadas, fueron el primer ensayo histórico 
de su autor, que no llegó á terminarlas ni á 
limarlas, Pero tales como están, incomple- 
tas en muchos puntos y pobremente docu- 
mentadas en otros, constituyen nuestro úni- 
co tratado de antigüedades eclesiásticas, y 
anuncian ya la crítica severa y madura que 
aquel hijo de Liérganes, trasplantado á An- 
dalucía, había de mostrar en sus eruditos 
trabajos sobre Jaén y Cástulo. 

Lástima fué que ninguno de los grandes 
eruditos con que podía ufanarse nuestra pro- 
vincia á fines del siglo xviii dedicase, á no 
ser por excepción, sus tareas á la historia 
local, que en sus manos no hubiera pareci- 
do pobre y estéril. Pero no debemos lamen- 
tarlo mucho, porque ocupados en cosas de 
mayor momento y más general interés, re- 
dundó su labor en beneficio de la patria 
común, como ha redundado siempre el es- 



LXIV 



fuerzo de nuestros mayores, ya en sus em- 
presas bélicas y marítimas, ya en las fábri- 
cas arquitectónicas de vario estilo que le- 
vantaron por todo el territorio castellano, 
reservando muy humildes templos para el 
suyo. Así, viniendo al caso presente, absor- 
bieron á D. Tomás Antonio Sánchez (i), 
primer editor de una canción de gesta en 
Europa, sus estudios sobre la poesía' ante- 
rior al siglo XV, preámbulo de nuestra histo- 
ria literaria, cuyos cimientos echó tan á nivel 
y plomo, que no han sido conmovidos desde 
entonces; al Padre Maestro La Canal (2), 
la continuación de la España Sagrada; al 
fecundísimo D, Rafael Floranes (3), las in- 
vestigaciones sobre la historia del Derecho 
y las memorias de las viejas ciudades caste- 
llanas, donde residió más tiempo que en su 
nativa Liébana; á D. Carlos de la Serna 
Santander (4) (que constantemente escribió 
en francés ó en latín), la dirección de la 

(i) Natural de Ruiseñada. 

(2) De Ucieda. 

(3) De Tanarrio. 

(4) De Colindres. 



LXV 



Biblioteca de Bruselas, la historia de los 
orígenes de la imprenta y de las marcas del 
papel. Las antiguallas de la tierra, pocas y 
obscuras, sólo interesaban á algunos curio- 
sos coleccionistas como el Consejero de Cas- 
tilla D. Fernando José de Velasco ó el ca- 
ballero de Santillana D. Blas Barreda, y ni 
aun éstos llegaron á publicar sus hallazgos, 
como tampoco los olvidados autores de los 
Entretenimientos de tm noble montañés aman - 
te de su patria (D. Francisco X. de Busta- 
mante) y del libro gerundianamente rotula- 
do Memorias d Santander y expresiones d Can- 
tabria^ que escribía en 1772 Fr. Ignacio de 
Bóo y Hanero, monje Jerónimo de Monte- 
Corbán, y sólo se conoce en extracto. 

A pesar de lo exiguo de su volumen y de 
lo insuficiente de sus noticias, parece que 
abre nuevo rumbo á estos estudios la rarí- 
sima Memoria del ciudadano F. C. (Félix 
Cavada), leída en el Ateneo Español en 23 
de Junio de 1820 é impresa al año siguien- 
te; primer ensayo de una descripción física 
de la provincia, enlazándola con sus vicisi- 
tudes históricas y con el carácter, costum- 
bres é industrias de sus moradores. El 11a- 

e 



LXVI 



mamiento que hacía Cavada á sus paisanos 
se perdió por entonces entre el tumulto de 
la lucha política; pero cuando llegaron tiem- 
pos más bonancibles, hubo dos eruditos 
muy dignos de nota que hicieron del país 
cántabro materia especial de sus trabajos 
históricos. Fué el primero D. Manuel de 
Assas, antiguo profesor de la Escuela de 
Diplomática, arqueólogo de talento y de 
iniciativa, con aficiones filológicas que le 
movieron á profesar en España por prime- 
ra vez el sánscrito y á emprender en Fran- 
cia el estudio de los dialectos célticos, en 
los cuales esperaba encontrar subsidio eti- 
mológico para la toponimia de Cantabria. 
Su Crónica de la provincia de Santander^ pu- 
blicada en 1867, no es más que el preludio 
según unos, el resumen según otros, de 
una historia mucho más vasta que tenía es- 
crita ó que pensó escribir. La que hoy lee- 
mos adolece de gran desigualdad en sus par- 
tes, sin duda por haber tenido que acomodar- 
se el autor á exigencias editoriales: spatiis 
exclusus iniqnis. Dilátase con vasta erudición 
sobre la antigua Cantabria, impugnando 
con nuevas razones al P. Larramendi, rec- 



LXVII 

tincando como hijo de la tierra y tan prác- 
tico en ella algunos errores del P. Flórez, 
y aprovechando la geografía de la Edad 
Media para ilustrar los textos clásicos. Da 
entrada, antes que ningún otro historiador 
provincial que yo recuerde en España, á los 
descubrimientos prehistóricos, que ya en 
1857 había comenzado él mismo á divulgar 
en el Semanario Pintoresco. Pero al llegar á 
la Edad Media, en que tanta novedad podía 
ofrecer su trabajo, puesto que había recorri- 
do varios archivos y examinado en ellos 
multitud de escrituras, la narración empie- 
za á ser extraordinariamente compendiosa y 
defrauda en buena parte las esperanzas del 
lector. 

Con Assas compartía entonces el lauro 
modesto de la arqueología provincial el hi- 
dalgo campurriano D. Ángel de los Ríos y 
Ríos, personaje de simpática extrañeza, que 
parecía arrancado de una novela de Walter 
Scott, y que Pereda retrató con rasgos inde- 
lebles en la suya de Peñas arriba. Fué Ríos 
el primer explorador del dolmen del Abra, 
ó de Peña Labra, descubierto por él en la 
Sierra de Brañosera, «región trágica y de- 



LXVIII 



sierta, asombrada por frecuentes nubes, 
arrecida por tenaces nieves, desvelada por 
el silbo agudo del viento en los párannos (i). » 
Con aquel descubrimiento nació la pre- 
historia montañesa, que después del hallaz- 
go de la cueva de Altamira y otras simila- 
res, en el cual tuvo la parte principal un 
deudo de Juan García, cttrae hacia este rin- 
cón del mundo la atención de los sabios, y 
envuelve quizá el germen de fecundas in- 
dagaciones sobre los primeros vagidos del 
arte. Pero la verdadera vocación de Don 
Ángel Ríos, aunque no llegó á desarrollar- 
se plenamente por la soledad literaria en 
que trabajaba y por ciertas preocupaciones 
muy arraigadas en su ánimo, fué la de 
historiador de las instituciones de la Edad 
Media. Su Noticia histórica de las behe- 
trías, publicada en 1876, da la medida 
de lo que hubiera podido hacer en este 
punto el solitario de Proaño si la fortu- 

(1) Artículo de D. Amos de Escalante sobre 
antigüedades montañesas, en el Homenaje á M.y 
P, en el año vigésimo de su profesorado: Madrid, 
1899, tomo I, pág. 856. 



-^. 



LXIX 

na no le hubiese mirado siempre con torvo 
ceño. 

Como no presumo que estas páginas ha- 
yan de tener muchos más lectores que mis 
paisanos, de cuya benevolencia estoy segu- 
ro, no he temido intercalar aquí tan larga 
digresión, que muchos graduarán de imper- 
tinente, y no lo es, sin embargo, porque 
marca, mejor que lo harían elogios vagos, el 
puesto no superior, sino único, que tiene 
Costas y Montañas entre cuantos libros se 
han dedicado á la historia y descripción de 
esta vertiente septentrional de Castilla, Pe- 
ñas al mar^ que decían nuestros antepasa- 
dos (i). Exige la historia, tal como hoy la 
entendemos, condiciones tales, que de nin- 
gún modo podemos culpar á los eruditos 



(i) Claro es que prescindo aquí de todos los 
trabajos posteriores al de Juan García, y aun de 
los anteriores sólo he citado los que cuadran á 
mi intento. Quien desee lograr noticia cabal de 
todos ellos, llame á las puertas del rico Archivo 
y Biblioteca montañesa que ha formado en San- 
tander el diligente coleccionista D. Eduardo de 
la Pedraja. 



LXX 



antiguos por no haberlas atendido. Ni me- 
nos pudieron adivinar este género mixto de 
historia, leyenda, álbum del viajero y fan- 
tasía lírica, que la pura ciencia puede, y 
debe á veces, mirar con recelo, pero que tie- 
ne para las almas poéticas inefable encanto, 
cuando no cae en manos de vulgares rapso- 
distas, sino de ingenios peregrinos como 
Escalante, que sobre una base firme de cul- 
tura histórica, levantan, no el alcázar qui- 
mérico de los sueños, sino la regia y seño- 
rial morada en que pueden albergarse dig- 
namente las sombras de los antepasados, 
sin que ningún pormenor anacrónico les 
ofenda, sin que ninguna voz discordante 
turbe su augusto sosiego. Con qué delica- 
deza, con qué amor ha de ser hecha esta 
restauración, es inútil encarecerlo; pero 
cuando se logran con ella primores tales 
como el cuadro de Becedo en el siglo xv, 
ó la biografía del último señor de Canta- 
bria, hay que dar las gracias al artista, que, 
sin menoscabo de la verdad, siente la pal- 
pitación de la vida, y acierta á leer en los he- 
chos algo que los simples eruditos no lee- 
rán jamás. A tales artífices de historia 



LXXI 

pueden aplicarse aquellas palabras de la 
visión de Ezequiel: t Profetiza sobre estos 
huesos.» 

No está en este libro, ni en otro alguno, 
la historia de la región, ni es muy hacedero 
escribirla, por falta de unidad en su objeto, 
mal circunscrito en la geografía, incoheren- 
te y dislocado en su vida social, puesto que 
nunca formó reino ni principado aparte, ni 
fué regido por unas mismas instituciones, 
aunque tuviese algunas muy interesantes y 
peculiares suyas. Oscilando entre Asturias 
y Burgos hasta caer definitivamente en la 
órbita castellana, que tanto contribuyó á 
ensanchar con las empresas marítimas de 
sus hijos, tuvo desde entonces dos géneros 
de historia: la de los montañeses, soldados, 
navegantes, descubridores en todo clima y 
bajo todo cielo; y otra más familiar y do- 
méstica, cuyo rumor apenas traspasó los 
montes que nos sirven de antemural y es- 
cudo, y que guardan en sus humildes ma- 
nantiales la cuna del sagrado río que á to- 
da la Península da nombre, simbolizando 
en su triunfal curso el destino de la raza que 
mora junto á sus fuentes, pródiga siempre 



LXXII 

de su sangre para la patria común, como él 
derrama pródigamente á la Vasconia, á la 
Celtiberia, á la Edetania el tesoro de sus 
aguas, y sólo se muestra pobre y esquivo en 
la tierra donde nace. 

A esta segunda y menos ruidosa historia, 
que no es ya la de los montañeses, sino la 
de la Montaña, atendió principalmente Jz/íí/í 
García^ realzándola y animándola con su 
emoción personal en cada jornada de su 
viaje. Fundaciones de iglesias y abadías; or- 
ganización de behetrías y concejos; fueros y 
privilegios; armas y linajes; poderosa her- 
mandad de las cuatro villas de la costa, que, 
ejerciendo verdadera soberanía, trató de po- 
der á poder con los ingleses; bandos fero- 
ces y dramáticas venganzas en el siglo xv, 
trocados en interminables litigios en el xvi; 
extrañas tradiciones de Doña Urraca y de 
los templarios; visitas y embarques regios, 
llegando el autor á lo sublime de la visión 
histórica cuando encuentra en su camino 
las sombras del grande Emperador ó de su 
desventurada madre: todo esto, y mucho 
más que ni enumerar puedo, va desfilando 
por las páginas de Costas y MontañaSy no 



LXXIII 

con sequedad y aparato de monografías, 
sino como plática amena de viajero, inter- 
polada con paisajes risueños ó terribles y 
con escenas de costumbres sólo rápidamente 
bosquejadas, porque ya el gran maestro de 
la novela realista tenía acotado para sí este 
campo, y nunca la emulación de sus laure- 
les ni de los de nadie quitó el su^ño á Amos 
de Escalante ni le empeñó en desacorda- 
das competencias. En el arte caben todos, 
y cada artista lleva dentro de sí su propio 
mundo (i), . 



(i) Realzan el valor de Costas ^y Montañas ^ 
como libro de erudición histórica, varios docu- 
mentos interesantes que se publican por apéndi- 
ce: el Fuero de Santander ^ conforme al texto del 
libro 1 / de Privilegios y Donaciones de nuestra 
Iglesia, más correcto y cabal que la copia im- 
presa por Llórente; Una carta de los Reyes Ca- 
tólicos á la villa de Santander, sobre elecciones 
municipales; el original del famoso Voto de San 
Matías^ hecho por la misma villa con motivo de 
la pestilencia de 1503; Una relación inédita, át 
Francisco Carreño, sobre el recibimiento y fiestas 
que se hicieron en Santander á la Reina Doña 



LXXIV 



Hay en la historia y en el carácter de los 
montañeses, aun en los más humildes, cier- 
to sentimiento nobiliario; un apego á la fa- 
milia, al solar, al blasón, que persistiendo 
hasta los tiempos de la decadencia, en con- 
traste con la pobreza de la tierra y con el 
olvido en que nuestros monarcas la tenían, 
vino á degenerar en superstición algo ridi- 
cula y nos valió de los poetas cómicos zum- 
bas ó caricaturas, como aquel Dómine Lu- 
cas, de Cañizares, que sale á un desafío car- 
gado con su ejecutoria. Eran los montañe- 
ses los primeros en reírse con estas farsas, 
y ya en el siglo xvii, un ingenioso poeta de 
Castro- Urdíales, D. Antonio Hurtado de 
Mendoza, en su comedia Cada loco con su 



Ana, cuarta mujer de Felipe II, en 1570; las Car^ 
tas de desafio que mediaron entre el Almirante 
D. Lope de Hoces y el Arzobispo de Burdeos en 
1639, y una detallada relación, también inédita, 
de la expedición pirática de aquel Prelado fran- 
cés contra las villas de Laredo y Santoña; final- 
mente, catálogos de los abades de Santander y 
Santillana, que en la segunda edición aparecerán 
muy corregidos. 



LXXV 

teina^ rasguñó la figura del mocetón entre 
linajudo (i) y necio, 

Que con su halcón y su perro 
Vive en el monte y no en casa, 

Y á la noche vuelve y pasa 
Todo el libro del Becerro... 

Muy puesto en que su Montaña 
Vale más que mil tesoros, 

Y pensando que es de moros 
Todo lo demás de España. 

Estos sueños heráldicos tenían, sin em- 
bargo, muy noble y autorizado principio. 
El más grande de los oriundos de nuestra 
comarca, y el más clásico de los escritores 
nacidos en ella, van acordes en esta parte 
con el sentir tradicional del vulgo, «En 
aquellos solares no reconocemos superior á 
nadie,» decía D. Francisco de Quevedo (2). 

(i) Esta voz, inventada acaso por Quevedo, 
tiene en todos los autores del siglo xvii, no el 
sentido honorífico que ahora disparatadamente 
le aplican muchos, sino el sentido despectivo de 
«hombre fatuo y presumido de su alcurnia.» 

(2) «Facilitó esta resolución y levantó esta 



LXXVI 

«A los que somos montañeses (escribe hi- 
perbólicamente Fr. Antonio de Guevara), 
no nos pueden negar los castellanos que, 
cuando España se perdió, no se hayan sal- 
vado en solas las montañas todos los hom- 
bres buenos, y que después acá no hayan 
salido de allí todos los nobles. Decía el buen 
Iñigo López de Santillana que en esta 
nuestra España, que era muy peregrino 6 
muy nuevo el linaje que en la Montaña no 
tenía solar conocido (i).» 

Es de ver el elocuente comentario que se 

cantera el presidente Acevedo, á quien yo era 
desapacible, porque, siendo yo montañés, nunca 
le fui á regalar la ambición que tenía de mostrar- 
se, por su calidad, superior á los que en aquellos 
solares no reconocemos á nadie.» {Grandes Ana- 
lás de quince diaSy en las Obras de Quevedo^ edición 
Rivadeneyra, tomo I, pág. 202.) 

Quevedo, aunque nacido en Madrid, gustó 
siempre de apellidarse montañés, y alguna vez 
añadió este calificativo á su firma; por ejemplo, 
en el autógrafo de su traducción de Anacreonte. 

(i) Véase la letra al abad de San Pedro de 
Cárdena, que es la 34 de la primera serie de las 
Epístolas familiares de GuQV3.r2i, 



LXXVII 



hace de estas palabras, en el prólogo de 
Costas y Montañas, vindicando el verdadero 
sentido histórico de este culto de los mayo- 
res, de esta devoción á la estirpe, tan natu- 
ral en los descendientes de aquella brava y 
ruda aristocracia montaraz, que por sus há- 
bitos y su pobreza se confundía con los va- 
sallos que guiaba al combate. Aristocracia 
que nunca fué de títulos, sino de apellidos, 
porque títulos podía darlos el Rey, apellidos 
de solar no. Y por muy demócratas que nos 
sintamos y muy persuadidos que estemos de 
la verdad de aquella sentencia que ya expre- 
saba el prudente Ulises en su disputa con 
Ayax de Telamón: 

Nam genus et proavos et quce non fecimus ipsi 
Vix ca nostra voco 

todavía es verdad (y ojalá continúe siéndo- 
lo) que la hidalguía heredada y dignamen- 
te mantenida con obras de virtud y de ho- 
nor, vale más en la estimación de las gen- 
tes que la insolencia temeraria del aventu- 
rero ó la mal granjeada fortuna del advene- 
dizo. De este sentimiento, tan arraigado en 



LXXVIII 

pechos montañeses, fué digno intérprete 
Amos de Escalante, en las muchas páginas 
de su libro que consignan leyendas heráldi- 
cas; y también en este sentencioso soneto, 
que parece dictado por la musa del señor de 
la Torre de Juan Abad, en sus horas graves, 
y no parecería mal entre los de la musa Po- 
limnia: 

EL ESCUDO 

Cautela militar forjóte en hierro 

Y vana ostentación te esculpe en piedra; 
Sudario á tus blasones da la yedra, 

Y á tu virtud un pergamino encierro. 

En sangre y gloria, de la playa al cerro, 
Soldado ayer á quien morir no arredra, 
Sombra es tu luz con que el soberbio medra 

Y en muro ocioso tu vivir destierro. 
Si logran propios vicios mancillarte 

Y rencorosa envidia escarnecerte, 
^ Menos cuesta escupirte que ganarte; 

Mafi ¿cuándo negará la humana suerte, 
Aunque presuman celos desdeñarte, 
Guerra á fundirte, orgullo á mantenerte? 

El estilo de Costas y Montañas, en que 



LXXIX 



abundan los períodos amplios y rozagantes, 
interpolados con otros de más sencilla es- 
tructura, opulentísimo de vocabulario, rico 
de luces y de nieblas, de sonidos estridentes 
y de sonidos misteriosos y apagados, es un 
magnífico alarde de la riqueza de ideas y de 
imágenes, que cabe en el molde de la sin- 
taxis castellana cuando tan ingeniosamente 
se la maneja. No llega todavía á la intacha- 
ble pureza de Ave Maris Stella; pero tiene 
más movimiento, más arrogancia, más color 
y brío. Marca el punto culminante de la li- 
teratura y de la edad viril de su autor. Bien 
se conocería, aunque él no lo dijese, que ese 
libro fué concebido y escrito, no en melan- 
cólicas tardes de otoño, sino «en horas esti- 
vas, alto el sol, inundada de luz la ribera, 
poblado de sonidos el aire, risueña la cam- 
^piña, más risueña la aldea.» 

De la maestría de sus descripciones, que 
nunca se quedan en la superficie, sino que 
penetran hasta el alma de las cosas, sólo ci- 
taré un ejemplo, escogiéndole brevísimo: 
un himno al agua, que podría servir de co- 
mentario moderno al primer verso de la pri- 
mera Olimpiaca de Píndaro: 



LXXX 

«Las aguas corrientes no son riqueza só- 
•lo; son vida del paisaje. Porque el agua po- 
see los tres accidentes del vivir: luz, voz y 
movimiento; luz reflejada, como la luz de 
la pupila; voz ligera y amorosa, soñolienta 
y grave, como la voz de la garganta huma- 
na. No hay soledad donde el agua corre; no 
hay tristeza donde el agua mana; no hay 
desierto donde el agua vive. Fecunda el sue- 
lo y despierta el alma, arrulla el dolor, en- 
sancha la alegría, es compañía y música, 
medicina y deleite; sobre sus ondas van 
blandamente bañados los pensamientos, os 
los trae de donde viene, lleva los vuestros á 
donde va; en ellas se refleja el cielo, y po- 
déis contemplarle sin que os ofenda la viva 
luz del sol, cuando ya la frente se inclina á 
tierra, ó porque la tierra le atrae, ó porque 
el peso de los años la dobla.» Así escribía 
Juan García á cada momento, en cada pá- 
gina. 

Cantor del agua en todas sus manifesta- 
ciones, fué sobre todo gran poeta de la mar. 
Bien pueden aplicarse á su inspiración estos 
lindos versos de Metastasio, que ahora acu- 
den á mi memoria: 



1 



LXXXI 

L'onda dal mar divisa 
Bagna la valle e' 1 monte: 
Va passegiera in fiume, 
Va prigioniera in fonte: 
Mormora s^mpre e geme 
Finché non torna al mar; 

Al mardov' ella nacque, 
Dove acquistó gli umori, 
Dove da' lunghi errori 
Spera di riposar (i). 

La onda de su ingenio, dividida del mar, 
podía bañar valles y montes; pero se encon- 
traba aprisionada en la fuente y en el río, y 
murmuraba siempre y gemía hasta volver 
al mar donde había nacido y donde espera- 
ba reposar. Había en este culto de nuestro 
poeta al mar un cierto naturalismo gran- 
dioso y confuso, que en varón menos cris- 
tiano hubiera tenido visos de idolatría. El 
podía decir, como Byron en el sublime 
apostrofe final de la Peregrinación de Child 
Harold, que siempre había amado al Océa- 
no, y que desde niño había sido su mayor 
placer jugar con sus ondas ó flotar como 

(i) Artaserse^ att. III, s«^. I, 

/ 



LXXXIl 



una burbuja en sus corrientes, entregarse á 
él como un hijo á su padre y acariciar con 
la mano sus espumosas crines (i). 

Sin el negro humor que agriaba en el al- 
ma soberbia de Byron hasta el bálsamo de 
la contemplación de la Naturaleza, sin la 
cavilación panteística de Shelley, sin la no- 
ta irónica que transportó Enrique Heine á 
sus descripciones del Báltico glacial, tienen 
afinidades con el primero y con el último. de 
estos poetas, á quienes había estudiado mu- 
cho, no con el segundo á quien no conocía, 
algunas de las marinas que en prosa y en 
verso compuso Amos de Escalante. En otras 
influyó sin exceso la prosa grandilocuente 
y poética de Michelet. El libro titulado En 
la playa (1873) despierta y sugiere el re- 
cuerdo de lecturas muy diversas. Pero todos 

(i) And I have loved thee, Ocean! and my joy 
Of youthful sports was on thy breast to be 
Borne like thy bubbles, onward: from a boy 
1 wanton*d with thy breakers-they to me 
Were a delight; and if the freshening sea 
Made them a terror-'twas a pleasing fear, 
For I was as it were a child of thee, 
And trusted to thy biliows far and near, 
And laid my hand upon thy mane- as Pdo here. 



^; 



LXXXIII 



los poetas y todos los libros del mundo no 
le hubiesen enseñado á descifrar, con clave 
propia, algo de lo que dicen las ingentes vo- 
ces y augusto silencio del mar; si no hubie- 
se vivido en relación íntima y cuotidiana 
con el fiero Titán á quien cantaba: ya lu- 
chando á brazo partido con él, ya solicitan- 
do su confianza con sumiso y devoto reque- 
rimiento. No de otro modo el pastor Aris- 
teo de las Geórgicas llegó á aprisionar en su 
gruta marina al multiforme Proteo, trocado 
ya en fuego, ya en horrible fiera, ya en río 
caudaloso, hasta que le arrancó el secreto 
de su adivinación, que guardaba tan celosa- 
mente como los rebaños de focas que le ha- 
bía confiado Neptuno: 

, . . immania cujus 

Armenia pascit, et turpes sub gurgite pbocas, 

Y en verdad que nuestro poeta tuvo que 
habérselas con una deidad menos mansa y 
tratable que la que aprisionó el hijo de Ci- 
rene^ deidad al fin del Mediterráneo sonoro 
y luminoso. Este otro dios tremendo, á quien 
cuadra mucKo mejor el epíteto homérico de 



LXXXIV 



polífono, pero cuyas voces suenan, en los 
oídos que no están avezados á escucharlas, 
como ecos del abismo que reclama su pre- 
sa, tiene también horas de calma excelsa y 
sublime, todavía más rebeldes al pincel y ai 
ritmo que las tormentas y borrascas. Y en 
esas horas iba á consultarle nuestro poeta, 
buscando la revelación de sus arcanos «lejos 
de la tierra, solo y desnudo, como se llega- 
ban al antro misterioso los consultores de 
ciertos oráculos antiguos.» Así aprendió 
«sonidos que sólo dentro del agua llegan al- 
oído, colores que sólo de cerca muestran su 
rico matiz y su intensa belleza;» sintió «la 
vida pendiente de delgadísimos hilos, en 
rededor de los cuales centellean filos agudos 
y sin número,» y gustó á flor de agua «un 
apartamiento singular, tan difícil de expli- 
car y comprender como dulce de sentir.» Y 
allí perseveraba, «embebido en sus callados 
coloquios con la naturaleza... hasta tanto 
que, á manera de caricia más bien que de 
reprensión, sentía la leve mano de la fatiga 
posarse blandamente en sus miembros.» 

Así se engendraron sus acuarelas^ el me- 
jor poema de la mar que tenemos en núes- 



LXXXV 



tra literatura. Pero como Juan García, aun- 
que tan amigo de la soledad, nada tenía de 
insocial ni de misántropo, y «tanto vivía de 
ajenas vidas cuanto de la vida propia, » ja- 
más prescinde del elemento humano en el 
paisaje, sino que hace vagar entre el capri- 
choso juego de las nieblas «que á veces em- 
bozan, á veces velan como transparente gasa 
la marina,» sombras familiares de su juven- 
tud, apariciones ya trágicas, ya risueñas, 
historias contadas á media voz, parte reales, 
parte soñadas 6 que del espíritu no pasaron 
á la ejecución. Libro que con apariencias 
ligeras envuelve una psicología profunda y 
amarga á veces, que no todos entenderán, 
que otros lamentarán entender demasiado, 
porque el fruto de la experiencia suele tener 
un dejo más agrio que dulce, aun en los 
hombres buenos. Cinco son estas narracio- 
nes, y todas ellas tienen por teatro la mara- 
villosa playa del Sardinero, lugar predilecto 
de Amos de Escalante (IlU terrarum mihi 
pYcBier omncs-angulus ridei.,.),. donde «nunca 
encontraron hastío sus ojos ni cansancio su 
alma,» aunque la frecuentaba menos desde 
que el prosaico veraneo de tierra adentro 



LXXXVI 

vino á quitarle mucho de su majestad y her- 
mosura. Entre estos relatos descuellan dos: 
Un cuanto viejo y A flor de agua. DeJ pri- 
mero es enteramente histórica la catástrofe, 
que todavía recuerdan algunos en Santan- 
der. Impresa está la biografía del protago- 
nista, á quien su mala suerte trajo á ahogar- 
se en nuestra playa. Era un alto oficial, 
creo que de Estado Mayor; su apellido Bue- 
naga; mozo bizarro, de hermosa apostura y 
complexión atlética. Díjose ya entonces que 
una liviana voluntad femenina le había mo- 
vido á arrojarse á la temeraria aventura en 
que sucumbió. Este rumor fué aprovechado 
artísticamente por Juan García, introdu- 
ciendo en la más culminante y dramática 
situación una linda paráfrasis del antiguo 
cuento de D. Manuel de León y del guante 
arrojado por su dama entre los leones; pá- 
gina que se lee con encanto aun después de 
conocida la balada de Schiller (Der hands- 
chuchj sobre el mismo argumento. Ni el ca- 
rácter de Vivero, ni el de la marmórea y 
soberbia Laura, son tampoco creación arbi- 
traria de la fantasía. El segundo, sobre todo, 
tiene tales toques de verdad en su inhumano 



•ti 



LXXXVII 

y feroz egoísmo, que no puede dudarse de 
la existencia de un modelo vivo, acaso muy 
presente á los ojos ó á la memoria del artis- 
ta cuando trazó su vengador perfil, trasla- 
dándole á época algo más lejana. 

Distinto género de interés, pero acaso 
algún misterioso parentesco moral ofrece 
con esta narración la titulada A flor de agua, 
donde casi todo pasa en el laboratorio de la 
conciencia; autopsia despiadada de un alma 
en momentos de honda perturbación y hasta 
de vértigo; que llamaríamos el Werther ó el 
Rene de su autor, si pudiese ejercer nunca 
la tóxica influencia que aquellos libros ejer- 
cen en espíritus jóvenes y desprevenidos, y 
si las sanas y piadosas máximas en que 
abunda no fuesen ya bastante correctivo á 
lo que puede haber de excesivo ó de peligro- 
so en el devaneo ó cavilación melancólica 
del protagonista. Es el único escrito de 
Juan García en que pareció bordear la sima 
de la desolación humana; no ciertamente 
para arrojarse á ella con desaliento cobarde, 
sino para escudriñarla hasta el fondo; ope- 
ración de moralista lícita y aun loable en sí, 
pero de la cual pueden levantarse nieblas 



LXXXVIII 



que ofusquen el ánimo mejor dispuesto para 
triunfar de las negras potencias del abismo 
que inducen á la desesperación á los morta- 
les. Aquella crisis espiritual fué la última 
en la vida del poeta: la sombra maléfica, si 
es que la hubo, no hizo más que resbalar 
sobre el terso cristal de su alma, tan versa- 
da en los misterios del dolor y tan sumisa 
finalmente á la voluntad divina. 

Así llegó á la cristiana y serena elevación 
de Ave Maris Stella, historia montañesa pu- 
blicada en 1877, una de las mejores novelas 
históricas que se han compuesto en España; 
para mi gusto la más simpática, juntamen- 
te con El señor de Bembibre, de Enrique 
Gil, otro ingenio septentrional de la misma 
familia de espíritus que Amos de Escalante; 
pero cuya voz melodiosa tiene un timbre 
más apagado, así como los idílicos paisajes 
del Vierzo, descritos por él, difieren de la 
ceñuda y selvática majestad de nuestros 
montes. 

Desde su primera juventud, casi diríamos 
desde su infancia, fué Escalante gran devo- 
to de Walter Scott, á quien leía con delicia, 
no sólo en sus novelas, sino en sus poemas, 



LXXXIX 



mucho menos conocidos en España. En el 
presente tomo puede verse la gallarda tra- 
ducción que hizo de El Palmero, dándole el 
tono y sabor de un viejo romance castella- 
no. Entre las novelas, gustaba con prefe- 
rencia de Waverley, de Oíd Mortalüy y de 
El Anticuario. A ellas y á todas alcanza es- 
ta brillante síntesis, que trazó al correr de la 
pluma en un artículo crítico de que guardo 
indeleble memoria por haber servido de ca- 
riñoso estímulo á mis primeros ensayos: 

«Reinaba por entonces en los dominios 
de la imaginación, teniendo á su merced el 
universo leyente, uno de los más hábiles y 
poderosos magos, á quienes enseñó natura- 
leza el arte de evocar y hacer vivir genera- 
ciones muertas, levantar ruinas, poblar so- 
ledades, dar voz á lo mudo, voluntad á lo 
inerte, interrogar á los despojos de remotos 
siglos y hacer que á su curiosidad respon- 
dieran; aprendiendo de la espada rota en 
cuál batalla ganó sus mellas; del borrado 
libro, á cuál cerebro dio luz y á cuál cora- 
zón inquietudes; de la herramienta desco- 
nocida, los usos é industrias en que sirvió 
al hombre; del apolillado mueble, qué se- 



xc 



cretos encerró, qué vanidades lisonjeaba, 
qué necesidades entretenía; de la deslucida 
y harapienta tela, las desnudeces que disi- 
muló y las maldades ó las virtudes que vis- 
tiera; de la desbaratada joya, el lujo de que 
fué instrumento y cómplice; del cantar an- 
tiguo, los miedos que logró ahuyentar, las 
cóleras que supo encender, y de las leyes 
escritas, de las piedras labradas, del eco te- 
nuísimo, sensible apenas, conservado en la 
memoria de la raza, los vicios y virtudes, 
las necesidades, las costumbres, el culto, el 
arte, la lengua; adivinando el modo de vi- 
vir del espíritu en la obra del entendimien- 
to y el modo de vivir del cuerpo en la obra de 
las manos. Era este mago Walter Scott (i).» 
Cabalmente el primero en fecha de sus 
imitadores españoles, que fueron legión bi- 
zarra y animosa, aunque todos más literatos 
que novelistas de vocación, había sido un 
ingenio santanderino, D. TelesforQ de Truc- 
ha y Cosío, que arrojado por las tempesta- 
des políticas á Inglaterra, donde se había 

(i) Artículo publicado en La Época sobre mi 
biografía de Trueba y Cosío en 1876. 



% 



XCI 



educado, aprovechó su rara pericia en la 
lengua de aquella nación para escribir inte- 
resantes narraciones de asunto español, en- 
tre las cuales sobresale la titulada El Prín- 
cipe Negro en Castilla, Era Trueba ardien- 
te patriota, y por puro patriotismo escribía 
en inglés, para que se difundieran más rá- 
pidamente por el mundo los cuadros y tra- 
diciones heroicas de nuestra historia, el te- 
soro poético de nuestras crónicas y roman- 
ceros. Era escritor culto y discreto, y si le 
faltaban dotes de primer orden, tuvo las su- 
ficientes para ser leído con agrado y obte- 
ner un éxito lisonjero, aunque efímero, sien- 
do traducidas sus obras á las principales 
lenguas de Europa, incluso el ruso, y lle- 
vando á todas partes las primeras nuevas 
del despertar romántico de España. 

Juan García^ que estimaba en su justo pre- 
cio á este modesto y olvidado precursor del 
romanticismo peninsular, encontraba entre 
el montañés de Escocia y el montañés de 
Cantabria afinidades de origen, por las cua- 
les había sido conducido naturalmente el 
segundo á la imitación del primero. «Paré- 
cense las cunas de ambos poetas, regiones 



XCII 

una y otra de montes y aguas, ásperas y 
sombrías, de suelo pobre, desdeñoso cielo, 
angostas hoces, hondos bosques, inexplora- 
das cimas, terror misterioso, padre de la 
superstición y la conseja, razas suspicaces 
y belicosas, fuente de tradiciones y le- 
yendas.» 

Pero á ingenios de otra valentía y de tem- 
ple más castizo que el anglo-hispano True- 
ba y Cosío, estaba reservado el producir la 
genuína novela montañesa, descubriendo y 
aprovechando «la varia y generosa poesía 
esparcida, manifiesta ú oculta, en las anti- 
guas leyes, en las costumbres, en las me- 
morias y el paisaje sublime de su nativa tie- 
rra.» Bastóle á Pereda la observación de la 
siempre fiel naturaleza para hacer entrar en 
los dominios de la inmortalidad á la Can- 
tabria agreste y marinera. Antes y después 
de este triunfo soberano de nuestra musa 
regional, buscaba jfuan García en el sub- 
suelo histórico las hondas raíces de aquel 
árbol de ruda corteza y savia infatigable y 
rica, que tan buena sombra había prestado 
siempre á los moradores de la llanura. Hu- 
bo un momento en que ambas intuiciones 



XCIII 



poéticas se encontraron sin confundirse. 
Pereda, refractario por temperamento á la 
curiosidad erudita, sentía vigorosamente la 
tradición como si de ella formase parte; no 
la aprendía, sino que la veía, en sí mismo 
primeramente, y en todo el círculo de sus 
ideas y afectos. Era el fondo de su vida psi - 
cológica, y donde quiera la encontraba re- 
flejada: en las fiestas y regocijos populares; 
en ferias, romerías, hilas y deshojas; en la 
viril y cristiana democracia del cabildo de 
mareantes; en la benéfica tutela del patriar- 
cado rural. De cómo habían vivido los mon- 
tañeses de otras edades, nunca pensó en 
informarse despacio; pero adivinaba lo pa- 
sado por los recuerdos de su niñez, y creía 
vagamente en una edad de oro, tras de la 
cual había venido la de plata, ya próxima á 
degenerar en la de hierro, pero que todavía 
conservaba intacto algún filón de la riqueza 
antigua. 

Este filón era el que tenazmente explota- 
ba Amos de Escalante, cuya imaginación 
retrospectiva, no de aquélla que suele des- 
caminar como fuego fatuo á los eruditos li- 
vianos y presuntuosos, sino imaginación de 



XCIV 



poeta encariñado con las ruinas, no por ser 
ruinas, sino por ser bellas, completaba la 
visión de Cantabria, transportándola de las 
lejanías del ensueño al firme terreno de una 
realidad histórica y poética á la vez: histó 
rica por lo sólidamente documentada, poéti 
ca por la verdad eterna de los sentimientos 
Motivo de larga indecisión fué para Amos 
no el escoger argumento para su novela 
puesto que el sencillísimo que tiene (una 
discordia y rivalidad amorosa entre herma- 
nos) se le ocurrió casi de improviso y es una 
situación de las más elementales, sino el 
fijar la época de la acción y el grupo de 
acontecimientos históricos que habían de 
combinarse con los incidentes de la fábula. 
Otros ensayos de novela histórica había he- 
cho antes de éste; pero ninguno llegó á tér- 
mino, aunque de El Veredero^ donde se pro- 
ponía perpetuar algunos rasgos de la vida 
provincial en las postrimerías del siglo xviii, 
llegó á escribir bastantes capítulos. Menos 
avanzó en Giles y Ncgretes, crónica de los 
bandos de Trasmiera en tiempo de Enri- 
que ÍV, tema de su especial predilección, y 
sin duda el más novelesco y pavoroso que 



xcv 

ofrecen los anales de la provincia. Por fin 
recayó su elección en el siglo xvii, lo cual 
ocasionalmente puede atribuirse á la lectu- 
ra, atenta y meditada como todas las suyas, 
que por aquellos días hizo de los tomos en- 
tonces recientes del Memorial Histórico Es- 
pañol que contienen las Memorias de Don 
Diego Duque de Estrada, las cartas de los 
jesuitas y otros documicntos relativos á la 
historia anecdótica del reinado de Felipe IV. 
Le interesaba el contraste entre el hervir 
bullidor de la vida militar, aventurera y 
cortesana, que en aquellos relatos se pre- 
senta, y la existencia quieta, obscura, toda- 
vía de Edad Media, pero de Edad Media pa- 
cificada y sumisa, que adivinaba su espíritu 
escudriñador en las crónicas monásticas, en 
los papeles de pleitos y linajes, en los cua- 
dernos de hermandades, único archivo mon- 
tañés de aquella centuria en que la Montaña 
no tuvo historia para los extraños. 

Además, escribiendo de aquel período en 
que el arte español recogió su más alta co- 
rona como en desquite de las que dejaban 
caer sus monarcas, llevaba vencida de ante- 
mano la mayor dificultad de la novela his- 



XCVI 



tórica: la de dar al diálogo su propio y ge- 
nuino sabor, sin esfuerzos de arcaísmo, sin 
taracea de vocablos viejos y nuevos, escollo 
inevitable en argumentos de la Edad Media, 
donde la representación, si es nimiamente 
fiel, puede tornarse en incomprensible para 
el vulgo, y si se moderniza demasiado, co- 
rre riesgo de hacerse trivial y desagradar á 
los entendidos. En el siglo xvii encontraba 
Amos su verdadera patria espiritual. Si de 
algo pecan sus personajes es de hablar de- 
masiado bien, con una pureza de gusto más 
propia de los contemporáneos de Fr. Luis 
de Granada que de los de Gracián. Pero re- 
cuérdese que á provincias las modas solían 
llegar tarde, y es natural que en tierra tan 
fragosa como la que más de España y tan 
alejada del trato y comunicación forastera, 
no hubiesen penetrado mucho las quintas 
esencias del gusto palaciego y se hablase 
todavía llana y apaciblemente, aunque no 
de fijo con tanta sabiduría y discreción co- 
mo la que muestran en sus pláticas los hi- 
dalgos y religiosos que Amos introduce en 
su libro. El por su gusto participaba de am- 
bos siglos, y era indulgente hasta con el 



XCVII 

abuso del ingenio; pero el sexcentismo, sólo 
por sus partes mejores y más sanas, pudo 
tener acción sobre él. Nunca su pluma res- 
baló en el culteranismo; pero como hombre 
de ingenio tan sutil fué alta y noblemente 
conceptuoso en prosa y en verso, declaran- 
do las agudezas de su pensar, no con pala- 
bras forasteras y peregrinas, sino con suave 
y graciosa elegancia que rodea amorosa- 
mente el concepto y en él se recrea hasta 
agotarle. Quevedo, tan gran mina en lo se- 
rio como en lo jocoso, aunque menos traba- 
jada por los imitadores, le cautivaba por la 
valentía de las sentencias, y á veces le imi- 
tó en esto, pero no en su concisión áspera y 
ceñuda, que es de muy peligrosa imitación 
para quien no tenga su propio genio coléri- 
co, impaciente y adusto, que procede siem- 
pre como por saltos. 

De las dos principales formas que la no- 
vela histórica tiene, ¿á cuál pertenece Ave 
Maris Stella? Hay entre las obras de Wal- 
ter Scott, algunas de las más brillantes y 
famosas, no de las más espontáneas {Ivan- 
hoe, Quentin Duyward...), en que la historia 
da^ como dice muy bien nuestro Amos, «el 



XCVIII 

esqueleto y trabazón del artificio literario, 
el color de los tiempos, el compás de la ac- 
ción, la medida de los caracteres y aventu- 
ras.» Tienen estas novelas el inconveniente 
de que la Historia se desborda en el campo 
de la poesía, con tan impetuoso raudal, que 
anula la acción del protagonista inventado, 
y convierte sus» personales aventuras en una 
especie de máquina teatral puesta al servi- 
cio del gran drama de las ambiciones y las 
catástrofes humanas. Sobre esta manera de 
narraciones histórico-anoveladas , recaen 
principalmente las observaciones de Man- 
zoni, que después de haber compuesto su 
áureo libro de / Promessi Sposi, entró en 
escrúpulos literarios sobre el libro y sobre el 
género, y escribió su opúsculo De la novela 
histórica, en que expone largamente y con 
su ingenio y sagacidad acostumbrados, los 
inconvenientes de aquella forma poética y 
de las que con ella tienen alguna semejanza. 
En lo cual es de notar que Manzoni tildaba 
y corregía opiniones suyas anteriores, pues- 
to que en su admirable Carta sobre las uni- 
dades dramáticas, había hecho la más pro- 
funda apología del drama histórico, tanto 




XCIX 



mejor, cuanto más fiel á la Historia; siendo 
doctrina de aquel egregio pensador y gran 
poeta que «las causas históricas de una ac- 
ción son esencialmente las más dramáticas 
y las más interesantes, y que cuanto más 
conformes sean los hechos con la verdad 
material, tendrán en más alto grado la ver- 
dad poética que buscamos en la tragedia.» 
Si esta doctrina puede parecer extremada 
por lo mucho que restringe los derechos de 
la fantasía, todavía es más rígida la que lue- 
go sostuvo, condenando como género con- 
tradictorio en sí mismo toda mezcla de his- 
toria y ficción. La humanidad continúa re- 
creándose con este género híbrido, y en la 
cúspide de él coloca precisamente un libro 
de Manzoni. Pero éste pertenece á la segun- 
da categoría de novelas históricas, al grupo 
en que debemos colocar también las obras 
más amables y espontáneas de la primera 
manera de Walter Scott. En vano intentan 
hoy los críticos rebajar el mérito de este ma- 
go de la Historia, Homero de una nueva 
poesía heroica, acomodada al gusto de ge- 
neraciones más prosaicas, y, en suma, uno 
de los grandes bienhechores de la humani- 



dad, á quien dejó en la serie de sus libros^ 
una mina de honesto é inacabable deleite. 
La exactitud histórica completa es un sue- 
ño; y si por medio de procedimientos cien- 
tíficos no podemos llegar más que á una 
aproximación, ¿quién va á exigir más rigor 
en el arte? Walter Scott nunca tuvo la pre- 
tensión de que sus novelas sustituyesen ala 
Historia, y, sin embargo, grandes historia- 
doresifueron los que, guiados por su método, 
comenzaron á resucitar la Edad Media con 
su genuino espíritu. 

Para los grandes hechos históricos na 
hay como la historia; la fábula sirve sólo 
para obscurecer su grandeza. El único me- 
dio artístico de celebrarlos con dignidad es 
la efusión lírica. Pero ni la historia se com- 
pone tan sólo de peregrinos y encumbrados 
acaecimientos, ni sabe ni dice todo lo que 
puede decirse y saberse de ciertos períodos, 
hombres y razas, que por no haber influida 
eficazmente en el mundo, ó porque de sus 
hechos no queda bastante memoria en pa- 
peles y libros, permanecen olvidados y si» 
, lenciosos aguardando el son de la trompeta 
que los levante del sepulcro, Y entonces 



CI 



Jlega el arte, que entre sus excelencias tiene 
ia de suplir con intuición potente las igno- 
rancias de la ciencia, los olvidos y desdenes 
•de la historia, y resucita hombres y épocas, 
nos hace penetrar hasta lo íntimo de la or- 
ganización social, y nos da á conocer no só- 
lo la vida pública y ruidosa, sino la fami- 
liar y doméstica de nuestros progenitores. 
'Que tal oficio está expuesto á quiebras en 
«iodo tal, que si esas generaciones desper- 
nasen, quizá no conocieran su propio retra- 
to, puede ser cierto; pero cuando faltan mo- 
dos de averiguarlo, importa poco, si el no- 
velista lo es de veras, que haya sustituido 
Ja realidad histórica, mezquina y prosaica 
Á veces, con otra realidad poética, dulce y 
halagadora, que en medio de todo es tan 
real como cualquiera otra de la vida. Pero 
ni aun ese cargo puede hacerse á los poetas 
-eruditos que antes de escribir novelas se 
han internado en el laberinto de las pasadas 
edades con el hilo de la critica, y han re- 
construido, no simplemente adivinado, la 
historia, fundándola, antes que en vagas 
imaginaciones, en porfiada y diligente labor 
sobre antiguos documentos, sin desdeñar 



cu 

tradiciones y usanzas añejas, donde la his* 
toria vive vida tan persistente y tenaz como 
en los relatos de los cronistas. Tal hizo 
Walter Scott en aquellas novelas, para mí 
las mejores de su colección, en que describe 
costumbres escocesas que él y muchos de 
sus lectores habían alcanzado, odios de fa- 
milia que aún duraban al tiempo de su in- 
fancia: tal realizó con suma conciencia Man- 
zoni para restaurar aquella Lombardía se» 
mi-española del siglo xvii^ y tal fué, en su 
historia montañesa de la misma centuria, la 
empresa que acometió Juan García, discí- 
pulo de los más hábiles que en España han 
tenido ambos maestros. 

Discípulo de Manzoni más que de Walter 
Scott, si se atiende al espíritu, no sólo mo- 
ral, sino austeramente religioso, de positivo 
y práctico cristianismo, que se difunde por 
todas las venas de la obra; arte severo é in- 
maculado que no admite, ni á título de con- 
traste, ninguna emoción desordenada. Dis- 
cípulo por la sencillez de la acción que na 
sale de los términos de la vida ordinaria, 
ni ofrece complicación alguna de las que por 
excelencia se llaman novelescas, ni busca 



CIII 



tampoco los aspectos más brillantes de la 
historia al ingertarse en su tronco. Discípu- 
lo también, pero no imitador ni copista ser- 
vil, en los dos principales caracteres, Don 
Diego Pérez de Ongayo y Fr. Rodrigo. 
¿Quién al contemplar el verdadero desenla- 
ce de nuestra novela en la cristiana y re- 
signada muerte de aquel desalmado sola- 
riego, Caín de sus hermanos, amansado ya 
y traído á penitencia por la solemne, á par 
que cariñosa, voz de su hermano el fraile, 
no se acuerda involuntariamente del Inno- 
minuto y de Frd Cristo foro? 

Otros caracteres entran más en el género 
de Walter Scott. Casto y gentilísimo, con 
delicados toques de pasión, es el tipo de Do- 
ña Mencía; grave y austeramente señoril el 
de su madre Doña Brianda; arrebatado y 
generoso el del Capitán que vuelve de Flan- 
des; noble y fiel el del Rebezo; iracundo y 
pronto á la venganza el del catalán, como 
aquellos paisanos suyos cuyos hechos nos 
refirió en estilo de Tácito D. Francisco 
Manuel de Meló. Ninguno de estos persona- 
jes es convencional; todos tienen rasgos de 
época finamente estudiados. Pero aunque 



CIV 



entre ellos se teja principalmente la trama 
de la novela, todavía valen más otros perso- 
najes episódicos: el hidalgo de Binueva, tan 
sano y entero de alma como descompuesto, 
extraordinario y brusco en actos y modales; 
el ladino y cortesano abad de Santillana, que 
tan discretamente camina al logro de sus 
ambiciones; el taimado político de campa- 
nario Agustín Calderón; el licenciado de 
Ruiseñada, rico en argucias y pedanterías 
jurídicas; los dos hermanos Gómez de la 
Torre, deliciosamente cómicos en su galan- 
tería infantil y trasnochada, en la perpetua 
comunidad de sus pareceres y en la imper- 
tinencia de sus discursos. Y tras ellos todo 
el coro de montañeses, que bien muestran 
ser abuelos genuínos de los de Pereda y pa- 
rientes próximos de los escoceses pintados 
por Walter Scott, sin que haya en esto imi- 
tación, sino absoluta y perfecta coinciden- 
cia: económicos, pacientes, cautelosos, as- 
tutos, obligados á serlo por la pobreza de la 
tierra y por el hábito de vivir en perpetua 
contienda forense. 

El escenario histórico en que toda esta 
gente se mueve está admirablemente elegi- 



cv 



do. Quedaba en las Asturias de Santillana, 
y persistió por lo menos hasta el tiempo de 
Carlos III, un resto importante de las an- 
tiguas libertades comunales: las Juntas de 
los nueve valles, que se reunían en la Puen- 
te de San Miguel, lugar del valle de Reocín. 
«Desde allí (como dice Escalante) fué lar- 
gos años gobernada y regida por sus procu- 
radores, parte muy principal y considerable 
de aquella antigua tierra en Castilla llama- 
da de Peñas-al-mar, tierra tan fatigada por 
el ánimo inquieto de sus naturales, los de- 
rechos encontrados, las jurisdicciones va- 
rias, las leyes muchas y confusas, mal obe- 
decidas las nuevas y olvidadas las antiguas.» 
Hallábase aquel humilde Capitolio mon- 
tañés, del cual no quedan ni ruinas, en la 
margen izquierda del Saja. El archivo de 
las Juntas se guardaba y se guarda todavía 
en la vecina ermita románica de San Mi- 
guel. Atentamente le había explorado Amos 
de Escalante, para quien eran tan conoci- 
dos aquellos parajes como los rincones de 
su nativa casa. Cuanto en el libro se escri- 
be de aquella rústica congregación de los 
procuradores de los valles, es historia pura 



/ 



CVI 

fundada en el texto de las Ordenanzas con- 
firmadas en 1645 por Felipe IV, y en otros 
varios documentos que en los apéndices se 
mencionan. Histórico es el orden de presi- 
dencia y asiento; históricos los nombres de 
los justicias, procuradores y escribano que en 
la Junta figuran; histórico el mandamiento 
6 convocatoria á los valles, y todos los de- 
más papeles que en el mismo texto de la 
novela se ponen íntegros ó en extracto^ co- 
mo Manzoni intercaló los bandos de los go- 
bernadores de Milán. Este escrúpulo de ni- 
mia exactitud diplomática contribuye al 
prestigio de la ilusión poética, haciendo al 
lector verdaderamente contemporáneo de los 
sucesos que se narran. El cuadro de las Jun- 
tas es acaso el mejor de la novela, y la bra- 
va pendencia con que terminan recuerda, 
coa desenlace menos sangriento, la lucha 
de los dos clanes rivales en The fair maid 
of Perth. 

Reparos harto livianos han puesto á Ave 
Maris Stella los pocos críticos que se han 
fijado en ella. Dicen que la acción, aunque 
dulce y simpática, es pobre y algo desleí- 
da. No puede llamarse pobre una acción 



CVIl 

que tiene todo lo necesario para su integri- 
dad, y adeníiás en Ave Maris Stella, como en 
todas las buenas novelas históricas, el interés- 
es doble: uno el personal de los protagonis- 
tas; otro el interés colectivo, el interés de la 
historia en que ellos van envueltos y que los 
arrastra en sus tortuosos giros. Atender al 
primero y no al segundo, que en la intención' 
del autor es casi siempre el capital, equiva- 
le á desconocer la verdadera índole de este 
género narrativo, cuya mayor eficacia y vir- 
tud poética consiste precisamente en mos- 
trar la acción del destino histórico sobre el 
destino individual; empresa de mucha más^ 
consecuencia que las manifestaciones del 
puro realismo. Entendida de este modo la 
novela histórica, viene á ser una transfor- 
mación moderna de la epopeya. Así en la 
novela única é insuperable de Manzoni, 
una inocente pareja de sencillos contadini^ 
Renzo y Lucía, pasea sus contrastados amo- 
res á través del hambre, del tumulto y de 
la peste, y viene á reflejarse en aquellas hu- 
mildes existencias todo el movimiento de la 
sociedad lombarda del siglo xvii en todas 
sus clases y condiciones, desde los bvavos^ 



CVIII 



asalariados y tiranuelos feudales, hasta "el 
santo Arzobispo Federico Borromeo. Asi, en 
El Señor de Bembibre, novela dignísima de 
ser citada en primera línea entre las nues- 
tras, el gran drama de la caída de los Tem- 
plarios y la visión imponente del Castillo de 
Cornatel, se sobreponen en mucho al interés 
que sin duda despiertan las cuitas amorosas 
de D. Alvaro y Doña Beatriz, tan delicada- 
mente interpretadas por el alma ardiente y 
soñadora del poeta. 

No es pobre la acción de Ave Maris SteU 
la^ si se atiende á los dos elementos que en 
ella fundió sin violencia Juan García; pero 
■es cierto que pudo desenlazarla por medios 
menos rápidos y bruscos que aquella riada 
del Saja, por otra parte admirablemente des- 
crita, y en que parece luchar con estos so- 
beranos versos de Lucrecio (I, 286-290), 
que tan presentes tenía: 

Neo validei possunt pontes venientis aquce 
Vim suhitam tolerare; ita magno tiirhidus imhri 
Molihus incurrit validis ctim viribus amnis, 
Dat sonitu magno stragem; volvitque siib undis 
Orandia saxa; ruit qua qiudquam fluctíbus obstáis 



CIX 

Pero ya he dicho que para mí el verdadero- 
desenlace no está en el accidente fortuito y 
material que arrastra á D. Alvaro, sino er^ la 
conversión moral de su hermano D. Diego. 
Con ligereza se ha dicho taiyibién que el 
novelista se desentiende de las situaciones 
más culminantes para pintar un paisaje 6 
una marina con verdadera delectación mo- 
rosa. Precisamente nuestro Amos conocía 
muy bien este punto flaco del arte de Wal- 
ter Scott, «el cual, con tanto amor y deleite 
se detiene á veces en detallar y pulir su& 
cuadros de la Naturaleza, en hacer correr 
sobre ellos, ya la luz, ya la sombra, qu^ 
parece olvidarse de que le aguardan sus hé- 
roes para hablar ó moverse, y con mayor 
impaciencia el lector, puesto en sus manos 
por la afición ó el capricho.» El capítulo ti- 
tulado Puerto Calderón con que empieza la 
novela montañesa, es el único que adolece 
de este defecto, y hubiera ganado con ser 
más breve, aunque en ello se perdiesen al- 
gunos primores de forma; pero no puede 
decirse que en él se distraiga el autor de 
nada, puesto que todavía no ha comenzada 
su relato. Lo que sí puede y debe decirse 



ex 



es que tarda en entrar en materia, y que 
esta novela, al revés de otras muchas, va 
ganando interés conforme avanza. 

No necesito encarecer de nuevo las dotes 
de paisajista que Escalante tuvo y que no 
podían menos de ser para él una tentación 
perpetua. Pero debo notar que, en este últi- 
mo libro, la Naturaleza visible está sentida 
y representada de un modo muy diverso que 
en sus relaciones de viajes y en sus impre- 
siones de la playa. El paisaje de Ave Maris 
Stella está empapado de emoción moral, si 
vale la frase. Guarda misteriosa consonán- 
dola con los estados de alma de los persona- 
jes y con las escenas en que intervienen. 
Es, por decirlo así, un lenguaje simbólico 
en que la tierra madre habla á sus hijos. Fá- 
cil sería puntualizar esto, si los límites del 
presente estudio lo consintiesen. Tampoco 
responderé de nuevo á las acusaciones de 
afectada cultura en el lenguaje. Suponiendo, 
lo cual estoy muy lejos de conceder, que 
para los españoles sea arcaica la lengua que 
hablaron sus mayores prosistas y poetas, 
siempre estaría legitimado su empleo en un 
argumento del siglo xvii, y en la pluma de 



CXI 



un escritor que podía decir de sí mismo, co- 
mo Tito Livio, que escribiendo de cosas an- 
tiguas sentía que su alma se hacía antigua 
también; Vetustas res scribenti nescio quo pac- 
to antiqíms fit animus. 

Legítimo poeta en prosa D. Amos de Es- 
calante, hizo también muchos y excelentes 
versos, teniéndolos en tal predilección, que 
sólo en ellos estampó su nombre verdadero, 
reservando el pseudónimo para las obras en 
prosa. Con algunos de los más selectos for- 
mó en 1890 un precioso tomito, cuya edi- 
ción privada, y de cortísimo número de ejem- 
plares, apenas traspasó el círculo de su fa- 
milia y amigos. Hoy se reimprifne acrecen- 
tado con otros de mérito no inferior que se 
han encontrado entre sus papeles. Muchos 
más condenó á la obscuridad, y acaso á la 
destrucción, su acendrado gusto, que tra- 
tándose de cosas propias se pasaba de nimio 
y meticuloso. Basta con los coleccionados 
para que el tomo quede el más cabal que de 
poeta montañés tenemos, y uno de los más 
personales y simpáticos de la lírica española 
de nuestros días. 

Muchas veces se ha repetido, siempre con 



CXII 

airada protesta de la gente del Norte, aque- 
lla sentencia atribuida á D. Alberto Lista: 
«Del Duero alia no nacen poetas.* Injusta 
era ya cuando dicen que se pronunció, pues- 
to que sin remontarnos á la antigua poesía 
épica y á los Santillanas y Manriques del 
siglo XV, del lado acd del Duero había naci- 
do Zorrilla, el mayor poeta narrativo y le- 
gendario de toda la literatura romántica. 
Pero si en vez del Duero se hubiese dicho 
del Ebro allá, no hubiese sido tan fácil im- 
pugnar la proposición. Asturias misma, fe- 
cunda en excelentes prosistas, apenas con- 
taba, antes de la aparición de Campoamor, 
más títulos de relativa gloria poética que las 
comedias de Bances Candamo y las sátiras 
y epístolas de Jovellanos. La musa gallega, 
primogénita entre las peninsulares (i), no 
había reverdecido aún sus laureles de la 
Edad Media. Y nuestra comarca, que había 
dado á la corte del Emperador Carlos V el 



(i) Entiéndase de la poesía lírica, no de la 
épica, que es castellana desde sus orígenes, y el 
mayor timbre poético de Castilla juntamente con 
el teatro. 



CXIII 

más brillante é ingenioso de sus retóricos y 
moralistas, el de mayor celebridad é in- 
fluencia en Europa, sólo puede citar en el si- 
glo XVII un poeta más conocido y más digno 
de serlo como dramático que como lírico; 
dos ó tres harto adocenados en el xviii; cua- 
tro ó cinco muy dignos de estima en el xix, 
ninguno tan selecto en la dicción, tan rico 
de savia propia y de intensa cultura como 
Escalante. Evaristo Silió, prematuramente 
malogrado, tuvo la inspiración melancólica 
y gris de nuestro paisaje otoñal, pero algo 
monótona y enfermiza. Fernando Velarde, 
mucho más conocido en América que en Es- 
paña, alma vehemente, apasionada y triste, 
ingenio grande é indisciplinado, versifica- 
dor grandilocuente y estrepitoso, semejaba 
un pájaro tropical de vistoso y abigarrado 
plumaje. Casimiro Collado, espléndido poe- 
ta descriptivo en la oda d México, honda- 
mente elegiaco en Liendo ó el valle paterno, 
era un diestro cincelador de versos clásicos, 
que llegó á la perfección en dos ó tres com- 
posiciones sin desentonar en ninguna (i). 

(i) Hablo sólo de los que han cultivado la 

h 



CXIV 



Dos poetas idealistas y melancólicos na- 
cidos en otras provincias del Norte de Es- 
paña, tienen con nuestro Amos más estrecho 
parentesco que los de su tierra. Uno es el 
tierno y melodioso cantor de La Niebla, de 
La gota de rocío y de La violeta, Enrique 
Gil, á quien ya hemos recordado como no- 
velista. Otro es Pastor Díaz, más sombrío 
y nebuloso, más acerbamente triste, más 
gráfico en la dicción, más vibrante y enér- 
gico. En sus versos sonó por primera vez el 
arpa de nácar de la Sirena del Norte, y las 
huellas de su radiante aparición no se han 
borrado todavía: 

No más oí de la gentil Sirena 
El concierto divino, 
Sino el tumbo del mar sobre la arena, 
Y el bronco son del caracol marino. 

Pero el numen que inspira á Escalante no 
es tan tétrico y gemebundo como el que dio- 
poesía lírica exclusivamente ó con preferencia, 
no de los que, sin ser poetas de profesión, escri- 
bieron á veces elegantes y sentidos versos, como 
el docto catedrático Laverde Ruiz y otros. 




cxv 

tó los versos á la Luna y La Mariposa nc' 
gva; el que había susurrado al oído del poe- 
ta gallego cuando apenas tenía diez y siete 
años: 

De ébano y concha ese laúd te entrego 
Que en las playas de Albión (i) hallé caído; 
No empero de él recobrará su fuego 
Tu espíritu abatido. 
El rigor de la suerte 
Cantarás sólo, inútiles ternuras, 
La soledad, la noche y las dulzuras 
De apetecida muerte. 

También Escalante recibió de manos de 
la triste maga el laúd de ébano y concha, 

(i) Es notable, en efecto, el parentesco moral 
de estos poetas del Septentrión de España con al- 
gunos ingleses. Quizá Pastor Díaz, cuando escri- 
bió estos versos, no había pasado del falso Os- 
sian. Cuando aparecieron las primeras composi- 
ciones de Enrique Gil, algún crítico notó analo- 
gías, que no encuentro fundadas, con las Irish 
Melodies de Tomás Moore. En Amos la influen- 
cia inglesa fué constante, y se ejerció, no sólo 
por medio de Byron, sino también de los poetas 
lakistas. 



CXVI 

alto consolador de sus melancolías. Pero 
atento á la voz del paisaje, atento á la voz 
de la historia, nunca pudo contarle entre sus 
víctimas el subjetivismo romántico, ni can- 
tó sólo estériles ternuras. Su alma se difun- 
día sobre las cosas exteriores, y después de 
abarcarlas con serena contemplación, pare- 
cíale pequeña cosa su dolor comparado con 
el dolor universal. Y como la ley del dolor 
no estaba escrita para él en las tablas de 
diamante de la fatalidad, sino que sentía en 
ella el gemido que lanzan las criaturas vio- 
lentamente apartadas del centro de su vida 
é inquietas y desasosegadas hasta que tor- 
nen á él, pronto la paz del Señor tocaba su 
alma, ahuyentando los fantasmas del des- 
aliento y de la duda. Su pensamiento cons- 
tantemente profundo, aun en las composi- 
ciones que parecen más frivolas, lanzaba 
destellos de purísima luz en sus versos reli- 
giosos, que son de los más bellos que hay 
en nuestra literatura moderna, poco fecunda 
en este género, que, por ser el más excelso 
de todos, no consiente vulgaridad ni me- 
dianía. 

Si poeta ha de llamarse al que ha tenido 



CXVII 



un modo propio de sentir, un modo perso- 
nal de interpretar la naturaleza y la vida, 
y ha encontrado para expresar este sentir y 
esta visión suya aquella forma íntima y so- 
litaria, ajena cuanto cabe del razonamiento 
prosaico, á la cual llamamos forma lírica, 
no hay duda que Amos de Escalante es to- 
davía más poeta en sus versos que en su 
prosa, porque su alma se pone en más di- 
recta comunicación con sus lectores, y ade- 
más la rapidez y concentración del estilo 
poético le impide caer en el único defecto 
que puede notarse en su manera, algún ex- 
ceso de amplificación, cierta tendencia á 
desleir las ideas y á pararse cariñosamente 
en cada una. El mismo decía que el soneto 
le había «disciplinado,» y los hizo primoro- 
sos de todos géneros. En verso propendió 
siempre á la sobriedad, y quizá por exceso 
de ella parece alguna vez obscuro y premio- 
so. Era robusto artífice de endecasílabos: 
sus cláusulas rítmicas tienen gran sonori- 
dad y empuje; pero todavía se aventaja á si 
mismo en el primor y ligereza de los versos 
cortos. No diré que, á pesar de todo su es- 
tudio, llegase á vencer siempre las aspere- 



CXVIII 



zas de la rima; descuidos técnicos podrá te- 
ner, que desde luego entregamos á la vora- 
cidad de los pedantes, si es que son capaces 
de discernirlos, porque esta critica menuda 
suele dar palos de ciego. 

Para las almas dignas de comprender el 
alma de su autor, estas poesías no necesitan 
encarecimiento; necesitaban, si, un comen- 
tario, y he procurado ponérsele en todo lo 
que llevo escrito sobre la persona de Juan 
García, tal como la veo reflejada en sus li- 
bros; tal como la vi, siempre fiel á si mis- 
ma, en muchos años de constante y respe- 
tuosa comunicación. He procurado señalar 
las fuentes de su inspiración; descubrir sus 
procedimientos artísticos; leer en su alma, 
tarea grata para mi corazón, que durante 
largas horas ha creído escuchar su plática 
docta, insinuante y aguda. Ahora ya puede 
el lector, libre del fárrago de mi prosa, es- 
paciar la vista por sus marinas, perderse con 
él por los caminos de la Montaña, y aspirar 
el silvestre olor de las flores campesinas re- 
cogidas por él en búcaro gentil, digno de 
albergar, no sólo las que cultivaba en su plá- 
/c 9Ído huertecillo el injustamente olvidado 



CXIX 



Selgas, sino las que dieron lecciones y do- 
cunientos de moral sabiduría en las inmor- 
tales Silvas de Rioja. 

No faltará quien tache ó recuse por par- 
cial y apasionada esta apología de un escri- 
tor tan poco sonado en los papeles críticos, 
tan peregrino en los oídos de la generación 
presente. Mi entusiasmo por él es grande, 
sin duda, pero razonado y reflexivo. Creo 
de todas veras que Amos de Escalante era 
un clásico en vida, y que por clásico han de 
estimarle los venideros, á no ser que acaben 
de perderse en España todas las buenas 
tradiciones de lengua y estilo. No soy de los 
que se entregan al fácil juego de ensalzar 
autores de segundo orden con el secreto 
designio de abatir á los de primero. No soy 
iconoclasta, ni trato de levantar altar contra 
altar. Lo que lleva el sello del asentimiento 
universal tiene para mí grandes y serios mo- 
tivos de creencia. Tengo horror invencible 
á la paradoja y á la afectación de originali- 
dad, que es las más veces impotencia disi- 
mulada. Afirmo, por consiguiente, que la 
generación que admiró á Tamayo y Ayala, 
á Pereda y Alarcón, á Campoamor y Núñez 



cxx 

de Arce, al único é incomparable Valera, 
tuvo grandes razones para admirarlos, y que 
estas razones se irán viendo más claras con- 
forme pase el tiempo. Pero creo, que estos 
nombres no están solos, y que el campo de 
la literatura que para nosotros fué contem- 
poránea y de la cual debemos informar á los 
venideros para que no padezcan engaño, es 
mucho más vasto que lo que pudieran hacer 
creer historias superficiales en que hombres 
como D. José María Quadrado ó D. Amos 
de Escalante no ocupan más que una sola 
y menguada página ó no están mencionados 
siquiera. No confío en que Escalante llegue 
á ser popular nunca: su amor grave y pro- 
fundo á la belleza, su arte complicado y la- 
borioso, le apartarán siempre del vulgo; pe- 
ro no dudo que si la juventud se fija en sus 
obras, inéditas todavía para la mayor parte 
de los españoles, llegará á tener un grupo 
selecto de admiradores, y triunfará después 
de muerto, como triunfarían otros espíritus 
suaves y distinguidos: el solitario soñador 
Sénancour, el fino moralista Joubert (i) y 

(i) a Amos de Escalante puede aplicarse 



CXXI 

los dos Guérin, nobile par fratrum, Y espe- 
ro también que esta rehabilitación ha de 
comenzar entre los jóvenes de su tierra na- 
tal, que tiene una gran deuda de agradecí- 
miento con este hijo suyo, que se lo sacri- 
ficó todo, hasta la esperanza de la gloria^ 
siempre tardía y perezosa para quien se ale- 
ja del centro donde la multitud reparte sus- 
favores. 

Decía un amigo suyo que Amos tenía dos 
grandes devociones: el mar y los frailes de 
San Francisco. Una y otra le acompañarort 
hasta la tumba. Puede decirse que muri6 
asido al cordón franciscano de que habla en 
un soneto. Desde las casas de Becedo, donde 

punto por punto lo que el excelente crítico in- 
glés Matthew Arnold dice de Joubert: 

«Vivió en los días délos filisteos, cuando toda 
idea corriente en literatura tenía el sello de Da- 
gón, y no el sello de los hijos de la luz... Pera 
hubo unos pocos que, aleccionados por alguna 
tradición secreta, ó iluminados quizá por divina 
inspiración, se libraron de las supersticiones rei- 
nantes, y no doblaron la rodilla ante los ídolos 
de Canaán, y uno de estos pocos se llamaba 
Joubert.» 



'/ 



y* 



CXXII 

Tiabía nacido, levantadas por los de su lina- 
je junto al arroyo donde cayó herido de un 
ballestazo Fernando de Escalante en la vic- 
toriosa resistencia que la villa de Santander 
opuso en 1466 á la gente de armas del se- 
gundo Marqués de Santillana, pudo oir^ has- 
ta la hora en que acompañaron su tránsito, 
las campanas del convento de San Francis- 
co, edificado en el solar de aquel otro cuya 
fundación había descrito en una página dig- 
na de Ozanam. En aquella amplia y pobre 
iglesia, huérfana ya de sus antiguos mora- 
dores y amenazada de total ruina, que la 
Providencia quiso dilatar, sin duda, para que 
sus ojos entornados por la muerte la pudie- 
ren contemplar hasta el fin, sonaron por él 
las preces funerales; y si el ánimo de los que 
las escuchábamos hubiese estado menos so- 
i)recogido de religiosa emoción, y más libre 
para recrearse con memorias viejas, quizá 
hubiéramos visto cruzar la sombra de aquel 
terrible Juan Ruiz de Escalante, caudillo 
de los Giles, que sucumbió en la isla de 
Wight, y á quien trajeron los de su nao á 
enterrar en San Francisco, guardando sus 
.barbas en un pañizuelo. De tal modo la his- 



CXXIII 



toria doméstica de la familia de Amos esta- 
ba mezclada con la historia de la ciudad de 
que él fué ornamento y gloria. 

En las noches tormentosas del mes en quer 
salió de esta vida, los roncos alaridos del 
mar, encrespado y furioso como nunca, nos- 
parecían formidables endechas con que pla- 
ñía á su cantor excelso; pero en su alma 
purificada por el dolor, limpia por la con- 
trición, en paz con Dios y con los hombres^ 
debieron de sonar como clarines triunfales^ 
que festejaban su arribo á las playas de la 
eternidad. ¡Dichoso quien así había vivido E 
¡Dichoso quien moría así! 

¡Dichoso tú que en la ganada cumbre^ 
Al derribar del hombro fatigado 
La vida y su gloriosa pesadumbre, 

Podrás decir: «A tu mandato llego: 
Esto, Señor, me diste; esto he logradop 
Tuyos lucro y caudal, te los entrego!» 

M. Menéndez y Pelayo.- 

Santander, lo de Agosto de 1906. 



MARINAS 



L to-&i- f . V 




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-íí<* 



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sí •* J* 




I 



Dolenter. 



O 



BscuRECiDO el sol, por mar desierto 
arrojóse á bogar el alma mía 
imaginando ilusa que ofrecía 
tu inextinguible luz ansiado puerto. 

Tarde y en vano ya mi engaño advierto, 
¡musa del Septentrión, melancolía! 
cansada el alma, declinando el día, 
sin favorable mar ni rumbo cierto. 



«Su religión la patria y sus grandezas 
dan por empleo á tu ambición — dijiste; — 
y amor sus esperanzas y tristezas.» 

Yo amé y sufrí; mas con ventura triste 
sí probé desengaños y asperezas, 
no la gloria ni el bien que me ofreciste. 



II 



Lumen > 



R 



IZA las ondas vagabundo el viento, 
ardiente sol el firmamento inunda, 
y vibradoras luces de oro tiñen 
diáfanas aguas, férvidas espumas. 

Cielo sereno y claros horizontes 
próspero azar al navegante auguran: 
fía á las anchas olas sin recelo, 
hija de las riberas, tu fortuna. 
, Al sonoro compás de la marea 
flote la barca libre, mientras cruza 
tu pensamiento el mundo de esos sueños 
que el candoroso corazón te arrullan. 

En aurora purísima la vida 
á tu inocente despertar se anuncia 
como esos cielos vasta y transparente, 
como ese espacio azul limpio de brumas 



i 



3 

y á misterioso porvenir te llama 
suave armonía que extasiada escuchas, 
voz de otro mar que lánguido solloza 
meciéndote en sus olas con ternura. 

Suelta, suelta al bajel las blancas velas, 
su rumbo el sol de la esperanza alumbra, 
y el vago afán y el anhelar inquieto 
con amoroso aliento las empujan. 



III 



Light and shadow. 



B. 



'OGA avante! ¡á la mar! los altos montes 
dieron sepulcro al moribundo sol, 
ciérranse los abiertos horizontes, 
joh tierra! ¡oh playa! ¡adiós! 

Triste la noche con sus sombras llega, 
aguas ni costas se distinguen ya: 
Dios al barco que impávido navega 
su rumbo alumbrará. 

... Vivir es padecer: mostrad al duelo 
serena frente, firme corazón: 
la patria del espíritu es el cielo; 
^espíritu no sois...? 

La tabla á impulso de los remos cruje, 
grave la gente silenciosa va, 



4 

y en los cercanos arenales ruge 
el insaciable; mar. 

Tiempos duros y mares procelosos 
templan las almas, prueban el valor; 
para desesperados ó medrosos 
ni mar ni vida son. 

Lejos, donde la vista no lo alcanza, 
la gloria, el puerto y el descanso están: 
¿qué son nieblas ó escollos? ¡esperanzar 
¡boga avante! ¡á la mar! 



IV 



Rutilat triste coeliim. 



T 



KISTES tus dulces ojos 
¡áy! como el cielo de la patria triste, 
como las aguas de su mar sombrías, 
¿qué callan ó qué dicen? 

Ojos de húmedos rayos 
-^¡quién será quien los vea y los olvide! — 
que sin lágrimas lloran, 
sin voces claman y sin ayes gimen. 

¡Luz de dolor en ellos! 
— no hay luz del alma que tan honda brille,- 
¿á cuál pena futura prevenidos 
claros y en paz sonríen? 



5 

. Del mar los horizontes 
infatigable el pensamiento mide 
.sin alcanzar su término, y más lejos, 
más lejos vuela, y sigue. 

En el mar de tus ojos 
así otros ojos que de amarlos viven 
-á su lumbre purísima el secreto 
de tus tristezas piden; 

y tus tristezas hondas, 
más hondas cada vez, cual mar sin límite, 
crecer parecen; y abarcar su espacio 
inmenso no es posible. 

¿No hay sueño en que reposen? 
,¿no ajeno mal que blandos acaricien? 
,¿no hay sol en que se inflamen, en queciegueny 
ni cielo en que se miren? 

Memorias ó presagios 
•el alma silenciosa martiricen: 
¡quién dirá lo que callan, lo que cuentan 
tus dulces ojos tristes! 



V 



Ingentes voces, silentia jnaris. 



M 



EDiR mi pobre espíritu no sabe 
la vasta inmensidad del cristal frío, 
ni en el menguado pensamiento mío 
¡oh mar! la suma de tus leyes cabe. 

Ciencia no alcanzo que en mi mente grabe. 
de pueblos, nautas en tu azul bravio, 
el nombre, historia, lengua y poderío, 
su henchida vela y carenada trabe. 

Ansia de contemplarte no vencida, 
en lid sañuda ó en reposo inerte, 
tráeme á tu ribera entristecida; 

y halagan mi ilusión sin comprenderte 
tus hondas voces, ayes de la vida, 
tu augusta paz, silencio de la muerte. 




VI 



Mar en calma. 



E 



s de noche: descansa adormecido 
el silencioso mar tan dulcemente 
que á turbar su reposo mansa brisa 
con beso fugitivo no se atreve. 

¡Cuan hermoso en su sueño el Océano 
sin vago arrullo, ni rizado pliegue, 
dejando que la noche sus estrellas 
en los cristales pálidos contemple! 

Dinos, oh mar, á qué secreto hechizo 
paz tan profunda, tal reposo debes; 
yo sé de un corazón inquieto y loco 
que quisiera dormir como tú duermes. 

(AuTRAN, Poemes de la mer.) 



8 



VII 



Mare velivolum 



A 



dónde vuelan cuando ¡adiós! nos dicen, 
anclas levando, las audaces proas? 
^•dónde esas blancas velas que la vista 
al horizonte azul sigue afanosa? 

Sobre mares sin término dispersas 
van á explorar desconocidas costas, 
regiones de las nuestras apartadas, 
más tranquilas, ó fértiles, ó hermosas. 

Mas ¡ah! ninguno arribará á las tierras 
á donde inquietos mis deseos bogan: 
no es el mundo que anhela el alma mía 
terreno mundp á donde naves tocan. 

(AuTRAN, Poemes de la mer.) 



^ 



VIII 



Caligo. 



C 



IERRA la noche lóbrega: á lo lejos 
í>e oyen roncas rugir las ondas bravas 
en cuyos senos cóncavos se agita 
el viento precursor de las borrascas. 

¡Ay! ¡pobre marinero á quien sorprenda 
€l huracán soberbio! ¡ay de la barca 
lejos de puerto amigo, ciega y sola 
sobre el espacio inmenso de las aguas! 

Sin una estrella en los cerrados cielos, 
sin una luz en las desiertas playas, 
^dónde poner la descarriada proa 
y con certero rumbo encaminarla? 

Sólo la densa obscuridad rompiendo 
traidoras brillan las espumas blancas 
que hirviendo en torno al sumergido escollo 
al engañado náufrago amenazan. 

¿Por qué su riesgo en evitar porfías, 
alma que en noche obscura, solitaria, 
á merced de los vientos y las olas 
entre el fragor de la tormenta vagas? 



^. 



10 



Seguro es el naufragio, ¿á que resistes 
y tu agonía y padecer dilatas? 
No ofrece el mundo á tu miseria ampara 
ni el cielo á tu dolor una esperanza. 



IX 



Pensierosa. 



D 



EJA caer al mar tus pensamientos, 
no temas que se ahogen, 
volar muy altos pueden y no hay mares 
que á sus alas alcancen y las mojen. 

Fíaselos al mar que suspirando 
te ruega y le desoyes, 
y arrulla en vano tu insondable pecho, 
abierto á Dios quizá, nunca á los hombres. 

Pues á buscarlos querelloso viene 
al pie de tus balcones, 
llevarlos há donde esperando vive 
alma que al recogerlos se alboroce... 

... Cuentan ¿será verdad.^ que de otras pla- 
enamoradas voces [yas 

los llaman; mas no dicen, ó no saben 
lo que á la amante voz ellos responden. 

Tal vez lo sepa el mar; son sus cristales 
invencibles prisiones 



II 



de mil secretos que guardar no supo 
frágil la humana voluntad ó indócil, 

y ojos no habrá que de tu mente alcancen? 
el rayo en sus colores, 
ni oídos que el rumor de tus deseos 
en sus rumores infinitos noten. 

Fía, oh señora, al mar tus pensamientos;, 
ría, medite ó llore, 

si angosta cárcel le atormenta, herido 
su cautiverio el pensamiento rompe. 

Antes que el tuyo al labio ó á los ojos 
sin tu licencia asome, 
fíale al hondo mar que callar sabe 
y gime inquieto al pie de tus balcones. 



X 



En el Sardinero. 

jL/espojos que el agua trae, 
despojos que el agua lleva 
flotando, bordan la orilla 
jarcias, lonas, tablas, yerbas. 

^Dónde van? ¿de dónde vienen? 
¿quién sabe su patria cierta, 
ni qué manos se emplearon 
en labrarlas ó en tejerlas? 



12 

^•quién dirá el origen suyo? 
.^•quién los mares y las tierras 
que vieron, ni en cuáles climas 
las sorprendió la tormenta? 

Reliquias de voluntades 
varias y gentes diversas 
que el agua en sus remolinos 
mata, sorbe y no recuerda, 

al peñasco en cuyos filos 
airado el mar los estrella, 
nada le importa que vivan 
y eso se le da que mueran. 

Así en tu redor vagando 
con hondo lamento suenan 
súplicas, memorias, aves, 
llantos, dolores y quejas! 

¡Quién sabe de cuántas almas 
son desconsoladas prendas, 
de cuánto afán testimonios, 
de cuánta pasión pavesas! 

¡quién sabe en cuál hora triste, 
qué mal rigor ó qué pena 
abrió tal fuente de lágrimas 
que no se agota ni cesa! 

Sepulcro de voluntades, 
alma desdeñosa y yerta, 
como los escollos firme, 
como la roca serena, 

si cuanto tienes de hermosa 



'^r 



13 

de enamorada tuvieras 
y así fuese el pecho tuyo 
cual tus vivos ojos cuentan; 

si no engañara tu rostro, 
extraña mujer, y fueras 
cuanto hechicera sensible' 
y amante como risueña, 

cual sueño ardiente, cual loca 
fantasía de poeta, 
¡qué ilusión de pecho niño, 
qué imaginada quimera 

valdría la dulce gloria 
de rendir tu indiferencia 
y dueño ser de tal alma 
y señor de sus ternezas! 

No hay corazón de nacida 
que esa fortuna merezca, 
no cabe tal dicha en hombre 
ni hay tanto bien en la tierra.. 

Por algo nos vedó el cielo 
llegar hasta las estrellas: 
tocada su luz acaso 
en humo se convirtiera. 

¡Quién no te adoró de lejos 
y quién no sintió de cerca 
al hielo de tus entrañas 
su llama de amores muerta!. 

Acaso en incendios tales 
al apagarse la hoguera, 



14 

hecho ceniza infecunda 
lo mejor de un ahna queda. 

Al abismo de tus ojos 
se asomaron sin cautela 
y sumiólos el abismo 
que devora y no recuerda. 

¡Qué le importa al duro escollo 
si el cielo ordenó que sean 
-SU arrullo los huracanes, 
su música las tormentas, 

sobre restos de naufragios 
alzar la frente soberbia 
donde lágrimas no alcanzan, 
donde suspiros no llegan! 

¡Qué le importa! si es destino 
su constancia y su dureza, 
cual fué destino en la nave 
perecer rota en sus piedras! 

Sabiendo del mar las iras, 
¡quién presumirá vencerlas! 
no acusen de esquivo al cielo 
temerarios que navegan, 

si al cabo son en su vida 
dichas, glorias y tristezas 
despojos que el agua trae, 
despojos que el agua lleva. 



t 



15 



XI 



La gaviota. 



c 



RESPA la pluma, esquiva la mirada, 
sobre tus recias alas suspendida, 
del meridiano sol, tu amor, tu vida, 
te bañas en la luz, sola y callada. 

Mas si el cielo se nubla, y alterada 
riesgos mueve la mar del viento herida, 
rindes tu vuelo, y voz despavorida 
gimes en turba de aves azorada. 

¿Qué traen tu inquietud y tu gemido? 
¿al enmarado barco al puerto llamas, 
de la tormenta próxima advertido? 

¿6 amante en ansias de tu bien perdido, 
su ausencia lloras y su vuelta clamas, 
y el mar desdeñas, y en la roca el nido? 



i6 



XII 



To die, ío slecp. 

IVlÁRTiR que al roto barco sobrevives, 
náufrago niño que la mar perdona, 
y desmayado y yerto á las arenas 
apaciguadas ya traen las olas. 

,:Fué piedad ó rigor sacarte á salvo, 
y del profundo sueño en que reposa 
tu fatigado cuerpo despertarle 
á nueva vida en extranjera costa.^ 

¿Por qué si ya de compasiva muerte 
la paz augusta y el silencio gozas, 
al mal sufrido padecer te vuelven 
y el bien ganado descansar te roban? 

La triste Aida que viviste, acaso ^ 

á tu mortal expiación fué poca, 
ó ¿son tus culpas tales que mereces, 
padecida una vida, vivir otra? 

Tú más patria ni hogar no conociste 
que el destrozado buque: amiga sombra 
á tu sien daban y á tus sueños lecho 
el corvo puente y las izadas lonas. 

¿Qué es para tí la tierra adonde arribas 
nunca pisada tierra, vasta y sola, 



17 

donde manos no habrá que á tí se tiendan, 
voz que te nombre, rostro que conozcas? 

¡Duerme sin despertar! de la agonía 
apuradas la hiél y las congojas, 
fuera injusticia bárbara traerte 
al lento agonizar que vida nombran. 

Si es deseo la vida nunca sacio, 
ansia de algo imposible, ardiente y loca^ 
labor sin tregua, sed no consolada, 
abierta herida que la edad encona; 

si, mar creciente de crecientes penas, 
los brazos rinde y el aliento ahoga, 
tristeza inacabable, guerra cruda, 
su remedio el no ser, su paz la fosa; 

si venturoso es más quien más temprana 
la frente al beso de la muerte dobla 
antes que el pecho inerme en lucha estéril 
al hierro agudo y las heridas ponga; 

y si ha de ser, oh náufrago, tu suerte 
en doliente vejez, miseria y cólera, 
alma sin luz, del salvamento infausto 
odiar la playa y maldecir la hora, 

duerme sin despertar, donde te ofrece 
la brava tempestad soberbia pompa, 
inviolable sepulcro el Océano 
y sudario magnífico las olas. 



i8 



XIII 



Vesper, 



1 RiSTE es la tarde: querellosas gimen 
ias olas desmayando en la ribera, 
y entre su espuma agítanse las hojas 
que arrastra el viento del otoño secas. 

^•Por qué llorosa y solitaria, oh alma, 
desde la cima del peñón contemplas 
cómo al vaivén inquieto de las aguas 
flotan, giran y rápidas -se anegan? 

A par con esas hojas en el valle 
miró nacer tu amor la primavera, 
y á su aliento glacial le mira Octubre, 
hoja del corazón, morir con ellas. 

Triste es la tarde, oh alma, y triste y sola 
tus idas horas de ventura cuentas 
mirando huir tus verdes ilusiones 
entre las ondas de la vida muertas. 






19 



XIV 

La peña de las d?iimas. 

Fluctus... plangentes saxa. 

(LucRET, II, 1. 155.) 

L-/E nieblas ciñe pasajeras tocas, 
aguas la cercan, y á sus hondos pies 
agárranse tenaces las calocasX"^), 
albergue y pasto al vagabundo pez. 

Del golfo bravo á la serena ría 
faro sin lumbres, silenciosa voz, 
sobre el diáfano azul de la bahía 
marca rumbo y distancia al pescador. 

Huyen de su aspereza las gaviotas 
y ampárase el marino gavilán, 
y en sus agudos filos mueren rotas 
iras del viento y cóleras del mar. 

(*) C aloca llamamos en esta costa á un alga 
ampollada, que acaso es el Fucus vesicúlosus de 
Linneo. Vive agarrada á las rocas; su hoja es re- 
cortada en ondas; parécese á la del roble ó cajiga 
que decimos los montañeses, y roble de mar creo ♦ 
•que llaman en otras partes á la caloca. 



20 

Cuando sombríos la marina llenan 
misterios de la noche v su pavor, 
dice que en torno de la roca suenan 
ruidos que nadie comprender logró; 

voces dolientes que en sus huecos lloran,, 
¿son lamentos del viento y de la mar 
ó ayes de almas que náufragas imploran 
preces del hombre, de los cielos paz? 

¡Almas que á obscuras y afanosas vidas 
inesperado trance arrebató 
por la implacable muerte sorprendidas 
antes del ruego y antes del perdón, 

mecidas vuelan en la niebla obscura 
ó suspirando entre las olas van, 
y ese eterno rumor con que murmura 
la inquieta costa, su rumor será! 

¡Oh mar! no se halla de tus altas voces 
oído humano indiferente al son: 
ya rujas, ya suspires, ya solloces, 
eco de humanas ansias es tu voz. 

Cuando en las sombras que derrama el monte 
entra la lancha que pescando va, 
y es tenebroso abismo el horizonte, 
cesa á bordo el reir, cesa el jurar. 

Sospecha acaso el hombre en lo profundo, 
presto á fallar inexorable un juez 
que, á blandas leyes sometido el mundo, 
no perdona quebrantos de su ley; 



21 



y al susurro de blanda marejada 
un pecho tiembla, que jamás tembló, 
roto el mástil, la vela desgarrada, 
sólo en la torva inmensidad con Dios. 

• ••■••*•••••••••••••• ••••• ••••••••••••< 

¡Oh noche, oh roca, misterioso espanto, 
amenaza, terror de lo que fué, 
tus negras sombras y recelos cuanto 
al hombre acuerdan del humano ser! 

Su corazón que frágil no lograron 
miserias abatir, su inmenso afán; 
esos que á un orbe obscuro le amarraron 
lazos que nunca puede desatar; 

la tentadora duda y sus abrojos; 
el hondo origen, el incierto fin, 
y el mudo asombro con que ven sus ojos 
el cielo obscurecer, la mar lucir. 

• •••••••••••• •••••••••••••••• •« •••••••• 

De aquella vida en que la muerte empieza, 
de esta otra vida que corriendo está; 
oh maestra inmortal, naturaleza, 
¡qué avisos claros, qué enseñanzas das! 



22 



XV 



Abyssus dedit vocem 



L 



LÁMASME, oh mar, y voy: buscando ciego^ 
cual enfermo salud en turbio vaso, 
paz á la fiebre loca en que me abraso, 
término al hondo afán en que me anego. 

Al filo apenas de tus rocas llego, 
tiembla mi corazón y tengo el paso: 
tus olas de agua ¿tornaránse acaso 
eternas olas, en mi mal, de fuego? 

Menguado corazón, si te acobardan 
desconocidas penas cuando vienen, 
jcómo las solicitas cuando tardan! 

¡Dónde los bríos que el destino enfrenen. 
si al amagar dolores que te aguardan 
tu frágil voluntad vencida tienen! 



I 




i. 



23 



XVI 



En el Sardinero. 



E 



N estas aguas azules 



tus claros ojos posaste 
y de estas aguas los míos 
no aciertan á separarse. 

¡Qué busco en ellas! preguntan 
cuantos me ven en su margen, 
con el sol de la mañana, 
con la estrella de la tarde. 

¡Qué busco en ellas! preguntan: 
necios, sin duda no saben 
que no estuviera en la orilla 
si algo en las olas buscase. 
. Mirándose en sus colores, 
como en tus pupilas antes, 
mi corazón se decía 
si es posible no adorarte; 

si habrán de ser sus tristezas 
cuanto profundas durables, 
y si hay culpa que del cielo 
merezca rigor tan grande, 

como haber rendido el alma 
á mujer que tanto vale 
y encontrar sólo en la suya 



24 

invencibles frialdades. 

Loco me llaman y aciertan, 
que es locura miserable 
en soñados imposibles 
cifrar deseos y afanes. 

Mas ¡ay! la razón me sobra 
(pluguiera á Dios me faltase) 
para sentir tus desdenes, 
para llorar mis pesares; 

para entender que es la vida 
corta en bienes, rica en males, 
sin número sus dolores 
y los míos incurables. 

Para alma á quien un deseo 
punza y no logra matarle, 
aún el espacio infinito 
de su pensamiento es cárcel. 

Presa entre sus angosturas 
desesperada combate 
la mía, y no alcanza fuerzas 
para desencarcelarse... 

El viento calla escondido, 
dormidas las olas yacen, 
¡oh quién el tranquilo sueño 
de su inmensidad gozase! 

¡Cuánto de tí me revelan 
sus misteriosos cristales! 
De ellos tienes lo profundo: 
¡si tuvieras lo mudable! 



25 



XVII 



La corconera (••). 



c 



ION cuánta envidia, de la azul llanura 
hendir las aguas sin pavor te miro, 
yo que á su soledad en vano aspiro, 
¡oh nadadora infatigable y dura! 

Vista certera y pronta te asegura 
de hambrienta garra ó alevoso tiro, 
ya alzado el vuelo en inseguible giro, 
ya ruda sumergiéndote en la hondura. 

Porque de dicha sin igual te alabes, 
del mar profundo los misterios violas, 
su espacio mides, sus mudanzas sabes; 

y mares, vientos arrostrando á solas 
en un vuelo quizás tu vida acabes, 
perdida entre los cielos y las olas. 



(*) Corconera es el nombre vulgar de un ána- 
de común en las costas de Cantabria. Es ave re- 
celosa y esquiva en extremo; anda sola ó en pare- 
jas; nada mejor que vuela, y huye del peligro 
zambulléndose en las aguas, surgiendo á larga 
distancia y en la dirección en que menos se lá 
aguarda. 



■2.G 



XVIII 



Meridies, 



A 



RDE el ambiente: en la abrasada costa 
el mar prendido de las peñas calla: 
pinta en lo azul del cielo la gaviota 
su blanco pecho y cenicientas alas. 

Duermes ¡oh vida!; el mediodía claro 
sumida en hondo fuego te aletarga; 
¿vendrá en la tarde fría y á deshora 
el perezoso despertar del alma? 

Oyese el grillo en la distante sierra 
y en el pinar cercano la cigarra; 
áspero zumba el son, y mengua y crece, 
fatiga el sueño y el sentido embarga. 

¡Rayos de sol mortales, pesadumbre 
del cielo estivo, enervadora calma, 
bajo tu yugo denso desfallecen 
yerta la voluntad, yertas las aguas! 

Con extraño compás fluye la sangre, 
el corazón flaquea, el aire cansa: 
¿no hay bríos, no hay conjuros que consigan 
tales hierros quebrar, romper tal magia? 



^7 

Ocioso al par el sueño de las olas 
y estéril el latir de las entrañas... 
A rugir, á romper, ¡oh mar!; despierta 
á luchar, á sentir, despierta, ¡oh almal 



XIX 

La horadada^ 

13 ARCO de piedra con la piedra choca^ 
reliquias van de mártires en él, 
déjales paso, abriéndose, la roca... 
... y está aún la roca del prodigio en pie. 

Hambriento mar te muerde, y no te acaba 
¡oh de la patria fe rudo padrón! 
apágase la voz que te aclamaba, 
la honda piedad que te dio origen, no. 



XX 



In mari via tua, 

l\ NADO, á nado, de la tierra lejos, 
libre, en los brazos de la mar fiada^ 
de gotas de agua, de áureos reflejos 
la frente salpicada; 



28 

^qué buscas? ^'dónde vas? riquci misteriosa 
voz de las ondas en tu oído ensaya 
su escondido poder... más poderosa 
que la voz de la playa? 

Olas que tiñe el sol y riza el viento, 
espejo fiel de un cielo sin enojos, 
vagas como tu vago pensamiento, 
claras como tus ojos; 

en armoniosa sucesión venían 
y meciéndote alegres suspiraban; 
á tu curioso oído ¿qué decían 
las olas que pasaban? 

«Amor no tiene con que el tuyo pague, 
si amaste ya, la costa que desdeñas, 
ni sueño que te halague, 
si todavía indiferente sueñas. 

Vas donde en pos cerrándose el camino 
huella no dejes que tu paso diga, 
ni haya quien por el surco cristalino 
te adivine y te siga. 

¡Oh gentil nadadora! ¡oh bien guiada 
•del generoso instinto que no yerra, 
en el espacio inmenso aventurada 
huyendo de la tierra! 

Entre el cielo y el mar, con Dios á solas, 
gozas, sin miedo á la olvidada suerte, 
la paz del aire, el canto de las olas 
y arrullos de la muerte. 

Contigo va, de su escondido amago, 



29 

caricia, no terror, mimada y presa, 
¿no escuchas la llamada en el halaga 
del agua que te besa? 

¡Cuan fácil — dice — el temeroso pasa 
sin ajeno dolor, sin agonía, 
del día fugitivo al sin ocaso, 
al perdurable día! 

Como la espuma en el cristal dormida 
que el viento cuaja y la marea mece, 
y dispersa ó sorbida 
por la brisa ó el sol se desvanece; 

en un ¡ay!, en un ansia, en un aliento 
el alma tuya sin pensar subiera 
donde el supremo amor, donde el contento 
desde el nacer la espera.» 

— ¡Ay! si el arrullo logra seducirte 
no mudará su voz la mar sonora; 
las olas cantarán al sumergirte 
risueñas como ahora. 

La costa, mientras, cuando no tornares, 
preguntará llorosa qué pedías 
al hondo abrazo de las anchas mares 
que impávida rompías. 



30 



XXI 



Portiis Victorice (■^). 



D 



E cuantos ríos su veloz carrera 
rinden sumidos en tu golfo inquieto, 
de estas playas y escollos que respeto 
son á tus bravas ondas y barrera; 

¿cuál el combate carnicero viera 
que á Roma altiva te postró sujeto: 
el Berrío arenoso, el Mouro escueto, 
el despeñado Asón, ó el corvo Miera? 

Mar de Cantabria, soportar no entiendes 
el duro peso de enemiga gloria 
y agravios callas que borrar pretendes. 

Como escrita en las aguas su victoria 
y envuelta en brumas que á sus lauros prendes 
vacila en la conciencia de la historia. 



(*) No andan conformes los historiadores acer- 
ca del suceso que en tiempos de Roma dio lugar á 
que fuese nombrado Puerto de la Victoria uno de 
nuestros puertos cántabros, ni acerca del lugar 
que recibió tal nombre. — Berrío ó Berria es playa 
de la costa de Santoña; Mouro, escollo en la boca 
del puerto de Santander; Asón y Miera, ríos bien 
=<;onocidos de la Montaña. 



31 



XXII 



En San Pedro del Mar. 

Súbito estalla el fiero galernazo, 
las antes quietas aguas se embravecen 
y el mar, el viento y las tinieblas crecen, 
y mengua el día, el corazón y el brazo. 

Rota su lancha, del postrer pedazo 
los náufragos en vano se guarecen; 
cuando ya salvos de morir parecen 
sórbelos uno y otro maretazo. 

Dios les queda no más: su fe le implora, 
y haciendo sacro altar de peña calva 
un sacerdote al funeral testigo 

los brazos tiende al mar, y dice y llora: 
«Del Dios en nombre que perdona y salva, 
mártires del trabajo, yo os bendigo.» 

28 de Abril de 1878. 



XXIIl 



hi altitudinem maris 



D 



EL mar perdidos en la azul grandeza 
sepulcro no tendrán, no tendrán losa; 
mas lutos viste la ciudad llorosa 
y un pueblo entero por sus almas reza. 

Con pecho firme y noble fortaleza 
anduvieron la vía dolorosa, 
su vida acaba de dolor penosa, 
su eterna vida de descanso empieza. 

Curtió su tez el proceloso viento 
y el remo duro encalleció su mano, 
respetáronlos duda y desaliento; 

Así fué su morir, morir cristiano; 
á su fe daba luz el firmamento 
y escuela á su valor el Océano. 

29 de Abril de 1878. 



33 



XXIV 



Post nubila. 



Y 



A quedan lejos las olas, 
ya amaina la tempestad, 
ya pisan tierra, que, ¡míseros! 
nunca esperaron pisar. 

La espesa greña en las cejas, 
caído el sueste (^•) atrás; 
del mar, por rostros y ropas, 
corriéndoles agua y sal; 

mudo el labio, áspero el gesto 
— si pronto el pecho á estallar, — 
con durezas de ofendidos 
el aire y el ademán, 

entre el lloro y los abrazos 
que hallan al desembarcar, 
raza de hombres no parecen, 
parecen de pedernal. 

Es que el espanto les dura; 

(*) Sueste: sombrero de tela impermeable, co- 
pa hemisférica, ala recortada sobre la frente y an- 
cha y tendida sobre la nuca. Úsase con la ropa de 
agua en las faenas de mar. 

3 



34 

que les duele no mostrar 
el recio temple del alma, 
como en el alma, en la taz. 

Es que de nuevo se ven 
— ¡cuántas veces se verán! — 
desesperados, perdidos 
cual se vieron horas há, 

entre el hervir de las aguas 
y los golpes del ventar, 
falto el timón, yerto el barco, 
sin rumbo y gobierno ya. 

Es que si vienen con vida, 
vida es de un día no más, 
que á la mar han de volveí' 
si ha de haber en casa pan. ■ 

Es que no saben y dudan; 
es que buscan sin hallar 
quien sacó la pobre lancha 
del hambriento blanquizal. 

¿Cómo alcanzaron el cabo 
que otro no pudo alcanzar? 
¿quién dio acierto á quien por ellos 
se puso á riesgo mortal? 

¿Cómo sobreviven pocos 
y se ahogaron los demás, 
entre tantos que se vieron 
en hora y en trance igual? 



i 



':4 



•'53 

El patrón salta el postrero, 
cortas razones dirá 
que ahuyenten sombras y muestren 
su camino á cada cual: 

«Cuando la Virgen no acude 
ni puerto ni auxilios hay, 
no contéis volver á bordo 
si la promesa olvidáis.» 

Y unos, la aferrada vela 
cargada en los hombros, van; 
otros los húmedos remos 
astillados de bogar, 

los marineros delante, 
las marineras detrás, 
con los cirios en las manos 
que en la ermita encenderán, 

10 de Mayo de 1890. 



36 



XXV 



Recalada. 



A summitate maris. 



P, 



OR alto mar, cuyo dormir no inquietan 
hervor de espumas ni sollozos de aura, 
solitario batel se abre camino 
sin vela, sin timón, remo ni jarcia. 

A bordo una mujer, de rojos paños 
ceñida, en manto azul arrebozada, 
póstrase orando, y en la popa erguido 
bate un arcángel las abiertas alas. 

Hacen rumbo á Levante: ya despunta 
en la desierta inmensidad el alba; 
del seno de las aguas encendidas 
surge la Siria y su ribera mansa. 

El barco boga; en la rojiza niebla 
dibújanse las rocas y las playas, 
y el negro filo de sus cumbres pintan 
sobre el ancho horizonte las montañas. 

Alzase la mujer, los brazos tiende 
hacia la turbia costa ya cercana, 
y del labio cayendo así vibraron 
sobre el cristal sonoro sus palabras: 






37 

« — Pues á dormir el sueño postrimero 
en tu regazo maternal me llamas, 
dócil vengo á tu voz, ¡salve, Judea, 
tierra á mi pobre corazón tan cara! 

Tierra de bendición y de martirio, 
mejor querida cuanto más lejana, 
ya mis manos te tocan, y mis ojos 
no te alcanzan á ver ciegos de lágrimas. 

¡Cuánta memoria en tí! ¡del -hijo mío 
cuántos recuerdos elecuentes hablan 
con perpetuo gemir al pecho, donde 
nunca el dolor de sus dolores calla! 

Tus montes lloran su pasión; tus valles 
del pie sagrado los vestigios guardan; 
su voz vive en tus ecos, y en tus soles 
de su amante mirar fulge la llama. 

¡Oh florecida cumbre del Carmelo, 
casto solar á mi devota raza! 
¡Tabor, cima dichosa, de su gloria 
altar sublime, misterioso alcázar! 

Hijo eterno de Dios, mi fe le mira 
vencer la muerte y recobrar su patria; 
mas perseguido y mártir en la huesa, 
¡cuántas más veces le contempla el alma! 

Corazón de una madre acaso olvida 
filiales gozos, no filiales llagas; 
del hijo el padecer constante vela 
en el caliente hogar de sus entrañas. 



3^ 

Las fuentes de su sangre y de mi llora 
al verte ¡oh Siria! inagotables manan; 
pisan con él la vía dolorosa 
desde Belén al Gólgota mis plantas. 

Y en las angustias de la Cruz me dicen. 
no su boca ya muda, sus miradas: 
«Madre, conmigo por los hombres sufre: 
yo soy la redención; sé la esperanza.» 

Dame en tu suelo tumba, ¡oh Palestina? 
en él quiero dormir, bajo la palma 
que su triunfo alegró, bajo el olivo 
que vio en el huerto sus divinas ansias. 

Ábreme paso hasta Sión: fatigas, 
soledad, asperezas no me atajan; 
quien mi rumbo guió sobre los mares, 
guíe por los desiertos mi jornada. — » 

La mujer saltó en tierra; hundióse el barco; 
el arcángel voló; rizóse el agua 
y, recogido el manto, la viajera 
besó la arena y emprendió la marcha. 




FLORES 



«*9 



<r-*-A 







N, 



Infide et dilectione. 



o para sí las quiera, y hallarálas 
quien flores busque en la desierta vía; 
nunca al que en bien ajeno el propio fía 
nególe el cielo luz, la tierra galas. 

Vive para quien dé rumbo á tus alas 
;oh corazón! y en la mortal porfía 
ni tedios de las horas de alegría 
ni hieles temas de las horas malas. 

Es ley servir; servir á quien amamos 
es libertad, es gloria, es señorío, 
que por no pretenderlo no alcanzamos; 

y crecen, á pesar de niebla y fríOj 
flores en las arenas que pisamos 
cuando las pisa amor y no desvío. 



42 



II 



Mimosa. 



R 



OMBRE suave, tiernas hojas, 
triste y pálido color, 
bien hallada con la noche, 
vergonzosa con el sol; 

sin aroma, que en las flores 
es su espíritu y su voz, 
cogida, al pasar, de un árbol 
llevando un alma en su flor, 

si á manos que no la esperan, 
de mano que la arrancó 
va callada, temerosa 
de un desdén ó de un rigor, 

nadie piense que movida 
por soberbia ó ambición 
altas fortunas pretende, 
más altas que mereció. 

Soñados cielos veía 
y fué de su sueño en pos 



43 

donde van sus pensamientos^ 
donde está su corazón, 

y escondida y olvidada, 
que es su deleite mayor, 
quiere que vivir la dejen 
contemplando lo que amó... 

... Morirán sus pobres hojas 
que mortales hojas son, 
morirá la mansa fuente 
que al nacer las arrulló, 

y en la dura tierra el árbol 
y en el claro cielo el sol; 
mas sin luz, agua ni suelo 
tendrá vida su pasión, 

pues que de esa flor es fama 
que entre flores no se halló 
la que así sepa sentir 
ni sepa querer mejor. 



III 



Ginerium argenteum. 

«iVl I patria fué una tierra remota, inculta y llana 
donde el pampero surge los mares á mover; 
viéndome en suelo cántabro, del mío tan lejana^ 
lloré mi dulce América, mi expatriación lloré» 



44 

Mas desde que esc nombre con que la ciencia 

[humana 
me apellidó, en tus labios serenos escuché, 
no lloro ni deseo mi patria americana: 
ini patria es donde vives, tu suelo montañés. — » 



IV 



Calambrojo (-). 



s 



OBRE una cruz de piedra en la montaña, 
reliquia de un calvario, 
rosal silvestre, voluntario mártir, 
^cxtiende y clava los floridos ramos. 

Un peregrino, ¡oh Cruz! sola esperanza 

(*) C alambro] os llaman en algunos lugares de 
la Montaña al fruto del rosal silvestre ó escaramu- 
jo. Aquí se extiende el nombre en singular á la 
planta; licencia usual entre nosotros, que con una 
voz nombramos á planta y fruto del andrino y el 
ráspanOy ciruelo y peral silvestres. Al andrino de- 
cimos \.2íXnh\éa pruno y prunillo (del latín />¿/;705, 
j>runellusl) De aquí acaso viene el nombre de lu- 
gar Pronillo, que puede haber sido antes Prunillo 
óPrunillos. — Otro tanto sucede con la voz piesco 
(persicus), árbol y fruto del melocotón bravio ó 
:sin injertar. 



s ■ 

i: 






45 

al pie del árbol sacro 

de paz en busca, de consuelo y sombra 

náufrago del vivir póstrase acaso. 

Pasa el viento; deshójanse las rosas, 
rocío de tus brazos, 
sobre la frente humilde: así las llagas 
de Cristo el duro Gólgota rociaron. 

Sin alzarse los ojos de la tierra, 
al fresco y puro halago, 
siente el herido corazón calmarse 
su pesadumbre amarga y su cansancio- 

Y consolado el peregrino ignora 
si el misterioso bálsamo 
fueron las hojas de la flor silvestre 
ó la sangre del Dios crucificado. 



V 



Hoja de malva. 



D 



ICEN ¡injusto decir! 
que es tu destino servir 
el odio á significar; 
¿de qué te sirviera odiar 
si no tienes con qué herir. ^ 
Sin espinas ni asperezas 
puesta en gentiles cabezas- 



46 

ó en senos á par gentiles, 
¡oh malva! á las gentes diles 
si odios brindas ó ternezas. 

Seda al tacto; tu color 
suave y pálido verdor; 
tu fragancia una delicia... 
... ¡bien encubierto rencor 
que así inciensa y acaricia! 

En tal hoja tuya ajada 
prendida se vio y cifrada 
más ternura y más inquieta 
que en la rosa más preciada 
y en la más fina violeta. 

A donde llegar quería 
de la opinión que traía 
se temía y recelaba; 
mas tan de veras rogaba 
la hoja que en fin vencía. 

Y desde entonces es fe 
que, del yerro antiguo salva, 
no el odio, que yerro fué, 
mas otro sentir se ve 
<en las hojas de la malva. 



47 



VI 



Anónima, 



N, 



O sé tu nombre, pero sé tu aroma: 
á quien su aroma sólo busca y ama, 
^•qué importa, cuando en mano la flor toma, 
cómo la flor se llama? 

No tiene nombre el alma que suspira 
en una voz, ó en unos ojos llora, 
y sin nombre nos prende ó nos inspira, 
sin nombre se la adora. 

No sé tu nombre, ¡oh flor! que en las arenas 
cántabras luces el perfil gallardo 
y el color de las castas azucenas 
y la esencia del nardo. 

Mas donde quiera que, verdad ó engaño, 
no entibiada por tiempo ni distancia 
en hora obscura ó en lugar extraño 
llega á mí tu fragancia, 

finges al distraído pensamiento 
la patria costa, el montañés paisaje, 
y al anheloso oído el soñoliento 
rumor del oleaje; 

y á esta alma silenciosa, adormecida 
al arrullo feliz de tal memoria. 



48 

¡qué breve sueño de encantada vida, 
qué suspirada gloria! 

¡Oh! si del bien que amó, del bien que sueña 
halla en tu aroma la ilusión el hombre, 
pálida flor de la marina breña, 
¡qué le importa tu nombre! 



VII 



Convallaria 



E 



N hoja verde arrollada, 
del suelo francés traída 
y al cántabro trasplantada, 
ventura hallaste cumplida: 
ser querida y no olvidada. 



1 




49 



VIII 



Anagallis. 



s 



ER alegría, ser defensa quiere: 
la zarza embota cuya espina hiere, 
del cauce enjuto los endones (*) viste, 
el tronco yerto y el escombro triste, 
y en cortándola, muere. i 



IX 



Mvosotis 



O 



RiLLAs de las aguas 



cuyo rumor semeja 

inconsolado lloro 

que nadie compadece y nunca cesa; 

entre espadañas altas 
sobre apiñada hierba, 

{*) Cudón decimos en la Montaña al canta 
rodado por las aguas. 

4 



50 

teñido de oro el seno, 
pálidas y menudas azulean 



Almas á cuya herida 
bálsamo suave fueran, 
por los sombríos cauces 
buscándolas, tal vez, no las encuentran. 

Y ellas acaso sufren 
¡desventurada estrella! 
morir desconocidas, 
esperando á unos ojos que no llegan. 

Vidas que alegres cantan 
¡quién sabe lo que celan! 
¡quién sabe lo que esconden 
ojos que ríen, labios que chancean! 

El ¡ay! de la memoria 
que desvelada pena, 
la voz de los pesares 
en almas generosas nunca muerta, 

en su mirar dulcísimo 
se acallan y consuelan; 
su nombre es manso arrullo 
á ocultas ansias y ternuras ciegas. 

De amores no logrados 
doliente historia cuentan; 



5í 

por eso las adoran 

mujer amante y soñador poeta. 

Mirándose en los cielos, 
cautivas de la tierra, 
en las calladas hojas 
celestes luces y color reflejan. 

Tal vez piden amores 
á la sublime esfera", 
pagadas de un lucero 
que entre las pardas nubes centellea. 

Mas vano es que se busquen: 
¡qué importa que se quieran! 
jamás han de acercarse 
astros del cielo y flores de la tierra. 



X 



Margarita silvestre. 



D 



UERME en la sombra, y con la luz despierta 
del rojo sol cautiva enamorada, 
cuando el sol nace, abierta; 
cuando muere, cerrada. 






52 



XI 



Margaritas 'dobles. 



p 



OR mar, de ocaso vienen; si sus colores caen 
(que al paso de las horas sin duda caerán), 
no caigan los recuerdos que entre sus hojas traen, 
ni pasen como el viento, ni muden como el mar. 



* 



XII 



Clapellinas. 



M, 



oradas, menudas, leves, 
crecen sueltas, viven solas, 
salpicadas de las olas 
ó ateridas por las nieves; 
pues del cántabro solar 
cariñosas hijas son, 
y lo mismo hacen mansión 
en el monte ó junto al mar» 
Donde vayas, peregrino, 
tras un gusto ó con un ruego;, 
sobre el risco lebaniego, 



53 

hacia el golfo cristalino, 
do quiera las hallarás ^ 
suaves, tristes, olorosas, 
en las lindes de las llosas 
y en los neveros de Pas. 

No las pone aula lujosa 
en artísticas macetas; 
no las cantan los poetas 
cortesanos de la rosa; 
mas es deleitosa flor 
que guarda la montañesa" 
donde puso una pavesa, 
la más ligera, de amor. 

Nunca adivinó, quien mira 
que de la planta la toma 
y al fresco labio la asoma, 
si la besa ó si la aspira. 
Fresca ó lacia, entera ó rota, 
en macillo ó á granel, 
en el místico Verjel 
donde reza la devota; 

en la cesta de labor, 
en la mesa de escribir, 
en el ímprobo de abrir 
secreto del tocador, 
allí está, en horas perdida, 
como en horas recordada, 
flor veréis más celebrada, 
no la hallaréis más querida. 



54 

Si dura razón resiste 
desoyendo á quien le ruega, 
¡qué alma de mujer se niega 
á la súplica de un triste! 
Y aquel morado color 
parece al alma llamar 
como la llama el amar 
aunque haya en amar dolor. 

Misteriosas nazarenas, 
en las playas y breñales, 
tristes siempre, siempre iguales 
en las glorias y en las penas, 
consejo dan escondido 
de mansa resignación 
que llega hasta el corazón 
sin pasar por el oído. 



I 






Si de la patria que amáis 
por emblema las tenéis, 
nunca entibiada miréis 
la fe con que las guardáis. 
Si por traerlas clavadas 
en el pecho ó en las tocas 
pisáis erizadas rocas 
y halláis arenas quemadas, 



53 

es que en las rústicas flores 
veis de las montañas mías 
las hondas melancolías 
y los callados amores. 



XII 



Verbena. 



s 



«vJoY flor de primavera, flor de estío, 
planta sagrada entre gentiles fui; 
nací en lágrimas, hija del rocío; 
sé querer, sé llorar; no sé reir. 

Por fiel y humilde, quien amando pena 
en la noche del santo Precursor 
me busca, y en hallándome, serena 
su afán, que nuncio de firmeza soy. 

Miróse en mí una rosa, claro espejo 
en mis hojuelas su color guardé, 
y más hondo, en mi cáliz, su reflejo, 
luz de mis días, alma de mi ser. 

No me llevéis donde la sangre humea 
é inhumanos instintos hallan voz; 
si viva me queréis, mi ambiente sea 
piedad celeste, mansa compasión. — » 



56 



XIII 



Geranio 7^0 jo. 

• JL/N corazón que duerme, envanecido 
blanca mantilla prendes, volcán breve; 
¡ay si despierta el corazón dormido! 
tu llama humo será, tu fuego nieve. 



%\ 



XIV 



Rosa mustia. 



D 



ESDE las altas ondas del cabello 
mustias las hojas de la rosa triste 
caen rozando trémulas el cuello 
sobre la seda azul que el seno viste. 

A volar en los cielos destinadas 
si las robase el aire campesino, 
por los azules visos engañadas 
¿hallan su cielo ó yerran su camino? 

Mas sin que el vuelo silencioso acaben 
antes que hasta su cielo se deslicen, 
decir al paso en el oído saben... 
lo que las flores á las flores dicen. 



57 



XV 



Reseda. 



A 



IRÉ del abanico la mecía 
puesta de un pecho en el lugar mejor, 

y yo* <<fipor qu^ ^sa gloria» me decía 
«á tan obscura y desdeñada flor?» 

Y á un libro viejo — á él solo me atreviera- 
interrogando, el libro respondió: 
«es virtud de esa flor calmar la fiera 
ansia de un alma presa del amor.» 

— Y sumergido en nuevas confusiones, 
«^iqué haces», pregunto á la mimada flor, 
«siendo tu oficio serenar pasiones, 
prendida en pecho libre de pasión?» 



58 



XVI 



Violeta. 

P salle, sile. 
(Inscrip. antigua en Toledo.) 

« 1 EMPRANA vengo, de las nieblas salgo, 
precursora de cánticos y flores; 
lo que pueda no sé, ni sé si valgo, 
sépanlo otras mejores. 

Visto el suave color de los que oran, 
templado el luto, entre sonrisa y duelo; 
¡cuan pocos días ríen, cuántos lloran 
las flores en el suelo! 

No en búcaros veréisme de coqueta 
ó de beldad famosa y endiosada; 
sí en las hojas del libro de un poeta, 
marchita, no olvidada. 

Gala soy de quien otras no ha tenido, 
en alma, no en caudal, favorecida: 
tal busca la mujer su parecido 
en la flor preferida. 

Amo la luz del sol y la alegría 
del cielo claro y del jardín ameno; 



,** 



39 

gozo al mirarme de la fuente fría 
en el cristal sereno; 

y admiro en su esplendor, sin que me ofusquen jp 
soberbias rosas y claveles rojos... 
masquiero — ¿será orgullo? — queme busquen 
las almas, no los ojos. 

La paz encuentro de quien firme espera;, 
de veras creo, cual de veras amo, 
y es mi aroma la voz mansa y sincera 
con que á las almas llamo. 

Esta voz mía, al clarear despierta, 
eco en las tardes y en las noches halla; 
el labio, que es mortal, callando acierta;: 
un alma, ¿cuándo calla? 

Si me oyen soy feliz; si me desdeñan 
desdichada no soy; no siendo hermosas 
las flores como yo, de lo que sueñan 
viven y son dichosas. 

Bien hayas tú. Señor, que nos envías- 
rayos de sol y gotas de rocío, 
y de esta sombra hasta tus lumbres guías- 
el pensamiento mío. 

Bendito tú, que á la corona erguida 
de triunfo ó de placer no me subiste, 
y me dejas medrosa y recogida, 
compañera del triste. — » 



6o 



XVII 

Ileliotropo. 

«iVlis cálices ciñendo en uno, vivo 
-entre pomposo tallo y verde rama; 
la voz de mi perfume al más esquivo 
con invencibles tentaciones llama. 

Rey es mi aroma; donde alcanza impera: 
€n campiña ó verjel no hay qué le iguale; 
donde yo estoy, la sola, la primera, 
nadie está, nadie puede, nadie vale. 

Si de otras flores suenan alabanzas, 
si otras grandezas, otros triunfos veo, 
no son del gusto aciertos, son mudanzas; 
ni en su verdad^ ni en su firmeza creo. 

Soy la soberbia; pálida, celosa 
¡quién lo que yo, ni mi favor merece! 
la mujer más risueña y más hermosa 
s\ á sus sienes me sube, palidece. 

Mas ¡ay qué duda escondo, qué tormento! 
-ésta mi confesión que nadie oía, 
.¿es de otras flores envidiosas cuento 
ó amarga voz de la conciencia mía? — » 



I 



6i 



XVIII 



Siempreviva^ 



o 



H luto de la vida! ' 

¡Oh gala de la muerte! 
flor en el yerto páramo nacida, 
pena es buscarte, gloria merecerte^ 



XIX 

(*) Rosa montes, 

Speciosa in campisr^ 

«L/e una jara en la maleza 
desgajada al pie de un roble 
y una herida en su corteza 
hubiste aroma, belleza, 
talle suelto y hoja doble. 

{*) Pertenecen estos versos á la Antología de^ 
la rosa, recogida y ordenada por el erudito y 
cultísimo escritor Sr. D, Juan Pérez de Guzmán^ 



62 



En tanto tu gloria rueda 



i 



Que hermanas somos se ve; 

y cuál la diversidad 1^ 

de nuestros destinos fué: ^. 

yo de tus venturas sé, í| 

tú no de mi soledad. f" 



5' 



i; 



sin que la lisonja cese % 

entre lumbres de oro y seda, 
y no hay flor que no te ceda 
y reina no te confiese; 

sobre penachos sombríos 
de montaraces heléchos 
rsurgen los vastagos míos, 
cabe los cauces estrechos 
de precipitados ríos. 

Y junto al pie en que nacieron 
xaen mis hojas felices, 
dando, luego que vivieron, 
denso abrigo á las raíces 
que jugo y color les dieron. 

En mis varales floridos 
los jilgueros cuelgan nidos, 
y, si brisas los desvelan, 
en los aires á par vuelan 
con mis hojas sus gemidos. 

Y es mi amante más curiosa, 
4:uando al sol la vida empiezo, 
montesina mariposa 
^ue ora bebe y ora posa 



63 

en el argoma y el brezo. 

Nunca mi sueño turbó 
competencia de hermosura, 
entre una mujer y yo, 
ni flor mía deshojó 
el despecho ó la amargura. 

Nunca en la rueda llevada 
de fortuna mal regida 
viví desasosegada, 
unas veces desdeñada, 
otras veces preferida. 

Ni de tercera serví 
á amor cuando no acertó 
á declararse por sí; 
en mis breñas quien me amó, 
hermana, me amó por mí. 

Más: ¿hay flor — la menos vana 
— campesina ó cortesana, 
^que para gloria ó tormento 
no haya sentido un momento 
instintos de soberana? 

¡Quién dirá!... Si no es soñar, 
al velar como al dormir 
yo oigo al monte murmurar: 
— «¡no sabe lo que es vivir 
flor que no llega á reinar. — » 



04 



XX 



Nenúfar. 



M 






UERTA de amores por el grande Alcides ■ 

ninfa te dice peregrina historia; \ 

al claro cielo abierta, ¿qué le pides? v 

¿eterno olvido ó inmortal memoria? *: 

Hondo pesar el corazón te llaga, 
ayer querida, desdeñada luego; 
traición que en frágil pecho el fuego apaga ^ 

en pecho generoso aviva el fuego. 

Ese abrasado corazón no enfría 
la yerta nieve de tus blancas hojas, 
ni el agua sin rumor en que sombría 
la raíz sumerges y los tallos mojas. 

¡Ay cuántas veces, cuántas, escondido 
el amargo pesar, sonríe un triste! 
¡cuántas el corazón más encendido 
de hielo el rostro y la palabra viste! 

Suave hermosura, pálidos enojos, 
flor prisionera de la fuente clara, 
cuando para llorar tuvieras ojos 
pronto la agreste pila rebosara. 

De tu amor infeliz raro contraste 
viertes glaciales jugos de tus venas; 



65 

¿vengarte intentas del que en vatio amaste 
helando el fuego amante en las ajenas? 

La mariposa vaga en tu blancura, 
posarse busca sin hallar en dónde; 
mas ¡qué de ajenas compasiones cura 
pena que calla, herida que se esconde! 

No lamentes tu encierro cristalino, 
rendida amante del glorioso Alcides: 
¡cuan generoso para tí el destino 
si te ordenó que mueras, no que olvides! 



XXI 



Amapola, 



«A 



L pie de la Cruz nací, 
y cuando Cristo murió 
divina sangre bañó 
mis hojas y enrojecí. 

La púrpura que vestí, 
pí^nda de infinito amor,- 
prestó á la rústica flor 
un soberano poder: 
aliviar el padecer 
adormeciendo el dolor. — » 

5 



66 



XXII 



Passiflora coerulea. 



I 



«Las nuevas flores con Abril llegaban; 

jugo y verdor cobraban 

el mustio césped y el olivo yerto, 

y en la pared del palestino huerto 

florecidos mis vastagos temblaban. 

Cierta noche— ¡cuan triste! — 
«Padre — una voz dulcísima decía, — 
¿no quieres que halle tregua mi agonía? 
Amargo cáliz á mis labios diste; 
mas tu voluntad sea, no la mía. — ^» 

Sonaron armas y cesó el lamento. 
Amaneció sin sol. Traía el viento 
voces, iras, espanto; tembló el monte, 
y de vaho sangriento 
no se limpió en la tarde el horizonte. 

Azorada al romper del nuevo día, 
una mujer venía; 



67 

con las madejas de cabellos de oro 
su faz cubría y se enjugaba el lloro; 
en viéndome, detúvose y decía: 

«¡Oh lívidos colores, 
clavos sin compasión, duro martillo! 
¿Cuándo naciste, flor que entre las flores 
de mi Jesús renuevas los dolores 
y de cuantos le amaron el cuchillo? 

»¿Qué profética mano pudo hacerte? 
En tí la lanza y las espinas veo, 
los lutos por su muerte, 
y oir los golpes que aseguran, creo, 
al tronco infam.e el adorado reo. 

»¡Ah flor de su pasión! ¡oh bien hallada 
cuando las huellas va de su jornada 
besando desvivida 
la mayor pecadora arrepentida 
por los divinos labios perdonada!» 



En mí sumió su rostro y semejaron 
sus bellos ojos caudalosos ríos: 
cuando enjutos del huerto se' alejaron, 
lágrimas rebosaron 
las anchas flores en los tallos míos. 



68 

¡Ved cuánto puede quien de veras ama! 
Pobre flor yo, sin nombre y sin esencia, 
tuve apellido y fama: 
el mundo^or de la pasión me llama, 
cual me llamó la flor de penitencia. — » 



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EN LA MONTANA 







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AMiNOs de la Montaña 
de memoria os aprendí, 
á ojos ciegos quise andaros 
y en vosotros me perdí. 



72 



II 



Ad odorem aqucv... 

Junto al cauce, en lo sombrío, 
voz del árbol, voz del río, 
hojas, aguas, vibran, suenan; 
certidumbre ó desvarío, 
¿es que gozan, ó es que penan? 

Comprenderlas no mereces, 
pues que su sentir no alcanzas; 
pero ¡cuántas, cuántas veces 
te sonaron á esperanzas, 
y cuántas más á esquiveces! 

Voz que oído y pecho engaña; 
blando son que no sosiega 
entre el junco y la espadaña; 
¿es el viento que los pliega, 
ó es el agua que los baña? 

Hondo ruido, claro acento 
ó ilusión del pensamiento, 
brota, cunde y se deshace; 
¿quién sabrá del manso viento 
dónde muere y dónde nace? 

¿Quién del agua que murmura 
el por qué de los rumores? 



% 






73 

^quién del alma en ¡ay! de amores 
clara cuándo, cuándo obscura, 
por qué abrojos, por qué flores? 

Poco allá cristal dormido, 
más aquí furiosa espuma; 
del color v del sonido 
^quién tan loco que presuma 
que el secreto ha sorprendido? 

Siente y calla, quiere y llora, 
silenciosa enamorada; 
como el agua alborotada, 
quien espera halla su hora 
pura, alegre y encalmada. 

Quien espera y alto mira 
paz alcanza y dicha goza; 
suerte humana muda y gira: 
canta el viento, si suspira; 
ríe el agua, si solloza. 

Duda amarga ó cruel desvío, 
bajo el árbol, junto al río 
calla el labio, el alma reza: 
viento, llévate el hastío; 
llévate, agua, la tristeza. 



7* 



III 



El chopo. 



p, 



OR selvas donde en verde remolino 
espeso un mundo vegetal germina, 
al fulgor de la tarde que declina, 
abren las plantas á Jesús camino. 

Postrándose al celeste peregrino 
la enhiesta rama en homenaje inclina 
el roble duro, la valiente encina, 
el tejo venenoso, el hosco pino. 

Único el chopo vano su cabeza, 
sin que la vista del Señor le inquiete^ 
alza en las lumbres del ocaso rojas; 

miróle Cristo y dijo con tristeza: 
«Del viento más sutil serás juguete, 
y, quieto el aire, temblarán tus hojas.» 



75 



IV 



Argoma. 



A 



MARiLLA está SU flor, 
del color de la envidiosa, 
ave en su espina no posa 
ni en su rama anida amor. 

Por lo tanto, en su desdén 
maldad los hombres la imputan; 
bien de que ellos no disfrutan 
para los hombres no es bien; 

muerta al cabo, al horno va 
donde el pan del pobre cuece: 
¿logra en vida quien merece 
si es virtud, ó más allá? 



El escudo. 

v^AUTELA militar forjóte en hierro 
y vana ostentación te esculpe en piedra; 
sudario á tus blasones da la yedra 
y á tu virtud un pergamino encierro. 



I 



76 

En sangre y gloria, de la playa al cerro 
soldado ayer, á quien morir no arredra, 
sombra es tu luz con que el soberbio medra 
y en muro ocioso tu vivir destierro. 

Si logran propios vicios mancillarte 
y rencorosa envidia escarnecerte, 
menos cuesta escupirte que ganarte; 

mas ^fcuándo negará la humana suerte, 
aunque presuman celos desdeñarte, 
guerra á fundirte, orgullo á mantenerte? 



VI 



Brezos. 



Y 



Patiens solitudinem... 



«/Vntes que al sol y al aire en los rastrojos 
la plateada estela de la oruga, 
en el cristal de los humanos ojos 
la lágrima se enjuga. 

De cauce ó brisa si el susurro blando 
nunca del valle á acariciarme sube, 
jcuál me consuela sobre mí llorando 
la pasajera nube! 

¡ Ay de la flor cautiva de la fama, 
engreída en su gloria y su fortuna. 



I 



77 

cuando agonicen yertas en la rama 
sus hojas una á una! 

¡Ay cuan,do mire en su fatal ocaso 
gozarse el odio, sonreir los celos, 
y no la endulcen el amargo paso 
los desdeñados cielos! 

Mi soledad en la montaña adoro, 
más claro el cielo de estas cumbres miro; 
nadie aquí sabe cuándo río ó lloro, 
nadie por qué suspiro. 

Si otro que aquél en quien su amor espera 
las ansias de una flor adivinara, 
por desleal, por vana se tuviera; 
en su rubor se ahogara. 

En estos montes donde vivo v brota 
agreste manantial, hondo murmura 
el ¡ay! del agua entre las peñas rota 
y el viento de la altura. 

Voces de tempestad que me arrullaron 
y el corvo tallo en que nací mecieron, 
si colores de alegre me robaron 
de amante me los dieron. 

Púrpura triste, túnica y sudario 
de mártir, no de rey, descolorida 
en la penosa cuesta de un Calvario 
es gala^de mi vida. 

Es mi aroma sutil ¡cuántos le niegan! 
las pocas almas cuyo gusto hal§ga 
á corpprender de un desdeñado llegan 



78 

cómo querido paga. 

Su cabello perfumo ó su justillo 
si me coge al pasar la montañesa, 
y aromo el vaho de su hogar, si brillo 
al fuego hecha pavesa. 

Nadie af^rendió en la gándara bravia 
qué es desagradecer, ó qué es olvido: 
á la más pobre flor y más sombría 
el sol ha sonreído, 

y la silvestre miel que fosca abeja 
sorbe en sus jugos y en panales cuaja, 
si á la de flor ninguna se asemeja, 
¡á cuántas se aventaja!... 

Obscuro es mi decir; no sé los nombres 
cuantos de vida y alma han de saberse; 
el hablar de una flor al de los hombres, 
¿cómo ha de parecerse.^ 

Mas una sola voluntad ordena 
las regias glorias del humano acento, 
y el ruido obscuro que en mis hojas suena 
mecidas por el viento... 

¡Oh rudo monte! ¡oh patria! si sonamos 
cuando en el cielo que tan alto vemos 
patria más venturosa imaginamos, 
soñemos, ¡ay! soñemos. — » 



79 



VII 



Soneto. 



p 



OR qué así rehusarme sin oírme 
y antes de conocerme desdeñarme? 
¿es tan vivo deleite malpagarme 
ó halláis secreta gloria en afligirme? 

Flaqueza fué sin pelear rendirme 
y á locas fantasías entregarme; 
mas ¡cuan injusto el cielo al inspirarme 
fe que no puedo acreditar de firme! 

Lugar cerca de vos me habéis negado: 
¿teméis acaso odiarme conocido 
y de mí no queréis ni haberme odiado? 

Olvidaros no sé; ni he comprendido, 
como tanto en quereros he ganado, 
en dejaros querer qué habréis perdido. 



8o 



VIII 



Y 



«lo nací para volar 
en un cauce montañés, 
de altos troncos á los pies, 
donde suene cerca el mar. 

En mi pluma verde azul 
puso, entre chispas de sol, 
la hoja tierna su arrebol, 
el hondo cielo su tul. 

Tranquilo, casi feliz, 
me albergo en angosto nido 
bien guardado y mal tejido 
de un aliso en la raíz. 

Si oídos tenéis y entrañas, 
¿nunca os movió á sentimiento 
el ¡ay! del agua, el del viento 
herido en las espadañas? 

Entre flecos de verdura, 
murmurando, sonriendo, 
resbalando, revolviendo, 
la corriente se apresura. 

En las pardas guijas suena 
y arrancar prueba á su encierro 






4 



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Martm-pescado?'. | 



i 



8i 

las blancas flores del berro 
arraigadas en la arena... 

Desde un ramo que al crecer 
tendióse del agua á par, 
mi presa acecho al pasar 
viendo las ondas correr. 

O rozando el agua pura 
mis alas tensas, calladas, 
son centellas irisadas 
que iluminan la espesura. 

Nunca, aun oyéndolo hablar, 
fué gusto ni intento mío 
llegar por el cauce al río 
y por el río á la mar. 

Que ajustadas bien las cuentas, 
al abrigo de mis montes, 
sus inmensos horizontes 
¿valen sus rudas tormentas? 

Los que el vasto mundo andáis 
pienso yo que no sabéis 
los regalos que perdéis . 
en la patria que dejáis. 

¿Hay más deliciosa vida 
que una vida retirada 
y la honra vieja heredada 
y buena fama adquirida? 

Fatigar sin aprensión 
tras un lograr infinito, 
no es saber, es apetito; 



82 

es frenesí, no razón. 

¿A qué reñir y afanar 
por oro, gloria, poder? 
¿no es insensato encender 
sed que no se ha de saciar? 

No ignoro yo que á luchar 
nos tocó al mundo venir, 
que es de apocados huir 
y de honrados porfiar. 

Pero á la vez aprendí 
que el más dichoso en la tierra 
causas y ocasión de guerra 
esconde dentro de sí. 

Y aprendí también que aun muerto 
hay tal ser que no descansa, 

viendo en la corriente mansa 
pasar un pájaro yerto... 

Nuevas del mundo me traen 
voces que las selvas tienen, 
flores que en las aguas vienen, 
hojas que del árbol caen. 

Y tal del mundo imagino, 
que medroso de lo tal, 

si subo hasta el manantial 
nunca bajo hasta el molino. 

Odio el ruido, paces quiero, 
y por solo y por callado 
de adusto y malhumorado 
me moteja el pasajero. 



I 



83 

Mas ¿á quién pudo agraviar 
que el cauce su fondo esconda? 
el agua, cuanto más honda, 
se deja menos mirar. 

Que pensaran con favor 
las gentes de un solitario, 
fuera caso extraordinario: 
á nadie juzgan mejor. 

Si ofrece triunfos la tierra 
y celebrados y nobles 
medran laureles y robles 
en lo áspero de la sierra, 

brindan en aguas del cauce 
á mi vivir lo preciso, , 
las cortezas del aliso 
y los renuevos del sauce. 

Luces que el follaje pasan 
y en los cristales chispean, 
el vuelo guían, recrean 
el alma, tal vez la abrasan; 

que si no hay historiador 
que lo escriba ó que lo cuente, 
mi pecho, cual otros, siente 
ansias, zozobras, amor. 

Noche sin luna me enfada, 
crudo invierno me entumece 
y me azora y me estremece 
el fragor de la riada; 

que al mayor mi espanto llega 



84 

cuando, tras lluvia copiosa, 
desbordada y cenagosa, 
inunda el agua la vega. 

El sol no se enciende ya; 
sin cauce, sin rama y nido, 
maltratado y aterido, 
¿á dónde el pájaro irá? 

En el anegado suelo 
hoy talado, sí ayer rico, 
no halla donde cebe el pico 
ni donde pose su vuelo. 

Loco fué cuando soñara 
¡oh Montaña en que vivía! 
que después de la agonía 
césped tuyo le abrigara... 

...Pues negó á mi condición 
naturaleza discreta ñ 

el pecho de la cerceta ft 

y las alas del halcón, 

¿á qué buscar ea los cielos, 
á qué pedir á los mares 
aire más rico en azares, 
vida más puesta á desvelos? 

¡Tentación de muchos es, 
ancho mundo, en tí soñar! 
Yo nací para morar 
en mi cauce montañés. — » 



B5 



IX 



A un mirador, 

k5i en tus altos cristales, 

cuantos miran, traidores ó leales, 

hallan sólo desdenes, 

¿cómo, avaro de bienes 

y pródigo de males, 

siempre quien mire á tus cristales tienes? 



X 



El helécho (*). 



p, 



OMPOSO airón sobre la roca ondea, 
del bosque antiguo entre los troncos grana 
y al agua viva que en las breñas mana 
el frío guarda y el cristal sombrea. 

(*) Entrado el siglo xv, viniendo D. Diego 
Hurtado de Mendoza á tomar posesión de las tie- 
rras de la casa de la Vega, después Marquesado de 
Santillana, usó en Ruiseñada, del alfoz de Llore- 
do, según testigo de vista, de la fórmula de cortar 



86 

Tuéstale Octubre, si en Abril verdea; 
su hoja, menuda y riza filigrana, 
y el vario gusto y vanidad mundana, 
falto de fruto y flor, no lisonjea. 

Timbre del pueblo montañés un día, 
nunca novel señor juzgó vasallo 
suelo que á regia donación debía, 

mientras, dejados huestes y caballo 
de posesión en prenda, no tendía 
con la espada á sus pies el duro tallo. 



XI 



Mariposa, 

Circmham qucerens... 

Sap., VIII, 18. 

«iVlAL nombre de veleidosa 
me sigue por donde voy; 
mas ¿puedo ser otra cosa? 

heléchos con su espada. No de otro modo, en el 
inmediato siglo, Vasco Núñez de Balboa tomaba 
posesión del mar del Sur en nombre del Rey de 
España, entrándose armado por las olas y acuchi- 
llándolas. 



87 

¿sería yo mariposa 
si no fuera como soy? 

Nací á vagar destinada, 
todo lo amo, no odio nada, 
y es ley de mi vida errante 
ser sincera enamorada 
y pasar por inconstante. 

En pasaje de novela, 
ó abanico, ó acuarela, 
ya la pluma, ya el pincel, 
me dan por norma y escuela 
de lo mudable y lo infiel. 

¿Por qué la opinión me infama? 
si soy voluntad que muda, 
soy quien tan de veras ama 
que en la llama arder no duda 
si encontró hermosa la llama. 

¿Será más firme en amor 
rosa que de mí se queja 
y da á los aires su olor 
y á la oruga y á la abeja 
y á cuanto vive en redor? 

¿Quién supo tan lejos ir 
en querer? puesta á seguir 
á donde va mi deseo, 
nada escucho, nada veo 
y no me arredra morir. 

Si son lenguas melodiosas 
á soñadores errantes 



88 

y á doncellas amorosas, 
vibraciones y cambiantes 
de mis alas silenciosas; 

Si me llaman noche y día 
una y otra poesía 
flor alada, viva flor, 
animada pedrería, 
luz del aire y su color, 

corta maravilla iuera 
que por aura lisonjera 
tentada y desvanecida 
en las sendas me perdiera 
con que lisonja convida. 

Ávida de amor me veis 
y á otro amor os distraéis; 
flores ^Jde qué me acusáis? 
si guardarme no sabéis, 
^por qué perderme lloráis? 

Yo voy del musgo rastrero 
al árbol más altanero, 
y de todo yugo salva 
no sé en quién pose primero 
si en la amapola ó la malva. 

¿Helos yo de desdeñar 
si dan con otro sabor 
igual deleite al gustar 
el perfume de la flor 
y el salitre de la mar? 

Ni alcanzo que crimen haya 



89 

en que, venga el mundo ó vaya, 
mis alas, si el sol cansólas, 
busquen en la fresca playa 
el relente de las olas. 

¿Me querrán por eso tantos, 
risas traiga ó traiga llantos? 
¿serán por naturaleza 
mi inquietud, mi ligereza 
lo mejor de mis encantos? 

No hallando huella en el suelo 
de mi origen ó mansión, 
viéndome en perenne vuelo, 
parézcoles ilusión 
ó criatura del cielo. 

Buscando los hombres van 
saber del mal ó del bien; 
mas en su insaciable afán 
juzgan ¡cómo juzgarán! 
nada más por lo que ven. 

¡Tened el juicio! quizá 
este huir aquí y allá, 
estos cambios y rodeos 
son insaciados deseos 
de algo que el mundo no da. 

Y es para compadecida 
quien, si vuela, nunca olvida 
que su solo hechizo acaso 
es lo breve de su paso 
y lo frágil de sur vida. 



90 

Niñas que la calle andáis, 
ved cómo el andar cuidáis, 
ó á cada paso que deis 
van á decir que os mudáis 
cuantos á espaldas dejéis. — » 

XII 

En Val-de-Iguña, 

jTíquí lloró un poeta: aquí en la muerte 
su espíritu descansa; 
lecho le dan las silenciosas nieblas, 
las quietas hojas, las serenas aguas. 

Sin esperar la tarde, 
alto en el cielo el sol de la mañana, 
al rudo peso de afanosa vida, 
rendido el cuerpo, despidióse el alma. 

Amóle la tristeza 4 

casi desde el nacer; ¡pasión que mata! ..% 

y en su sepulcro, donde tuvo cuna, \ 

de lo que fué su amor vive su fama. ^^ 

Buscó la gloria ¡oh Jano! (*) 






(*) Jano, Pico-jauo: cima culminante de la 
cordillera cantábrica sobre la cuenca del Besaya, V 

entre los valles bajos de la Montaña y los pára- 
mos de Gampóo, 



91 

á la otra parte de tus cimas blancas, 
y su gloria velaba en tus riberas, 
¡oh patrio río, diáfano Besaya! 

La voz de sus pesares 
en el silencio de la muerte clama, 
eterna voz de tristes que orgullosos 
ó avaros del dolor los suyos callan. 

Y plañidora y tierna 
gime en los aires de la dulce patria, 
como gimen, arrullo de dolores, 
las altas hojas y las frescas aguas. 

Una cruz sobre un risco 
sola entre tus heléchos ¡oh Montaña! 
donde las voces de tus mares llegan, 
donde las nieblas de tus cumbres vagan; 

una canción doliente 
consoladora de escondidas ansias, 
no vista en libros, que de boca en boca, 
de pena en pena, corre y se propaga, 

¡á cuántos de tus hijos, 
que agita el numen y el olvido aguarda, 
de sus fatigas y ambiciones fueran 
cumplido premio y bendecida palma! 

¡Cuántos ojos acaso 
¡oh poeta tristísimo! sin lágrimas, 
antes que compasivos envidiosos, 
en ese césped fúnebre se clavan! 

Es dolor más agudo 



92 

que no esperar, vivir de una esperanza, 
llevar su amante voz dentro del pecho 
y desoiría sin piedad y ahogarla. 

Es desdicha más honda 
que no creer, buscar la fe tan alta 
que hasta su luz con el herido vuelo 
ni corazón ni pensamiento alcanzan. 
••••• ..••.••••• •••«....•••t....-*. 

En tu valle nativo 
triste muriendo el sol tu fosa baña, 
mas pasarán las sombras, y en tu fosa 
su rocío y su sol verterá el alba. 

¡Ay de quien vive y mira 
cómo en su corazón la luz se apaga, 
triste ocaso de un sol que nunca vuelve 
y deja en noche sin aurora el alma! 



XIII 



Montañesa y montañés [^] 



p 



ARA andar mejor después 
lo que por andar les queda, 
descansan en la arboleda 
montañesa y montañés. 

(*) Escribiéronse estas redondillas para un di< 
h\y\o combinado del malogrado artista Sr. D. Vic- 



4 



93 

Dejando el alma vagar, 
ella mira al porvenir 
y en lo que haya de vivir 
cuanto tendrá que penar; 

mientras de su fe á la luz 
piensa el mozo en oración: 
alto, muy alto el blasón, 
pero más alta la Cruz. 

10 de Abril de i8go. 



XIV 



Renouveau. 



H 



ARTO acaso de vidas 
serenóse ya el mar, las costas callan; 
cansadas ó dormidas 
sus turbulentas olas no batallan. 

toriano Polanco y Crespo. Entre otros asuntos^ 
representa el dibujo una pareja adolescente sen- 
tada sobre un tronco de árbol, y no lejos un deta- 
lle de arquitectura montañesa: el ángulo exterior 
de una cerca de heredad fortalecido con gruesa 
cubo y cornisa, escudo historiado encima y por 
remate un crucifijo entre cartelas y obeliscos. 

Llámase el sitio La cru^ de Rubalcaba y es er> 
Liérganes. 






¿^VyillWO V,ll llWl «lllCAl lll^Wll, ^ 



94 

Y si la playa suena, 
si mueve el agua espumas ó rumores, 
su voz sobre la arena <;! 

no amaga muertes, que suspira amores. á 

Huyó la niebla fría; 
el prado, el seto y el frutal verdean; 
en la sierra bravia 
las argomas en flor amarillean; 

y orla el pimpollo tierno 
las sueltas ramas de los altos chopos, 
donde cuajó el invierno 
la escarcha en vidrios y la nieve en copos. 

Esperanza leal del solitario, 
hacia el cántabro cielo 
ya el ave del Calvario, 
fugitiva del Sur, prepara el vuelo. 

El aura con la luz alienta y crece, 
suspira en el laurel, gime en la grama, 
de la patria parece 
la voz quejosa que al ausente llama. 

Vago acento del pálido horizonte, 
como el agua hecha nube 
de la marina al monte 
de cauce en cauce, de hoja en hoja sube... 

¿Cómo á salvar vecina 
la excelsa cumbre que su paso ataja 
detiénese y del monte á la marina 
triste tornando baja? 



95 

^La arredrará la nieve 
que aún en las cimas últimas destella? 
^•no podrá, si se atreve, 
vencer sus fríos y volar sobre ella? 

¡Ay! que si el alto término salvara, 
mayor desdicha fuera 
que al ausente llegara 
y el alma del ausente no la oyera. 

Pobre alma recelosa 
que el vivir castigó y en ansias muere; 
vacilante, medrosa, 
su incertidurnbre á la verdad prefiere. 

Del más brumoso Oriente, 
aunque pálido y tibio, el sol renace; 
la estrella surge, aclárase el ambiente: 
^•cuándo la noche espesa se deshace? 



XV 



A S, M. el Rey D. Alfonso XII , en su duele 



z. 



.•UMBA en los aires funeral campana: 
perdón para el que muere 

pide bajo la bóveda cristiana 
la voz del rniserere. 

Viste el soldado de crespón su espada, 
y la nave guerrera. 



95 

al tronar del cañón, en humo orlada 

abate su bandera. 
Mas no devoto ó bélico estampido, 

no cantos ni crespones 
dirán el sentimiento dolorido 

de tantos corazones. 
Rey de la paz, cuya áurea diadema 

trocóse en haz de espinas, 
¡no han de llorar tu desventura extrema 

las cántabras marinas! 
Si eco y bálsamo son de altas tristezas 

sus montes y sus olas, 
laten en sus bravias asperezas 

entrañas españolas; 
y al contemplar tus juveniles lutos, 

tu inconsolada pena, 
no hay en la noble tierra ojos enjutos, 

ni voz, ni alma serena. 
¡Ah, cuan feliz te sonrió la vida, 

de tus amores dueño! 
¿qué fué de tu ilusión, de tu escogida, 

del consentido sueño? 
Llamóla Dios, rasgando tus entrañas, 

á inmarcesible gloria, 
y en el fiel corazón de las Españas 

es culto su memoria. 
Los mirtos de Aranjuez mal resistieron 

á soles del estío: 
antes de florecer despojos fueron 



97 

del Escorial sombrío. 
Y viste todo un sol hecho pavesa, 

tinieblas la alborada, 
espanto la hermosura, el trono huesa, 

dicha, esperanzas, nada. 
¡Quién ya de gloria y de poder blasona, 

augusto desolado, 
viendo en la cruz de una real corona 

un corazón clavado! 
¡Qué es ser amante y generoso y fuerte, 

si en la mortal partida 
amor no pudo sobornar la muerte 

ni asegurar la vida! 
Perpetua vencedora en el combate, 

muerte, obscuro misterio, 
no gasta el tiempo, ni el cansancio abate 

tus armas y tu imperio. 
Presto el dalle cruel, prestas las alas, 

aleve guarecióse 
¡oh Rey! la muerte en tus nupciales galas 

hirió y desparecióse. 
Si ora á tu pecho de español negara 

la antigua fe sustento, 
^:qué fuerzas ya para reinar hallara? 

¿para vivir, qué aliento? 
No en tu grandeza soñarás venturas, 

verdor en los laureles, 
lisonjas en la fama: tus dulzuras 

tienen sabor de hieles. 

7 



08 



Ayer luibistc \ ictoriosas palmas 

de un pueblo en su delirio; 
hoy del Señor la prueba de las almas. 

el ¿Irbol del martirio. 
Sea el dolor crisol de lus virtudes. 

preparación al cielo; 
en los caminos de tu fe no dudes. 

que guían al consuelo. 
Hoy no en la tierra le hallarás; no en ella 

le busquen tus pesares; 
pon tus ojos llorosos en la estrella 

divina de los mares. 
Llora, Señor: la soberana frente ^ ^ 

humilla resignado; 
quien llora — dice labio que no miente — 

es bienaventurado. 
Y porque tu reinado fecundice 

tal llanto de agonía, ^ 

abrázate á esa cruz, y ¡oh Rey! bendice 

á Dios que te la envía. 

Junio 1878. 



99 



XVI 



Duerme, hierro. 



A 



MANTE VOZ que surge de una fosa 
hoy te convoca en torno á frágil cuna; 
responde ¡oh patria! y ata valerosa 
á ese enlutado lecho la fortuna. 
Con la heredada sangre, ola tras ola, 

la Providencia acaso hava traído 

j 

el alma sin pavor, la fe española 

del muerto Rey, al Rey recién nacido. 

Hinca junto á esa cuna tu bandera 
tendida al viento de futura gloria: 
¡quién penetró lo que á tu nombre espera 
en las páginas blancas de la Historia! 

La dulce madre para el hijo llama 
la sacra bendición de augusto anciano; 
sobre él su sombra tutelar derrama 
la incontrastable cruz del Vaticano. 

Cuando tu pecho su defensa sea, 
nada en su mal podrá duro enemigo; 
siempre al reñir la desigual pelea 
de tu honra ó tu Dios, Dios fué contigo. 

Oye, patria, la voz que en son doliente 
^^1 hijo tierno á tu constancia fía, 



100 



y el sol que asoma en proceloso Oriente 
llegará sin eclipse al Mediodía. 

Tráele en don y prenda de ventura 
que acepte Dios y admiren los humanos 
¡oh guerreada tierra v mal segura! 
paz en el corazón, paz en las manos. 

Sobre ese lecho con amor ceñido 
posa desnudo el hierro limpio y fuerte; 
junto al huertano Rey duerma temido, 
nunca grito de guerra le despierte. 

7' 7 de Mayo de i886. 



XVII 



El olivo. 



•« V ENSE mis hoias tristes, y apagado 
su brillante matiz desde que yerto 
y angustiado Jesús dejó en el huerto 
mi tronco en sangre y en sudor bañado, 

Mas del santo rocío penetrado 
á eterna vida en nuevo ser despierto 
y cuando el campo palidece muerto 
soy de verdor perenne coronado. 

Fecundizada en el temprano brote 
por lágrimas de un Dios la savia mía 
unge al monarca y unge al sacerdote. 



I 



lOl 



y dejóme del huerto la agonía 
paz en mis ramos que la guerra acote, 
luz en mis frutos que dilate el día.^ — » 



XVIII 

La ^ar^a. 

In spinas et in vepres erunt. 

(Isaías, VII, 23.) 

«V_>RüJió la tierra infeliz, 
se apagó el sol de la tarde 
y la culebra cobarde 
soterróse en mi raíz. 

Y" apenas Cristo bajó 
desde su cruz al sudario, 
los senderos del Calvario 
crucé con abrojos yo. 

El camino en la aspereza 
que paso de todos fué, 
abierto quedó á la fe, 
mas cerrado á la tibieza. 

Pues un Dios para morir 
le anduvo, no le ha de andar 
quien cual El no sepa amar 
ni sepa cual El sufrir. 



i 



102 

Seguir las huellas divinas ; 

hasta la cumbre no espere 
quien para sus pies temiere 
el rigor de mis espinas. 

¡Alto saber peregrino! 
¡no hay ser en tu creación 
de tan baja condición 
que no cumpla alto distino! 

Mísera planta nacida 
para temida ó pisada, 

sirve á probar si la ansiada I 

es corona merecida. 

¡Cuántos hasta mí llegaron 
que al primer dolor huyeron 
y lo sufrido perdieron 
porque no perseveraron! 

¡Cómo, según quien trepaba 
se atrevía ó no atrevía, 
la culebra, huésped mía, 
se encogía ó se esponjaba! 

¡Cuánto era al reprobo Ser 
regocijo singular 
ver al medroso dudar 
y al tibio retroceder! 

¡Almas ciegas, ciegos ojos, 
sedientos de ver, llegad: 
fuentes son de claridad 
heridas de estos abrojos. 



103 

Subid la cuesta adelante 
sin que el llorar os afrente, 
ni la sangre os. amedrente, 
ni la tiniebla os espante. 

Llegar á lo alto, á la luz, 
pide mucho y vale tanto; 
camino es de sangre y llanto 
el camino de la Cruz. — » 



XIX 



La golondrina. 



B 



ESANDO á Cristo las rasgadas sienes 
arrancabas sus bárbaras espinas 
y de sagradas gotas purpurinas 
el rostro y pecho salpicados tienes. 

V' estido el luto del Calvario vienes 
y primavera y flores vaticinas; 
tal las angustias de la Cruz divinas 
fueron de gloria y salvación rehenes. 

Febril, sin rumbo, sin descanso vuelas^ 
ni en tierra posas, ni en el mar te bañas: 
^•qué lodos temes, qué prisión recelas? 

¡Oh vida y suerte y condición extrañas! 
.que sin saber del hombre le consuelas 
y esquivándole arisca le acompañas. 



IÜ4 



XX 



La Peña de los Mártirei; 



1 



D 



EL color triste del ciclo 
cuando el cielo triste está, 
erizada, escueta y sola 
sobre las aguas del mar, 

ni muy cerca de la orilla, 
ni lejos de la canal, 
una roca bate el viento 
y la bate el agua más. 

Abroquela el ancho puerto 
y en su firme antemural 
se quiebran las sesgas olas 
que trae la tempestad. 

Labróla naturaleza 
por capricho singular 
cual arco de rota puente 
que perdió los otros ya. 

Barco que del Este viene, 
llegándola á señalar 
á estribor sobre la amura 
seguro en bahía está. 






i 

3* 



103 

«La Horad¿ida,» dice el pueblo 
que allí cerca gana el pan; 
mas «La Peña de los Mártires» 
llamóse tiempos atrás. 
., Tuvo historia que á perderse 
como tantas otras va; 
si algunas gentes la saben 
pocas que la cuenten hay. 

De éstas soy: mi voz el pueblo, 
nunca se paró á escuchar 
y escribo la historia; escrita 
alguien que leyere habrá. 



II 



Dos alféreces de Roma, 
de una sangre y un hogar, 
á la nueva fe de Cristo 
abrigo en sus pechos dan; 

mas la ley romana ordena 
morir ó prevaricar: 
ellos escogen la muerte 
y por su fe morirán. 

Mártires que Calahorra, 
la celtibera ciudad, 
de gloria ve coronados 
en su sangriento arenal, 

donde pañuelo y anillo, 
prendas de triunfo y de paz, 



io6 

vuelan mostrando á las almas 
el camino celestial. 

Manos de verdugo ó de hombre 
por afrenta ó caridad 
las dos secadas cabezas 
fían del río al caudal. 

Sobre las aguas serenas 
las santas reliquias van ' 
por el Cidacos al Ebro, 
por el Ebro hasta la mar. 

Celeste numen las guía, 
y en barco de pedernal 
de costa en costa bogando 
las ve Santander llegar. 

Entrando á son de marea 
en la roca el barco da, 
y cala el barco la roca 
abierta en arco triunfal. 



III 



Tierra de pechos sencillos, 
de fé intrépida, sin par, 
noble patria, tú entendiste 
la milagrosa señal; 

y dando al sacro tesoro 
devoto asilo y altar, 
á sombra de aquellos Mártires 
vive y vela tu piedad. 



■ 



107 

¿Por qué la roca en las aguas, 
obelisco sin igual, 
que el suceso proclamaba 
dejóle de proclamar? 

A qué fué trocarle el nombre 
no se supo ni sabrá: 
mudanzas son de los tiempos 
en su incesante rodar. 

Pero del tiempo en las vueltas . 
no es todo ganancias; hay 
cambios que siendo tinieblas 
presumen de claridad. 

¿Hubo acaso á quien doliese 
que el marinero al nombrar 
el escollo, le creyera 
obra sobrenatural? 

Pues si era el antiguo fábula 
y el nombre nuevo es verdad, 
mengua es que el nuevo no alcance 
lo que el antiguo: enseñar. 

Cuanto ese nombre dijera, 
materia y forma glacial, 
al más rudo sus sentidos 
tan claro se lo dirán. 

¿No es mayor bien oir nombres 
que muevan á preguntar, 
siendo fuentes del saber 
deseo y curiosidad? 



io8 



IV 



•I 

I 



Yertos hijos de la duda, 
-de ciencia ó de audacia tal. 
-que cuanto no comprendéis f 

-desesperados negáis; 

como si entero eñ la mente 
humana, angosta y falaz, 
y declarado cupiese 
el misterio universal: 

dejad arl alma que vuele, 
pues nació para volar; 
no deis cárcel á sus alas, 
no yugo á su libertad. 

A los ojos de la carne 
traed luz, cuanta podáis; 
mas los ojos del espíritu 
¿á qué los queréis cegar? 

Si otros días penetraban 
hasta el cielo y más allá, 
en términos de la tierra 
encerrarlos, ¿no es crueldad.^ 

Ansia de Dios siente el triste, 
y es necio querer trocar 
luz de lo eterno emanada 
por luz de origen mortal. 

Si tratáis á Dios quitarnos. 



109 

negocio v¿ino tratáis; 
mientras hubiere quien llore ^ 
quien rece no ha de faltar. 



XXI 



De forti dulcedo, 



D 



E tantas almas como en cerco miras y. 
alma que el bien y la justicia adoras, 
¡cuál enjuga tus lágrimas si lloras! 
¡cuál acalla tu pecho si suspiras! 

Halagos tiernos y enconadas iras 
tiene ese mundo donde presa moras, 
no para tí que la ambición ignoras, 
poder no alcanzas y al silencio aspiras^ 

En cárcel dura las pasiones fieras, 
no hubo mortal deleite que buscaras 
ni humana tentación que no vencieras; 

¿dónde tan santa fortaleza hallaras 
si en la vida del cielo no creyeras (*) 
y luego de morir no la esperaras? 

(*) Subrayo estos dos versos, porque en las in- 
certidumbres de mi memoria no veo claro si sor> 
del todo míos ó tienen U^otro dueño. 



I 10 



XXII 



Omnia suslinel 



S 



I en la vida del cielo no creyeras 
y luego de morir no la esperaras, 
¡dónde, oh virtud, el sacro aliento hallaras 
con que en tus santas obras perseveras! 

Cerrando heridas, amansando fiaras, 
no en el desdén ó ingratitud reparas: 
hambres socorres, lástimas amparas, 
nunca desmayas, nunca desesperas. 

Rayo en amor divino originado 
el cielo abrasas y la tierra escudas 
consumiendo la escoria del pecado; 

que si en el mundo callan lenguas mudas, 
sano el doliente, el triste remediado, 
son á oídos de Dios voces agudas. 



1 1 1 



XXIIl 



¡Ápe, María! 



L 



A tarde cae, las campanas doblan: 
¡hora tranquila y suave! el viento duerme, 
calla el mar y en los pálidos celajes 
una estrella no más, la tuya, vese... 

...Solitario fulgor, caído acaso 
de la corona excelsa de sus sienes, 
á orar convidas, que propicio espera 
nuestra oración su oído nos adviertes. 

En tí creo, en tu luz diáfana y pura 
que apenas muerto el sol al sol sucede, 
y cuando aún brava la tormenta late 
el orbe á serenar gloriosa viene. 

¡Oh! si no hubiera cielo, y en el cielo, 
astro de amor y paz, tú no lucieses, 
¡qué temeroso rumbo nuestro rumbo 
en noche triste con pavor creciente! 

No hay tan espesas lágrimas que nublen 
ojos que el cielo buscan; mas á veces 
pesa mucho el dolor y levantarse 
á Dios no sabe la abrumada frente; 

y hay pudorosas almas que sus penas 



I 12 



I 



llorar i%o saben ó decir no quieren. 
y tristezas profundas escondidas 
del corazón en los remotos pliegues. 

Mas ¡cuál será la nube que tus rayos, 
consolación dulcísima, no ahuyenten! 
¿habrá dolor que ignores? ¿habrá herida 
ó miseria mortal que no remedies.^ 

Sobre' la mar serena cuya hondura 
humanas ansias registrar no pueden. 
donde callado el huracán prepara 
obras de su furor, tu lumbre viertes; 

y antes que el viento enfurecido estalle 
y levantado el mar la costa anegue 
sumiendo el flaco espíritu, piadosa 
la tempestad sombría desvaneces... f, 

...Ojos que contemplándote se arrasan, 
labios que hablarte intentan y enmudecen, 
almas que vuelan á tu luz y caen 
porque la lengua de tu luz no entienden; 

los dudosos, los vertos. los cansados. 
eji esta hora de tu amor encuentren 
lágrimas dulces, fervorosos ayes 
y nuevas alas que hasta tí los lleven... 

El día inquieto acaba; tibio anuncia 
la mansa noche rumoroso ambiente: 
es la oración, la tierra pide al cielo 
que su descanso en las tmieblas vele. 
. ¡Ave, María! te saluda el ángel, 
Dios te corona, aclamante las gentes; 



113 

puerto feliz al pecador, y al justo 
consuelo en vida y esperanza en muerte. 

¡Ave, María! cuando en torno mío 
temida noche pavorosa cierre, 
serena estrella de la mar, mis ojos 
en el azul glorioso logren verte. 




8 



ADICIONES A LA EDICIÓN DE 1890 



RIMAS VARIAS 




Villancico 

«vJ LORIA á Dios en las alturas 
y en la tierra al hombre paz!» 
La anhelada buena nueva 
de los cielos baja ya. 

Mundo que en cadenas yaces 
de culpa y de ceguedad, 
tus oídos abre á oir, 
abre tu pecho á esperar. 

Coro de ángeles la anuncia, 
Cristo la predicará, 
con roja letra en cadalsos 
mártires la escribirán, 

y un pueblo que la confiese 
por única, ensanchará 
los términos de la tierra 
llevándola por señal. 



ii8 

La divina intcli^^^encía. 
voz de saber, hablará 
la lengua de los sencillos, 
que es lengua de caridad: 

los mandatos que dijere 
nadie los oyó jamás, 
y el eco de estas palabras 
cuanto el mundo vivirá: 

«¡Bien hayáis los perseguidos 
con mentira y con maldad: 
los pacíficos, los tristes, 
los obscuros, bien hayáis! 

Bien haya el pobre de espíritu; 
tendrá el cielo por caudal: 
allí el que llora ha de ser 
consolado en su llorar; 

el limpio de corazón 
verá del Señor la faz 
y hallaráse perdonado 
quien supiere perdonar. 

Hermanos sois: una sangre 
jugo á vuestras venas da; 
sed iguales para el bien 
pues lo fuisteis para el maL 

Oro, hierro, ambos tiranos, 
humo sean, vanidad; 
es vileza la violencia, 
el harapo manto real. 

Sea la venganza crimen, 



119 

sea la desdicha imán, 
codiciado el sacrificio, 
triunfadora la humildad. 

Compasión halle el enfermo, 
halle el desvalido hogar, 
cariño de madre el huérfano 
y el cautivo libertad. 

Esta vida que vivisteis 
no merece nombre tal; 
la del cielo que os ofrezco 
vida es que no ha de acabar. 

No repare si su pie 
pisa arena ó pedernal, 
alma que quiera alcanzarla 
al cabo de su penar. 

Iguales en merecerla 
la púrpura y el sayal, 
sólo mejor será en ella 
quien ame ó quien sufra más; 

y pues Dios pone su gloria 
á tu alcance y voluntad, 
será que no quieres cielo, 
hombre, si al cielo novas.» 

¡Gloria á Dios! su excelsa mano 
rige el cielo, enfrena el mar; 
al pájaro nido, y galas 
á la flor del campo da. 

Inmenso en poder, en gracia, 
y por ley su voluntad 



I20 



quiere ser hombre, y cual hombre 
nacer, sufrir y espirar. 
Póstrate al Santo que llega, 
tierra que ansiándole estás. 
¡Gloria á Dios que es la justicia! 
¡Gloria á Dios que es la verdad! 



II 



IJ71 sermón de San Francisco, 

[Del libro Fioretti di San Francesco.) 

V->AMiNA el Santo Francisco, 
sin norte, de sol á sol; 
á un lugar humilde llega; 
predicar determinó. 

Ve, orillitas del camino, 
cuánto pájaro cantor 
puebla el aire, y á las hojas 
de los bosques hace el son, 
y díjoles á sus frailes 
el Santo mendigador: 
«Aquí me esperen; á hablar 
á los pajarillos voy.» 
Las golondrinas gritaban; 
callarse las ordenó: 
estuviéronse calladas 



121 

cuanto durara el sermón. 
Por medio á las avecitas 
en el campo penetró; 
bajábanse de las ramas 
cercándole en derredor. 
Embebecidas le escuchan 
mientras el labio movió; 
no se vuelan sin que el Santo 
les eche su ben ición, 
y Fray Jacobo de Massa 
á Fray Masseo contó 
que aun rozadas por la jerga 
ni una sola se espantó. 
Asi del Santo decía 
la candorosa oración: 
«En deuda con Dios vivís, 
pájaros que me escucháis: 
si doquier no le alabáis, 
de la deuda no salís. 
En las plumas contra el frío 
doblada ropa os vistió, 
y veloces alas dio 
libres á vuestro albedrío. 
Piadoso os quiso salvar 
del diluvio con Noé; 
favor de su gracia fué 
el aire en que respirar. 
Para refugio escondido 
os dio montes y llanuras, 



122 






arboledas y espesuras 
donde abrigar vuestro nido; 
arroyos en que beber, 
y sin romper ni sudar 
viñas en que vendimiar 
y mieses en que comer. 
En fin, no siendo entendidos 
en el hilar y el tejer, 
vestidos os lográis ver 
y vuestros hijos vestidos. 
Pues tan pródigo fué en dar, 
¡cuánto os ama el Criador! 
pagad su divino amor 
cantándole sin cesar.» 
Dijo Francisco; y apenas 
su dulce labio calló, 
de la muchedumbre alada, 
gentil hechura de Dios, 
muestran el gozo inocente, 
la intensa satisfacción 
con sus gorjeos los picos, 
las alas con su temblor. 
Como si fueran capaces 
de sentido y devoción, 
los ágiles cuellos mueven 
en aplauso ó en fervor, 
doblando sus cabecitas 
hacia el polvo ó hacia el sol, 
y á la par de ellas el Santo 



siente gozo y siente amor. 

Y su variedad admira, 
su llaneza, su ci tención, 
grata ocasión á su espíritu 
de alzarse hasta el Criador. 
Con la señal de la Cruz 

al cabo los despidió: 
dales de partir licencia 
con el gesto y con la voz. 

Y elevándose en los aires 
con prodigioso rumor 
mostrando alegría inmensa 
en su vuelo y su canción, 
los pájaros se perdieron 
como el Santo señaló, 
siguiendo los cuatro brazos 
de sacrosanto guión. 

Una parte hacia el Oriente,, 
otra hacia Ocaso voló, ^ 
la tercera á Mediodía, 
los demás al Septentrión 



Í24 



III 



Lo^ acotes. 

yox flagela,.. 

(Nahum III, 2.) 



Á 



CADA golpe del azote duro 
de la rajada piel la sangre brota 
y vuela y salta la encendida gota 
salpicando al sayón, al suelo, al muro. 

Muda conciencia, pensamiento obscuro, 
helado corazón que el odio embota, 
la humanidad enfureciia azota 
Á su Maestro, al Salvador futuro. 

Mas si á las iras de la suerte luego, 
al desengaño acerbo y honda herida 
5u luz recobra el pensamiento ciego. 

veréis la triste humanidad, sumida 
'Cn penitencia y luto y llanto y ruego, 
borrar su culpa y merecer la vida. 



125 



Con la cru\ á cuestas^ 

Pro peccatis su(b gentil. 



E 



N los hombros el madero, 
las espinas en las sienes, 
y al cuello puesta una soga 
que un sayón agarra y tiende. 

entre turbas de judíos 
que le gritan y escarnecen, 
calle arriba caminando 
se acerca Cristo á la muerte. 

Sofócanse por seguirle, 
ahóganse para verle; 
si va triste, si sereno, 
si solloza, si enmudece. 

Nadie la sentencia sabe, 
¡qué importa si no la hubieseT 
hay reo y basta: un suplicio 
es fiesta en las turbas siempre. 

Abandonado de todos 
el que por todos padece; 
sin compasión que le asista 
en trance de tantas hieles, 

de ia ingratitud le pesa 



126 

y tal amargura siente, 
que ahogado, desfallecido 
cae con la cruz tres veces. 

^ Dónde están los pechos íirnies, 
los corazones valientes 
que amigos del justiciado 
•á esta hora le confiesen, 

si en los que tuvo consigo 
por más amados y fieles 
hay apóstol que le niega 
y apóstol hay que le vende? 

De uno en otro magistrado 
k llevaron al prenderle: 
como culpa no tenía 
no hallaron quien le condene. 

Mas Jerusalén hospeda 
á quien matarle interese, 
y conseguirlo procura 
:sin que le canse ni ceje. 

Esparciendo la calumnia , 
por calles y por cuarteles, 
á ignorantes y malvados 
busca, seduce y revuelve,:: 

De sedicioso le acusan, . 
<^ue trata volcar las leyes, . : 
•de impostor los sacerdotes . j )> 
que á mudar los ritos viene. 

«Que es usurpador»— el uno ;^—- 



127 

«que rey coronarse quiere» 
— el otro. — «Que á Dios blasfema 
pues por profeta se vende.» 
Y así juntos, rencorosos, 
ancianos, príncipes, plebe, 
ante el Pretorio, morada 
de Poncio Pilatos, vense. 
«Crucifícale» — gritaron 
al confuso Presidente, 
que luego de interrogarle 
no halla cómo le sentencie. 

«¿A nuestro rey, al Mesías 
queréis en la cruz ponerle?» 
Y mil voces le responden 
que de pavor le estremecen: 

«Rey está profetizado 
de estirpe de nuestros reyes 
que á todo pueblo enemigo 
invada, humille y sujete. 

»Si de David tiene sangre, 
há de gobernar de suerte 
que medio mundo nos sirva 
y el otro medio nos tiemble. 

»¡Qué Mesías! ¡qué mentido 
rey de Judíos es éste 
que entre pobres vive y anda 
sin regia gala y traheres! 

»¿A quién hará. poderoso 
quien ni hogar ni mesa tiene.^ 



128 

¿ni que soldados daránlc 
los niños y las mujeres? 

»Si rev de Israel i^z dice, 
es embustero que miente, 
y dando enojos al César 
la ruina de Sión pretende. 

»Cuando llegare el Mes'as. 
vendrá cual monarcas vienen 
entre pompas cortesanas, 
seguido de armadas huestes; 

»oro vertiendo una mano 
á cuantas manos se acerquen, 
desnudo el hierro en la otra 
que castigue ó amedrente. 

»Puesto que rey no tengamos ^ 
que á fuero nuestro gobierne, 
Roma espléndida nos rija 
que fiestas y pan ofrece.» 

Y entre el tumulto que apura 
y los códigos que absuelven, 
— «¡qué hacer de Cristo!» — clamabaí 
aturdido el Presidente. 

«¡Crucif'cale!» — repiten; 
él á tanto no se atreve; 
lava sus manos y dice: 
«crucifícale; ahí le tienes.» 

¡Oh ceguedad de las almas! 
¡oh tibieza delincuente! 
¡oh justicia de los hombres 



I 



129 

cuanto cobardes crueles! 

Entrególe á las pasiones 
que en la muchedumbre hierven, 
al odio que no perdona, 
á la envidia aún más aleve, 

y á la loca sed de sangre 
• que en la fiera humana duerme 
y despierta no se calma 
si humana sangre no bebe. . 

Al cabo encontró verdugos- ' : 
el que no encontrara jueces; 
el pueblo condena ó salva: 
¡juzgar! ni sabe ni puede. 

t 

mt 

1 de Abril de 1890. 






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é K. ; 1 1 • . 



130 



\' 



Fac me iecum plangere. 

(Jacopone de Todi.) 



M 



UERTA la luz, despedazado el suelo 
y presa el universo del espanto, 
hallaste en pos de sacrificio tanto 
sola, desamparada y sin consuelo. 

Lloras, Madre y Señora, y en tu duelQ 
tan honda pena vese y tal quebranto, 
que por templarla y por secar tu llanto 
bajan á Tí los ángeles del cielo. 

Si al acercarse la tremenda hora, 
en nada hallando paz, en nadie abrigo, 
ha de buscar en Tí su intercesora; 

si tiembla su sentencia y su castigo, 
¡cómo no acude y te rodea y llora 
la endurecida humanidad contigo! 



13 c 



VI 



Al Cristo de mi cabecera. 



T 



ú velas en la Cruz, donde clavado 
te deja y vergonzoso y dolorido, 
más que el odio de un pueblo fementido» 
la pesadumbre inmensa del pecado. 

Tú velas en la Cruz, y descuidado 
-duerme á tus pies mi espíritu rendido 
^n brazos del silencio y del olvido, 
<ie un sueño en otro sueño transportado. 

No sabe si hallará cuando despierte 
los dolores y halagos de la vida 
ó el juicio y residencia de la muerte. 

Si tú, Señor, le compadeces, cuida 
de hacerle amar tu hora, la de verte, 
5i esperada quizás, siempre temida. 



132 



VII 

- • 

. Nolitejlerc 

(S. Luc, XXIll.-OstAs, X, s.) ■ 

, V-^OMPASivAS y curiosas. r- 

por sentir y por saber 

agrúpanse las hebreas 

en esquina y en cancel; 
y el divino Sentenciado, 
: piadoso como quien es, || 

viendo que lloran, las habla. 

parado el herido pie. 
«Np, lloréis al Nazareno, 

hijas de Jerusalén; 

llorad la ceguera triste 

de l?i prole de Israel. 
No lloréis por el que muere 

mártir de amor y de fe; 

llorad por tantos que viven 

sin amar y sin creer; 
por el pueblo desdeñoso 

de su Profeta y su ley, 

en tales culpas sumido 

que no merece merced. 



133 

Lloráis del Hijo del hombre ; 
el humano padecer, 
no las ofensas de un Dios, •' 
ni el sacrificio de un Rey; z 

mas ¡ay! cuando airado venga, 
en plena gloria y poder 
á herir la malvada tierra 
trocado el Cordero en Jue¿, 

no habrá contra sus justicias 
ni muralla ni broquel: 
se estremecerá de espanto 
cuanto vive y cuanto es, 

y, honda voz desconsolada, 
queja angustiosa de quien 
ni socorro ni, consuelo 
en cielo ni en tierra ve, 

oiráse un clamor tremendo 
surgir del pueblo y crecer: 
«¡montes altos, sepultadme! 
¡ábrete, tierra, á mis piesL..» 

Cuando os dejaren sin hijos 
guerra, peste y escasez, : 
«¡bien haya la esposa estéril!» 
desesperadas diréis. 

«Bien haya el seno infecundo 
que no gozó aquel placer 
de dar un hombre á la vida ^ 
saciando á un niño la sed.—» 

Las zarzas y los lampazos ; 



134 

cubrir las aras veréis. 

y los ídolos soberbios 

despedazados caer. 
Dos sendas tenéis delante, 

para el mal y para el bien; 

quéjese de su mal tino 

la que no supo escoger. 
Desahogad llorando el pecho. 

mas no sobre mí lloréis: 

llorad sobre vuestros hijos. 

hijas de .lerusalén. 



VIII 

Super Jlumina "^abylonis, 

'David, Psrn. 1 36 ) 



c 



•AUTivos posamos 

á orillas del agua; 

en sauces del río 

colgamos las arpas. 
¡Cuan yertas! ¡cuan mudas! 

En tanto, ¡cuan alta, 

Salem, tu bendita 

memoria en el alma! 
Gritó el victorioso 

á la grey esclava: 



135 

— Canta los cantares 

sacros de tu patria. ^ — 
¡Quién templa las cuerdas! 

¡Quién logra pulsarlas! 

Arpa de vencido, 

solloza, no canta. 
Para entonar himnos 

al Dios de sü raza 

en tierra de extraños, 

¡quién ánimos halla! 
Quien de tí apostate, 

¡oh Sión la santa! 

al olvido ruede, 

húndase en la nada. 
Quien en tí no hallare, 

de amor, de esperanza, 

el único origen, 

la fuente inexhausta, 
sienta la amargura 

señora en su alma, 

sus manos tullidas, 

seca su garganta. 
¡Dios de Sión, no olvides - 

que el inicuo clama: 
— ¡Hasta los cimientos 

perezca arrasada! — 
Y tú, descendencia 
de Babel infausta, 
dichoso quien logre 



1 3(3 

en tí su venganza; 
dichoso quien presa 
en tus gentes haga, 
y estrelle en la roca 
tus hijos que aún no hablan 






I 



IX 



Cantabria. 

(Fragmentos.) 



I 



Db. sep,e«ri6„ de España e„ los confines, 

donde, en tendida y elevada costa, 
del Atlántico mar, sobre peñascos. 
rompen las nunca sosegadas olas, 
hay una tierra pobre y olvidada 
y, cuanto pobre, altiva y generosa, 
que, corta en extensión, de sus montañas 
áspero nombre cuanto humilde toma. 

Noble solar de la española gente, 
desde sus cumbres y enriscadas rocas 
en reducida hueste sus guerreros 
lanzáronse á vencer en Covadonga, 
donde al tosco pavés sobre que alzaba 
su rey primero la venganza goda. 



f 



Í37 

del no domado cántabro los brazos 
su apoyo dieron con firmeza heroica. 

Tierra de libertad, nunca vencida, 
siempre á la lucha, al sacrificio pronta, 
hizo brotar con sangre una por una 
las hojas del laurel de su corona; 
mas de sus hechos hoy yace perdida 
en los confusos tiempos la inemoria, 
y á orillas de la mar la noble tierra 
su frente inclina desdeñada y sola. 

Raza degenerada de sus hijos 
puebla sus valles y extendidas lomas, 
sin una tradición, sin un recuerdo 
de los lejanos días de su gloria, 
V ni aun acierta á descifrar los timbres, 
de que en estéril vanidad blasona, 
sobre el labrado campo del escudo 
que el viejo muro de su casa adorna. 

Allí la que otro tiempo fué atalaya 
sobre rudo peñón se desmorona 
y, engañando los ojos, verde hiedra 
la ruina cubre con lozana pompa; 
la antigua torre solariega ofrece' 
bajo su techo nido á las palomas, 
y en el umbral de su palacio hundido 
muerde el mendigo él pan de la limosna. 

Kn alta cumbre de escarpado cerro, . 



13^ 

cí cuyo pie las nieblas se amontonan, 
se alza cercada de árboles decrépitos 
humilde ermita de paredes toscas, 
donde una vez no más y cada estío 
en romería alegre y bulliciosa 
suena rumor de vida que los ecos 
de la desierta soledad asombra, 
ó allá en el llano, de frondoso bosque 
sobre la verde y ondulante bóveda, 
de triste y despoblado monasterio 
roto el ya mudo campanario asoma. 

En los ásperos flancos descarnados 
de sus robustos montes, v á la sombra 
de encinas sin edad, que olvida el tiempo 
cien manantiales cristalinos brotan, 
y en rápidos torrentes desbordados, 
saltando con fragor de roca en roca, 
cual voz lejana del desierto vibran 
el ruido de sus aguas espumosas; 
crecen al borde del incierto cauce 
frescos castaños de lucientes hojas, 
fuertes quejigos y nogales verdes 
entre floridas zarzas espinosas, 
y la silvestre higuera, que se afirma 
en la hendidura de las peñas rotas, 
junto al helécho estéril que sin flores, 
cual alma sin amor, vive y se agosta. 

Salpicando las plantas que se cubren. 



139 

como de perlas diáfanas, de gotas, 
á valle angosto ó dilatada vega 

• desciende la cascada bulliciosa, 
y su veloz carrera deteniendo, 
en suave arrullo sus rugidos torna 
hasta callar del todo, convertido 
en manso río de dormidas ondas. 

Allí, porque repose fatigado, 
movible tienda con sus ramas forman 
pálidos sauces, húmedos alisos 
y el álamo gentil de erguida copa, 
y allí, en las secas tardes del estío, . 
á su quietud callada y grata sombra 
viene atraído el pájaro cansado 
á refrescar sus alas polvorosas. 
• ••■ «••• •• ••>•• *«•• •••••».••• ••••• •• • 

Seguid, seguid su curso, ya tranquilo 
bajo los altos árboles se esconda, 
ya atraviese desnudos pedregales 
donde sumido su caudal se borra, 
ya riegue murmurando el verde campo 

^ que enrojecen las sueltas amapolas, 
ya entre los mimbres y espadañas copie 
el susurro del aura gemidora. 

Seguid: veréis muy pronto de floridas 
sus riberas mlidarse en arenosas, 
y chocar en opuesto movimiento 
contra sus ondas claras, turbias ondas. 



140 

¡Oh patria, amor primero del poeta! 
si llega un da en que mi voz sonora 
aplauda el mundo, y á mi frente obscura 
las ramas del laurel den noble sombra; 
-si me infunde su aliento soberano 
el poderoso genio de la gloria, 
tu venerado nombre al universo 
mi inspiración arrojará orgullosa. 

Y tú, celeste y bella criatura, 
pálida estrella, luz consoladora 
que en noche azul del caluroso estío, 
al armonioso ruido de las olas, 
mostróme el cielo amigo de la patria 
para alumbrar mis solitarias horas, 
ya que sólo por tí pulsé de nuevo 
las pobres cuerdas de mi lira rota, 
ya que tu amor ¡oh virgen! es la musa 
«que el corazón para cantar invoca, 
si alguna vez mis ignorados versos 
llevan á tí las auras gemidoras, 
para el triste cantor tenga un suspiro 
tu pecho, y un recuerdo tu memoria. 



II 



^*Por qué no suena en la arboleda umbría 
el arpa fiel de los gloriosos tiempos? . ^ 

^•por qué del hondo valle no despierta 



141 

su poderosa vibración los ecos?... 

^No es ya la egregia prez de sus mayores 
al canto de tus hijos digno empleo, 
Cantabria generosa, ó las memorias 
en su cobarde espíritu murieron? 

¡Ay! fpara siempre en el ocaso hundióse 
tu claro soM los pálidos destellos. ^ 
que tristes doran las sagradas cumbres 
son desmayada sombra de su fuego. 

Crece el laurel sombrío todavía 
en las gloriosas márgenes del Ebro; 
mas no á que ciñan sienes victoriosas 
en lozano verdpr da sus renuevos. 

Los años rinden su vigor; oprime 
la madre tierra de su tronco: el. peso, 
y las hogueras rústicas consumen 
el árbol noble que respeta el cielo. 

Ya no en amor purísimo se inflama, 
¡oh patria! de tus vírgenes el pecho, 
ni sed de gloria y libertad agita 
el tibio corazón de tus mancebos: 

ansia de oro insaciable el noble germen 
secó fatal del heroísmo en ellos, 
y en tierra extraña á granjearle acuden 
y á derramarle en los placeres luego. 

¡Y yacen ignorados tus anales! 
¡y mientras oro allega el avariento 
en remota región, el patrio valle 
mira hundirse el solar de sus abuelost 



142 

¡Oh! bi al vibrar en la riscosa breña \í 

'el arpa de la gloria y Iqs recuerdos, ^ 

la no vencida raza despertando 
alzárase en la tumba al son guerrero, f 

huérfana de tus hijos te hallaría, ^- 

rasgado el manto, desceñido el yelmo 
rota entre el polvo la segur cansada, 
tu desventura y soledad gimiendo... 

Perdió la vieja estirpe de su sangre 
€l belicoso hervir, el limpio fuego, 
el vigoroso impulso de su brazo, 
•de su indomable espíritu el aliento... 

Por eso el arpa de la gloria, patria, 
duerme sumida en fúnebre silencio: 
no hay quien sus cuerdas inspirado hiera, 
no hay quien escuche con amor sus ecos. 



I 



Marzo de 1858. 



I 



•43 



X 



Casa solariega 



L 



A ponderosa ton^e íulminada 
^e yergue al cabo del sendero rudo, 
y el firme estribo y hazañoso escudo 
dentro de la sonora portalada; 

brocal roto, capilla destejada, 
-altar sin santo, campanario mudo 
y el tronco de un ciprés negro y desnudo 
guardián de aquella ruina abandonada. 

¿Dónde están ¡oh solar! los que surgieron 
del obscuro linaje y te fundaron, 
y ser y nombre y majestad te dieron? 

jLuz de breve crepúsculo pasaron, 
como niebla montes se deshicieron, 
como ruido en el aire se apagaron! 



'44 



XI 

i 

(Jru^ terminal ('•). 

Decora et fulgida. 

(Venant. Fortl'n.) 



F 



UERON lluvias del cielo las que araron 
el tostado asperón de tus figuras, 
ó lágrimas de humanas criaturas 
que á tí abrazadas su dolor lloraron? 

Los surcos de tus piedras nos mostraron 
que al más duro rigor vencen blanduras: 
¡ayes, ruegos, sollozos y ternuras, 
cuántas tiranas leyes quebrantaron! 

En la sangrienta cruz Cristo reposa, 
al pie su Madre abandonada gime, 
el fuego purgadór abajo nada; 

y sola el alma que lloró dichosa 
salva la onda fatal y se redime 
al cordón franciscano asegurada. 

(*) Estuvo (no sé si está y restaurada) á ori- 
llas del Risueña, cerca de la entrada de este río en 
el Pas. 



145 



XII 



La torre de Cacicedo. 



AL SR. D. MANUEL DE ASSAS' 



N 



O bastaban á su estrago (:;• 
los duros golpes del tiempo. ; 
el rigor de la intemperie 
y de los años el peso; 

la mano avara del hombre ;:' 
con su destructor empeño 
para apresurar su ruÍQa 
llegóse á los muros viejos; 

y al impulso con que hiere , ; 
cuando destroza soberbio, 
piedra á piedra, de hora en hora^ 
van las paredes cayendo. 

Sobre la verde colina . 

cuyo tendido repecho ^. 

arrecife polvoroso ,,r.-,. 

ciñe con ancho rodeo; .. v 

donde entre zarzas tupidas ¡; 
asoman la frente á trechos 
destrozados paredones ■■.r , 

lO 



146 

de verde musgo cubiertos, 

se alzaba la torre antigua, 
último, cansado resto 
de mansión más espaciosa 
que en paz erigió su dueño. 

No con belicoso alarde, 
en faz de amenaza ó reto, 
fuerte corona de almenas 
destacaba sobre el cielo; 

no cerraba con rastrillos 
sus umbrales indefensos, 
ni con cenagosas aguas , 
anchos fosos la ciñeron; 

nunca dio clamor de guerra 
voz á sus dormidos ecos, 
ni sus ámbitos temblaron 
con ios marciales aprestos; 

n¡ blasón de altas hazañas 
ó de victorias trofeo, 
su nombre en doradas hojas 
guardan anales sangrientos. 

Mas acaso en las veladas 
perezosas del invierno, 
mientras con sordo zumbido 
sonaba el mar á lo lejos, 

y en el encinar cercano 
gemía rasgado el viento; 
cuando el hogar animaba 
un tronco de roble ardiendo, 



147 

anciano señor que en ella 
Iduscó descanso y sosiego 
-después de azarosa vida 
para sus años postreros, 

bajo la ancha chimenea 
la familia reuniendo, 
y en la memoria evocando 
los juveniles sucesos, 

en círculo el auditorio 
y de sus labios suspenso 
tuvo, y de las tardas horas 
apresuró el curso lento; 

y mientras por su pasado 
con cariño discurriendo 
sentía mil bellas sombras 
-surgir en tropel risueño, 

juvenil vigor cobraba 
su desfallecido acento, 
y en los apagados ojos 
radiaba el antiguo fuego; 

y en palabras que vertían 
deleite al par y consejo, 
despertaban del relato 
los episodios diversos, 

la emulación en el mozo, 
el asombro en el pequeño, 
la ternura en la doncella 
y en la madre los recuerdos, 

ahuyentando con su magia, 



148 

por venturosos ó adversos 
el fastidio de las almas 
y de los ojos el sueño. 

Tal vez en noche de aquéllas, 
que guarda propicio el cielo, 
sus blancas luces velando 
para el amor y el misterio, 

llegó á sus pies á deshora 
una sombra, y á su aspecto, 
de una de las rejas bajas 
ambos postigos crujieron; 

y asida, cual recatándose, 
quedó la sombra á los hierros 
hasta que, nuncio del día, 
trajo el alba su lucero. 

En una ráfaga de aire 
que pasó entonces gimiendo 
pareció fugaz oirse 
rumor de suspiro ó beso; 

y apartándose la sombra 
rápida, escuchóse luego 
el galopar de un caballo, 
y se fué desvaneciendo. 

Tal vez de la alta ventana 
día y día, con anhelo, 
la vista á los horizontes 
del vecino- mar tendiendo. 



i 






149 

espió madre amorosa 
si en sus dilatados términos 
la blanca vela asomaba 
del bajel que huyó ligero 

al rigor de las tormentas 
y de las olas expuesto, 
arrancando al hijo amado 
de su acongojado seno. 

Y del sol los rayos vividos 
-entre sombras y reflejos, 
imágenes engañosas 
sobre el agua azul fingiendo, 

redoblaron los latidos 
de su corazón inquieto, 
<:on fugaces esperanzas 
engañando sus deseos. 

Los rústicos que en el valle 
sus pobres chozas tuvieron, 
nunca al palacio miraron 
con temeroso recelo; 

mas acaso en las tinieblas 
que á sus ojos confundieron 
nubes y olas, tierra y aire, 
el cansado marinero, 

cuando en tempestad deshecha, 
sin timón ni rumbo cierto, 
se abandonaba á las iras 
de los crudos elementos, 



150 

alcanzando, única estrella 
del caos en que iba envuelto. 
luz brillando de la torre 
en el más alto aposento, 

contra la recia borrasca 
renovando sus esfuerzos 
llevó por ella su barco 
á salvación en el puerto. 

Al cabo la muerte un día. 
su corvo dalle esgrimiendo, 
atravesó los umbrales 
del solar de Cacicedo, 

y en las descuidadas gentes^ 
con saña rabiosa hiriendo, 
puso en la alegre morada 
soledad, tristeza y duelo, 

y el palacio abandonado 
de su habitador postrero, 
cual servidor que á la tumba 
sigue leal á sus dueños, 

hendirse vio sus techumbres 
desplomarse sus aleros 
y correr las lluvias frías 
por los salones desiertos; 

y la hiedra por los muros 
trepando traidora luego, 
en escombros derribados 
de sus piedras cubrió el suelo» 



151 

Sola quedaba la torre 
en el argomal espeso, 
que á sus píes* de verde y oro 
tiende tapices risueños, 

y una decrépita encina 
cuyos ramos macilentos 
con raras hojas cubrían 
el desmantelado techo. 

Mas hoy, si á buscarla acude, 
hallará sólo el viajero 
entre el polvo de sus ruinas 
la huella de unos cimientos. 

Y en vano del edificio 
soportará el hado adverso 
al árbol de su abandono 
y su vejez compañero; 

bien pronto falto de arrimo 
contra el ábrego violento, 
junto al solar de la torre 
tenderá su tronco yerto. 

Una mañana de otoño 
de sol claro y limpio cielo, 
mis ojos, torre querida, 
por última vez te vieron. 

Tu destrucción comenzaba, 
y conmovida á su aspecto, 
silenciosa el alma mía 
te envió un adiós lastimero. 



I 52 

¡Oh quién entonces lo^^rara 
por extraño privilegio 
impedir tu fin cercano 
ó siquiera detenerlo! 

Yo que niño al divisarte 
con tu encina en mis paseos 
desde la tendida playa 
ó el escabroso sendero, 

trepando por los escollos 
que azota el mar turbulento, 
ó el cristal de la bahía 
en rápido esquife hendiendo. 

sentía la mente ufana 
que, dando vida á mis sueños, 
para animar tu recinto 
fingía historias sin cuento. 

y á los días de tu origen 
lejano retrocediendo, 
poblé de ruidos é imágenes 
tu soledad y silencio: 

al recordar que esos muros 
por siempre desparecieron, 
despertarse la memoria 
de amargos pesares siento. 

¡Ay! como tú, pobre torre, 
¡cuántos y cuántos objetos, 
testigos de mi ventura 
que amé con cariño ciego, 

después de alegrar ufanos 



í53 

nijs días claros, serenos, 
al mostrarse los sombríos 
de mi lado van huyendo! 

Amantes me acompañaron 
mientras fácil fué el sendero, 
V uno á uno me abandonan 
donde comienzan los riesgos. 

Yo alentado caminaba, 
firme apoyo hallando en ellos; 
mas ora, solo, me acosan 
dudas y sordos recelos. 



Vírgenes de alma tan pura 
como los lirios del huerto, 
amigos de hirviente sangre 
y generosos alientos, 

ellas derramando en torno 
la luz de sus ojos negros, 
respirando en su hermosura 
amor y paz y contento; 

ellos ansiosos de gloria, 
de fe y entusiasmo llenos, 
juzgando á sus esperanzas 
el campo del orbe estrecho, 

cual los árboles heridos 
de rayo ardiente, cayeron, 
sin dar lugar al cansancio, 
llegando á reposo eterno. 



I 54 

Son ¡ay! nuestros pobres días 
lo que en los campos el heno: 
verde nació en la mañana 
y yace a la larde seco. 

En vano esfuerza el orgullo 
sus ambiciosos intentos, 
y acude para olvidarse 
del mundo al sonoro estruendo; 

la antorcha de la conciencia 
que apagar no puede el tiempo 
y en lo escondido del alma 
sin consumirse está ardiendo, 

los desvanecidos ojos 
torna á los días que fueron 
y en sus escombros ofrece 
á nuestra altivez ejemplo. 



¿Qué es el pasado del hombre .> 
campo de tumbas cubierto 
en que derrama el olvido 
espesa sombra de hielo. 

Unas losas aún conservan 
el nombre que allí esculpieron; 
borróle en otras al paso, 
sin dejar señal, el tiempo; 

¡cuáles blanquean cercadas 
dé flores y sauces trémulos, 
y de cuántas en la arena 
desaparecen los restos! 



Al volver las golondrinas 
que anidaron en tus huecos, 
no encontrando el dulce asilo 
de sus amores primeros, 

cruzando entre la maleza 
con bajo y torcido vuelo, 
en torno al solar antiguo 
vagarán tristes gimiendo. 

Yo, peregrino como ellas, 
al tornar al patrio suelo 
buscaré desde el camino 
tus muros amarillentos; 

mas en vano... ante mis ojos^ 
despoblado, triste, yerto, 
descoronada tu cima, 
mostraráse sólo el cerro. 

Antes de ver otras veces 
los árboles corpulentos 
que en alamedas sombrías 
á mi ciudad dan ingreso, 

como amigo que á otro espera 
y á su impaciencia cediendo 
á encontrarle se adelanta 
para abrazarle más presto, 

sobre la verde colina 
cual presagio lisonjero, 
del sol matinal teñida 
por los dorados reflejos, 

y de su ardorosa lumbre 



156 

nueva vida recibiendo, 
te hallaba y cordial saludo 
dábate de gozo lleno; 

mas ya, si ver algún día 
tus viejas paredes quiero, 
ó dar al pie de tu encina 
libre curso al pensamiento, 

de mi confuso pasado 
os buscaré en los recuerdos, 
aunque al remover cenizas 
despierte dolores muertos. 

Del alma mía en los pliegues 
se enlazan con nudo estrecho 
huellas de placeres puros 
y de pesares acerbos; 

y al despertar las memorias 
€n ella dormidas, tiemblo 
desgarrar profundas llagas 
en vez de encontrar consuelos. 

Días de mi alegre infancia 
que para siempre murieron 
guardan lugar á tu nombre 
entre sus despojos yertos, 

y eres ya en el vasto campo 
que atrás en la vida dejo 
una piedra más que erguida 
señala un sepulcro nuevo. 



Enero de 1857. 



í57 



XIII 



Las armas de Velarde. 



E 



s vieja historia! Ovidio la sabia 
cuando, en su lira remedando á Orfeo,, 
la generosa hazaña de Perseo 
y el rescate de Andrómeda decía. 

Vuela el tiempo; la torpe tiranía 
viven ¡oh gloria! y tu inmortal deseo; 
es Perseo Roger, y su trofeo 
la libertad que á Angélica traía. 

En la marina cántabra pelea 
un caballero, y hurta regia dama 
á muerte desastrosa ó cruel ultraje; 

y el mito obscuro, la sublime idea 
mudando lenguas y creciendo en fama, 
para en blasón de montañés linaje. 



158 



XIV 

Lariis (caudillo cántabro). 

(SiLio Itálico, l¡b. XVI, v. 44 y sig.) 

Combate cerca de Cartagena 



G 



IRA el hacha del cántabro membrudo, 
y en el mortal fragor de la pelea 
de latinos despojos se rodea, 
siendo al cartaginés postrero escudo. 

Dispárale el romano un dardo agudo 
-que antes en alto con vigor cimbrea, 
y vellones arranca á la zalea, 
del montañés guerrero yelmo rudo. 

Sin esperanza de vencer ninguna, 
<il recogerse para herir, cayeron 
al enemigo bajo hierro y mano. 

¡Todo el valor de Roma y su fortuna 
para vencer al cántabro sirvieron 
s\ más grande Escipión, el Africano! 



í59 



v-^ 



XV 



Nevada. 



A 



QUEL volar sereno de la nieve, 
su mansa faz, su blanca vestidura 
y el trocar en tersísima llanura 
€l suelo desigual, son fiesta breve. 

Nada en el yerto páramo se mueve; 
nada late, destella ni murmura, 
vaga materia inerte, que su hechura 
hallar en manos soberanas debe. 

Mas cala un rayo la aterida bruma 
y obra de muerte y á la par de vida 
la nieve deshaciéndose consuma; 

gentes ahogadas en la choza hundida 
y harta la tierra de jugosa espuma 
á dobladas cosechas prevenida. 



]6fi 



XVI 



Hoja perdida 



C 



UANDO los bosques despoja 
el ábrego asolador, 
^quién se duele de la hoja 
que arrebata en su furor? 

En torbellinos perdida 
á morir muy lejos va; 
nadie de' su suerte cuida, 
nadie su fin llorará. 

Sin que su furia mitigue, 
la arrastra el ábrego en pos: 
¡sólo la vela y la sigue 
la Providencia de Dios! 

Tal es el viajero: avaro 
le empuja destino cruel; 
¡los que le disteis amparo 
pensad un instante en él! 

De vuestro hogar huésped era 
ayer; partió vuestro pan, 
y hoy corre á donde le espera 
nueva angustia y nuevo afán» 

Por ese sol cuya llama 



i6i 

en vuestros ojos sentís, 
por el río que en la grama 
sollozar trémulo oís, 

por el árbol que os da sombra, 
por la estrella que os da fe, 
por el césped que es alfombra 
de vuestro cansado pie, 

por cuanto el alma os desvela, 
¡no sea yo para vos 
hoja por quien sólo vela 
la Providencia de Dios! 

Sevilla 1863. 



ir 



102 



XVII • 



En Moni e-Car ceña. 



Signum habet spem. 

(ToB.,XIV,7.) 



E, 



N tus quebrados senos, oh Carceña, 
retoña el roble que robusta quilla 
dio á las cántabras naves, y en Sevilla 
plantó, hace siglos, la cristiana enseña. 

¡Oh, si de nuevo en tu cerrada breña 
hallaren presa el hacha y la cuchilla, 
aún lograran los mares de Castilla 
lucir hazañas que la mente sueña! 

Sóbrale jugo á la silvestre rama; 
fáltales sangre á los mortales pechos 
que á esfuerzo nuevo y á grandezas guíe; 

sangre que el hielo trueque en viva llama, 
ociosas quejas en fecundos hechos, 
y á la loca fortuna desafíe. 



1 63 



XVIII 



Un dolmen. 



Religiosa silex, 

(Claudiano.) 



R 



úsTico altar que á un Dios desconocido 
•el religioso cántabro erigía; 
sepulcro que los huesos escondía 
del muerto capitán y no vencido. 

Silla de excelso juez, cadalso erguido 
donde la sangre criminal corría, 
donde el bígaro ronco repetía, 
llamando á guerra, su montes bramido: 

rayendo el musgo que tus lomos viste, 
en vano el arte codicioso indaga 
señales que declaren lo que fuiste; 

en tí la antorcha del saber se apaga, 
yerto gigante de la cumbre triste,^ 
envuelto en ondas de la niebla vaga. 



104 



XIX 



Doña Juana la Loca, 



(Cuadro de Pr adula. '^ 



p, 



RECES no volverán, ¡oh regio lirio! 
su vida al roble, víctima del viento, 
ni su flor al marchito sentimiento 
agreste hoguera ni devoto cirio. 

Amor que fué tu gloria es tu martirio, 
y porque nó halles tregua en el tormento^ 
la muerte, calma y luz del pensamiento, 
noche es del tuyo y bárbaro delirio. 

Grito de tu pasión y tu amargura, 
¡oh mal pagado corazón! aún suena: 
— «^es acendrado amor si no es locura?»- 

Alma que hiél de celos envenena, 
enloquecer de amor no es desventura, 
mas ¡qué desdicha enloquecer de pena! 



i65 



XX 

Doña Catalina de Aragón. 

,.^are a queen... long here dreamed so.., 

(Shakespeare.) 

V 

Imaginé ser reina y no he reinado, 
•esposa respetada y no lo he sido; 
joh, cuan poco la vida que he vivido 
se pareció á la vida que he soñado! 

Nada ¡implacable suerte! vi logrado 
de cuanto el alma viera prometido: 
ni quieta patria, ni amoroso nido, 
ni fuerte prole, ni marido honrado. 

Flores de mi esperanza deshojadas 
y en las aguas del Támesis caídas, 
si á castellana costa sois llevadas, 

callad mis hondas penas: duplicadas 
las quisiera mejor que allí salidas 
y con sangre y con lágrimas vendadas. 



iG6 



XXI 



So7ieto 



s 



I por mudos é infieles los espejos 
á tu impaciencia ¡oh niña! dan enojos^ 
mírate en el espejo de los ojos 
de cuantos te amen, jóvenes ó viejos. • 

Y hallarán en la voz de sus reflejos,^ 
sin mover ni cansar tus labios rojos, 
palma tus gustos, mimos tus antojos, 
tus penas gloria y tu razón consejos. 

No habrá risa en tu boca ni gemido,, 
ni en tu noble vivir placer ó herida, 
ni en tu palabra acierto ni descuido 

sin lástima, remedio ó acogida; 
cristal es todo espejo sin sentido 
y amantes ojos son cristal con vida. 



167 



XXII 



Nuestro soldado. 



R 



OTO, descalzo, dócil á la suerte, 
cuerpo cenceño y ágil, tez morena, 
á la espalda el morral, camina y llena 
el certero fusil su mano fuerte. 

Sin pan, sin techo, en su mirar se advierte 
vivida luz que el ánimo serena, 
la limpia claridad de un alma buena 
y el augusto reflejo de la muerte. 

No hay ásu duro pie risco vedado; 
sueño no há menester; treguas no quiere; 
donde le llevan va; jamás cansado 

ni el bien le asombra ni el desdén le hiere: 
sumiso, valeroso, resignado, 
obedece, pelea, triunfa y muere. 

Madrid 21 de Marzo de 1876. 



1 68 



XXIII 



Gil Polo, 



R 



ASGANDO las ondas claras 
que manso viento columpia, 
sus cristalinos albergues 
dejan las ninfas del Turia, 

y de los sueltos cabellos 
vertiendo perlas menudas, 
salen del tendido margen 
á las arenas enjutas. 

Vida y calor derramando 
el sol los campos inunda, 
prendiendo en los horizontes 
celajes de oro y de púrpura; 

asilo de sus rigores 
tal vez las náyades buscan, 
y en el espeso follaje 
penetra la alegre turba. 

Mas no á gozar se detienen 
la paz de la selva obscura, 
los olmos que la sombrean 
y las fuentes que la arrullan. 

Cauces y troncos salvando 



169 

la espesa enramada cruzan, 
huyendo raudas las hojas 
del céfiro y de la espuma; 

al paso ramas y césped 
de hojas y flores desnudan 
que prenden á sus cabellos 
ó en fresca guirnalda juntan, 

y vuelan hasta el remoto 
lugar de la selva obscura 
á donde sacro prestigio 
con vivo afán las impulsa. 

Bajo hiedras y laureles, 
al umbral de fresca gruta 
muestra un viejo reclinado 
la faz serena y augusta; 

corona de lauro y roble 
á la calva sien añuda, 
derramando sobre el seno 
la barba lucida y húmeda, 

y apoya el siniestro brazo 
sobre una volcada urna 
que por ancha boca vierte 
rico raudal de aguas puras. 

Silenciosa muchedumbre 
el verde recinto ocupa 
ante él abierto, y en torno 
rocas y árboles circundan; 

con zagalas y silvanos 



I70 

allí las ninfas se agrupan: 
unos las peñas coronan, 
otros las sombras procuran. 
Y un mancebo cuya frente 
sagrado numen alumbra, 
llama al centro ojos y oídos 
dando de un libro lectura. 

Por letrado le declara 
grave y luenga vestidura, 
que mal del airoso talle 
la poca edad disimula, 

y la voz de su garganta, 
temblorosa y mal segura, 
las cláusulas que decora 
de propias hijas acusa. * 

Desvelos de amor y ausencia^ 
penas de celos agudas, 
martirio de desengaños 
y mudanzas de fortuna; 

la historia eterna del alma 
que en loca, empeñada lucha 
fáciles dichas desdeña 
y hondo pesar se procura, 

en las páginas del libro, 
obra de inspirada pluma, 
con no visto encanto y gala 
se desenvuelve y dibuja. 

Tienen sus limpios períodos 
de los pájaros la música, 



171 

los colores de los cielos 
y de la miel la dulzura; 

y embebecidas, suspensas^ 
almas y brisas escuchan, 
y los pechos no respiran 
y las hojas no susurran. 

A intervalos dando treguas- 
el mozo á su voz profunda, 
una lira desemboza 
que el negro ropaje oculta, 

é hiriendo las cuerdas de oro- 
acordes rimas modula 
donde entre suspiros vierte 
dulces lágrimas su Musa. 

¡Cómo el sentir del poeta 
al corazón se insinúa, 
eco hallando en él las almas 
de propio gozo ó angustia! 

Pendiente está de sus labios 
la zagala, que confusa 
en las concertadas frases 
escuchó la historia suya; 

y el enamorado fauno 
que ya revelado juzga 
cómo de esquivos desdenes 
amantes discretos triunfan; 

y cuando la voz cesando 
término al placer anuncia, 
en sonoro aplauso y vivas 



172 

rompiendo la alegre turba, 

ninfas, silvanos y náyades 
á cercarle se apresuran 
y alabanzas le prodigan 
y homenajes le tributan, 

hasta que el anciano río, 
tendiendo su diestra ruda, 
pone término al tumulto 
y estas palabras pronuncia: 

«Todo muere; sólo eterna 
es la luz del genio augusta: 
ceda, porque no se agoste, 
mi sien su lauro á las tuyas. 

En el tronco poderoso 
de la encina más robusta 
grábese el nombre preclaro 
que mis riberas ilustra, 

donde á repetirle aprendan, 
para no olvidarle nunca, 
las aves de la ribera, 
los ecos de la espesura. 

Y mientras el sol ardiente,, 
fuente de luz, vida suma, 
no apague el rayo glorioso 
que nuestros llanos fecunda, 

sea el pecho de las vírgenes 
sacro templo de ternura 
donde viva eterno el nombre 
del suave cisne del Turia.» 



173 

Pasó presuroso el tiempo 
que cosas y gentes muda 
y sobre ruinas de imperios 
jóvenes imperios funda. 

Lugar y culto tuvieron 
en esas mismas llanuras 
otros templos, otras aras, 
otros dioses, otras musas; 

mas el nombre de Gil Polo, 
vencedor de la fortuna, 
siempre en las auras errantes 
del Guadalaviar circula, 

donde amantes la repiten^ 
en dulce y sonora música, 
las aves de la ribera, 
los ecos de la espesura. 

•1858(1). 



(i) Gregorio Cruzada Villamil, entre los mu«^ 
chos pensamientos nobilísimos que agitara su es- 
píritu incansable y siempre generoso, tuvo el de 
publicar un Romancero de españoles ilustres.. 
Los escritores concurrentes á la sala de Rada^ 
destinada á restaurar la esgrima española de es- 
pada y daga, en que Cruzada llegó á ser maestro, 
se repartieron los personajes, poetas, capitanes^ 
artistas, políticos y sabios. Diéronme á mí, y no 
pudieron ponerlo en peores manos, el poeta de 



174 

las inmortales quintillas á Galatea. Bretón de los 
Herreros tomó á Quevedo, Hartzenbusch á Lope 
de Vega, Alarcón á Velázquez, Fernández San 
Román á Gerardo Lobo, Rada y Delgado á Juan 
de Herrera. 

No recuerdo á quién escogió la Avellaneda, que 
también leyó allí una noche su romance, y he ol- 
A^idado asimismo otros asuntos y otros autores. 

El Romancero no llegó á terminarse. Algunas 
<ie sus hojas se publicaron esparcidas por diferen- 
tes lugares. 



i 



175 



XXIV 



Granada. 



(Poema de Zorrilla,) 



A 



llahnakbar! desde su trono de oro 
oye el sordo gemido del que llora, 
y en vago acento, en misteriosa aurora 
le envía de consuelos un tesoro. 

Dijo al ángel cuyo hálito sonoro 
mueve la luz del canto inspiradora: 
«ve, y al son de tu guzla vibradora 
olvide su dolor mi pueblo moro.» 

Oye, pueblo muslim: sobre Granada 
blanda gime su rica poesía 
como la flor que al aura se deshoja; 

¡soplo de Allah es la voz enamorada 
^ue hace brotar al resplandor del día 
el lirio blanco del peñón de Loja! 

1853. ' 



176 



VERSOS ALEMANES 



PUESTOS EN CASTELLANO 



XXV 



Lágrima celeste. 

(De Rückert ) 

l^LORÓ el cielo una lágrima, y caída 
al ancho mar, creyóse en él perdida; 
mas se llegó una concha, y al cogerla 
— «Serás — dijo — mi perla: 
no temas á las olas, yo te abrigo; 
segura donde quiera irás conmigo.» 

¡Dolor y gloria mía, 
lágrima que á mi seno Dios envía, 
haz que mi corazón en hondo anhelo 
esa lágrima pura guarde, oh cielo! 



177 



XXVI 



Ruiseñor y alondra. 

La alondra gorjeaba: — «Yo al cielo jubilosa 
remontóme, y mi pecho con vivida canción 
á Dios ensalza, al rayo del alba esplendorosa 
que á despertar comienza, teñida de rubor.» 
Y el ruiseñor vibrando en lengua melodiosa:: 
«Yo en la callada noche suspiro por mi Dios.» 



XXVII 



./\. • . • 



[De ühlandj]^ 



K 



O sé cuándo naciste, ni intentara, 
si lo pudiera averiguar, saberlo; 
sé un orbe para mí, sé luz eterna 
sin principio y sin término. 



IX 



"78 



XXVIII 



Honor del pino. 



i De Kerner) 



L 



A vid, al pino llamando, 
Olla decir há poco: 

— «¡Siempre erguido y yerto, ay loco, 
y siempre al cielo aspirando! 

Yo al viajero fatigado 
doy, como tú, sombra escasa; 
mas ¡con pie cuan leve á casa 
sé guiar al maltratado! 

¡Qué gozo en otoño llevo 
de los hombres al hogar! 
Cuando el sol va á agonizar 
yo otro sol enciendo nuevo.» — 

Ya que habló la vid ufana, 
no fué mudo el pino, y quedo 
murmuraba: — «Yo te cedo 
honra y prez de buena gana. 

Cual son tus jugos no soy 
del hastiado hombre solaz: 
le hago un bien solo, la paz 
que entre seis tablas le doy.» — 



179 

Ignoro si persuadir 
^1 pino á la vid lograra; 
<:alló, y en sus ojos clara 
vi una lágrima lucir. 



XXIX 



En una fuente. 



F 



LUYE en límpido raudal, 
mas nunca habló su cristal: 
viajero, el paso deten, 
y aprende del manantial 
Á obrar en silencio el bien. 



XXX 

r 

Una estrella. 

k D. JOSÉ MARTÍN DE ECHEVESTE 

V-^UANDO en noche serena de estío 
suspiran las flores, 
derramando en el valle sombrío 
sus suaves olores, 



i8o 

y al rumor que levantan las olas 

en playa cercana, 

se despierta en sus leves corolas 

la brisa liviana; 

cuando brota el rocío, y al peso 

las hojas se pliegan, 
• y á pedirlas ufanos un beso 

los céfiros llegan, 

y ellas trémulas huyen, moviendo 
su tallo el ambiente, 

á la osada caricia escondiendo 

la púdica frente, 

y suspensos los céfiros cejan, 

y, en torno volando, 

van y vienen, se acercan, se alejan,. 

sus alas sonando, 

y ya el cáliz con soplo quejoso 

pasando estremecen, 

ya con lánguido acento amoroso 

sonoros le mecen, 

y entre el húmedo césped bullendo 

las llaman, las ruegan, 

y á su amor, las corolas moviendo,, 

las flores se niegan; 

en la selva susurra el follaje, 

las aguas murmuran, 

y en las sombras del turbio celaje 

los astros fulguran, 

como lámparas de oro encendidas- 



i8i 

<jue alumbran el suelo, 

como diáfanas perlas prendidas 

del día en el velo; 

cual diamantes que deja esparcidos 

el alba que llora; 

cual destellos de luz desprendidos 

del sol de la aurora, 

en pos de ella esas luces dejando 

la noche camina, 

y, de estrellas el cielo sembrando, 

la tierra ilumina. 

En la niebla confusa reposa 
su vago reflejo, 
y la mar las ofrece amorosa 
su trémulo espejo; 
y unas, viendo á las aguas lejanas 
pintarlas tan bellas, 
reverberan moviéndose ufanas, 
mirándose en ellas, 
mientras otras distantes, perdidas, 
se ocultan serenas 
y entre pliegues de gasa escondidas 
percíbense apenas. 

Cuáles radian inmobles su lumbre 
tranquila, brillante; 
cuáles van á morir en la cumbre 
del monte distante; 
ya la atmósfera cruzan lanzadas 
cual vagas centellas, 



I 82 

y al pasar otras mil apagadas 

se encienden en ellas; 

ya volubles á intervalos lucen, 

brillando, muriendo; 

ya un instante no más se producen 

y pasan huyendo... 

^*Veis aquélla que allá, retirada, 
modesta y constante, 
resplandece cual dulce mirada 
de virgen amante? 
Esa, en noche serena de estío 
que sola brillaba, 
á la mar, á la selva y al río 
su historia contaba; 
y la tierra en callado reposo 
atenta la oía, 

y con lánguido acento amoroso 
la estrella decía: 

«Yo soy la estrella de la esperanza,. 
jamás se apaga mi dulce rayo: 
todo el que al cielo la vista eleva 
me halla brillando. 

El coro alegre de mis hermanas 
á los dichosos sonríe ufano; 
yo para el alma que triste llora 
mi lumbre guardo. 

Nunca las lágrimas ciegan sus ojos 
cuando afanosa me busca alzándolos^ 
y acaso al verme lucir serena 



1 83 

cesa su llanto. 

Yo á los que gimen, a los que sufren, 
ansiosa busco por consolarlos: 
yo soy amiga, la sola amiga . 
del desgraciado. 

Así, luchando sobre las olas, 
con ansia y gozo me mira el náufrago, 
V desde el suelo de extrañas tierras 
el expatriado. 

Por eso el huérfano que vive solo, 
la tierna virgen que amó á un ingrato 
y el desvalido que el pan mendiga 
de sus hermanos; 

cuantos el mundo desdeña impío, 
cuantos él deja desamparados, 
cuantos en lágrimas la vida cruzan, 
buscan mi rayo. 

Alzad los ojos al alto cielo 
los que la tierra pisáis llorando: 
yo entre las nubes errantes vivo 
por consolaros. 

Sobre esas tumbas que el hombre ignora 
y obscuras yacen al pie de un árbol, 
contenta luzco y hallo en las hojas 
suave descanso. 

Las almas tristes que en torno de ellas 
vagan gimiendo, si hallan mi rayo 
tranquilas duermen, y mientras dura 
su sueño guardo. 



i84 

Alzad los ojos al firmamento, 
los que la tierra cruzáis llorando: 
desde él os mira la sola amiga 
del desgraciado. 

Hija del cielo, sobre las nubes 
del aire brillo por consolaros: 
yo soy la estrella de la esperanza; 
jamás me apago.» 
-•■••• •••••••••• •••••••••••••«• 

Y sonaban las olas, cubriendo 
de espumas la playa, 
y en las hojas ligeras del bosque, 
volando, las auras; 
Jas estrellas del cielo morían 
perdiéndose pálidas, 
y la aurora el confuso horizonte 
del mar señalaba. 

Un lucero no más se veía 
que ya declinaba, 
anegados sus vivos destellos 
en lumbres del alba; 
y al hundirse invisible á lo lejos 
del aire en las gasas, 
^^ del espacio en los ecos se oía: 

«Yo soy la esperanza.» 



1 85 



XXXI 

En un álbum. 

As over the sepulchral stone... 

(Byron.) 



c 



lOMO detiene acaso al pasajero 
obscuro nombre sobre yerta losa, 
fije tus ojos lánguidos el mío 
si vagan al azar sobre estas hojas. 

Y si en remoto día al encontrarle 
recuerdas por ventura mi memoria, 
piensa que bajo de él, en esta página, 
un solitario corazón reposa. 



XXXII 



Después de un sarao 



R 



OSAS á tu cabeza destinadas, 
no sé por cuál azar 
de tocador, su primitivo empleo 
hubieron de trocar; 



i86 

y dijiste, no hallando en tu persona 
donde estuvieran bien: 
— «aunque sea en el pecho,» — y en el pecho 
clavólas tu desdén. 

^•Por qué esa frente desdeñosa y triste, 
cuyo doliente son 
la pálida sonrisa de tus labios 
templar no consiguió? 

¿Es que tu yerto corazón, señora, 
cesó ya de latir, 

y que á su amparo, míseras, no pueden 
flor ni pasión vivir? 

¿Es que aquel centro misterioso donde 
guarda el humano ser, 
esencia pura de su excelso origen, 
la gloria de querer, 

descolorido sol sin luz ni llama, 
es en tí muerto hogar, 
corazón sin ventura que no puede 
ser amado ni amar? 

Triste es tender las alas del espíritu 
sobre el mundo al nacer, 
y sentir al abrirlas ¡oh martirio! 
que no caben en él. 

Sobre ellas quiso de sí propia en vano 
cobarde el alma huir, 
si halló difícil, dolorosa y lenta 
la vida del sentir, 



i87 

y ofendida en su orgullo soberana 
sin lágrimas gritó: 

' — «¡Por siempre tuya, oh fantasía loca; 
del sentimiento, no!» — 

«Aunque sea en el pecho:» bien dijiste, 
ya que á tus ojos es, 
altiva siempre, la razón primero, 
el corazón después. 



XXXIII 



El palmero. 

[De Walter Scotf,} 
I 



«Oí nobles sois y cristianos 
los que la torre habitáis, 
abrid la puerta al palmero 
acogido á vuestro umbral. 

La noche es húmeda y fría, 
ruge airado el huracán 
y los senderos se ocultan 
en nieve y obscuridad. 

No receléis asechanzas 



1 88 

■«de la ocasión y el lugar: 

un báculo son mis armas, 

mis arreos un sayal. 

En aguas de lueñes tierras 

fui mis culpas á lavar; 
*de asperezas del camino 
>heridos mis pies están. 

Traigo indulgencias de Roma^ 

reliquias de allende el mar: 
i5i por ellas no me abrides, . 
abridme por caridad.» 



II 



«La montaña y sus fraguras 
•guarida á las fieras dan, 
y un triste viejo no encuentra 
asilo en la tempestad. 

¿No oís cómo quiebra el viento 
las ramas del robledal 
y desatada la lluvia 
vuestros muros golpear? 

¿No oís del río que hierve 
*el turbulento raudal.^ 
Negándome el hospedaje, 
-á pasarle me obligáis. 

Si tenéis hijo ó hermano 
por esos mundos, pensad 
^ue cual yo llora mendigo 



1 89 

á extraña puerta quizás. 

Soy peregrino y anciano^, 
no tengo asilo ni pan: 
abrid, por Nuestra Señora;, 
su amor os lo pagará.» 

III 

«Con dos cerrojos cerrada 
la puerta á que llamo está, 
y el corazón de su dueño 
á mi angustia y á mi afán, 

¡Gloriosa Virgen María, 
Madre de amor y piedad, 
no encuentro amparo en el mundo; 
ved si Vos me lo otorgáis! 

Nunca á quien favor me niega 
le llegue el vuestro á faltar, 
cuando le implore agobiado 
del cansancio y de la edad.» 



Sordo á la voz del palmero ^ 
al calor de ardiente hogar 
el castellano descansa 
en su lecho señorial, 



í90 I 

y el peregrino, aterido, 
sin fuerzas ni alientos ya, 
para morir se recoge 
al apretado encinar. 



¡Ay de aquél que á los gemidos 
-del dolor y la orfandad 
muestra corazón de bronce, 
entrañas de pedernal! 

Del techo inhospitalario 
Tiuyen para no tornar 
*el sueño reparador, 
la consoladora paz; 

y el silencio de sus noches 
lúgubre voz romperá: , 
«¡Abrid, por Nuestra Señora! 
jAbridme por caridad!» 



191 



XXXIV 

Ultima hoja. 

x\cuÉRDATE dc mí cuando en el cielo 
muere sereno el sol, 
cuando en las hojas sosegadas duerme 
la brisa sin rumor. 

Acuérdate de mí que en esas horas 
de paz é inspiración 
de mi penar amargo sólo escucho 
la querellosa voz. 

¡Oh tú, que sabes cuánto un alma triste 
encierra de dolor; 

tú que has oído de escondidas penas 
que nadie consoló; 

tú que sabes por qué nunca reposa 
m¡ inquieto corazón, 
y que mi estéril vida su esperanza 
nunca lograda vio, 

acuérdate de mí cuando en el cielo 
veas morir el sol, 

cuando en las hojas sosegadas duerma 
la brisa sin rumor! 



l()Z 



XXXV 



Melodía 



H 



O es el dormido lago que refleja 
sobre terso cristal limpios celajes, 
cual te fingió la ardiente fantasía, 
del alma tuya imagen. 

Esas ondas que, apenas conmovidas 
al manso vuelo de la brisa errante, 
en el lecho de flores guarnecido 
de sus riberas yacen; 

esas ondas que copian transparentes 
la sombra de los olmos seculares, 
y cariñosas besan suspirando 
las hojas de los sauces; 

esas aguas que roza en anchos giros 
por verse en ellas retratada el ave, 
y al resplandor del día centellean 
entre los verdes árboles, 

del viento al polvoroso torbellino, 
que airado cruza de la sierra al valle^ 
su misteriosa transparencia acaso 
súbito ven turbarse, 

ó de su obscuro fondo removido 



193 

se alzan hirviendo ocultos cenagales 
cuando nublado tronador de otoño 
en lluvia se deshace. 

Tal vez recia tormenta las sacude 
y por los campos fértiles se esparcen, 
anegando entre férvidas espumas 
las flores de su margen. 

No así tu ardiente corazón se agita 
del proceloso mundo en los combates; 
no así su virgen transparencia turba 
la hiél de los pesares. 

Mas ¿ves la blanca estrella solitaria, 
lucero misterioso de la tarde, 
que entre el vapor incierto del crepúsculo 
tímida luz esparce.'^ 

Esa del alma apasionada y pura 
es ¡oh flor de los trópicos! imagen, 
sobre la tierra ruda derramando 
sus resplandores suaves. 

Del pantano en las aguas cenagosas 
y de la limpia fuente en los raudales, 
igual, sereno y sin mancilla, viene 
su rayo á reflejarse; 

y al cielo llama los inquietos ojos 
que el infortunio ó el pesar distraen, . 
y, en pos de una mirada, al cielo envía 
el corazón sus ayes. 



13 



194 



XXXVI 



En la Alhambra 



I 



D 



iz que poéticas sombras 
tu noble recinto habitan: 
yo vengo á ver si aquí mora 
la que busca el alma mía. 

Buscándola he recorrido, 
porque no sé dónde es ida, 
las Infantas y la Vela, 
los Picos y la Cautiva. 

Donde quiera me contaban 
de cien sombras peregrinas 
aventuras y sucesos, 
mas ninguno de la mía. 

¡Alhambra, mágico alcázar 
que el alma alegras y hechizas! 
^por qué yo en tí sólo encuentro 
silencio y melancolía? 

Pálida luz en los aires 
brilló un momento á mi vista, 



195 

y sólo hay para mí noche 
donde falta esa luz viva. 

¡Memorias, dulces memorias, 
consuelo del alma mía, 
¿dónde os ando yo buscando 
si estáis en ella escondidas? 

Patio de los Leones, Julio de 1863. 



II 



Dos torres tiene la Alhambra, 
llamadas Torres Bermejas: 
á sus pies crecen dos chopos 
y en su pared una yedra. 

Si alguna vez silencioso 
veis junto al muro á quien sueña, 
y sin llegarse á las Torres 
con hondo afán las contempla, 

no le preguntéis á nadie 
la causa de su tristeza: 
preguntádsela á los muros; 
quizás los muros la sepan. 

Visiones hay que la vida 
cruzan cual vagas centellas, 
mas al pasar en el alma 
estampan señal eterna. 

Acaso las rojas Torres 



196 

han visto una sombra de esas: 
preguntadlas si os importa, 
porque las mira quien sueña. 

Junto á una fuente, Julio de 1863. 



III 



Rojo está de sangre el suelo- 
roja de sangre la fuente 
y en rojo vaho se baña 
la sala cuando anochece. 

¡Callad! si una voz acaso 
despierta el eco que duerme^ 
ayes de agonía exhala 
el mármol de las paredes. 

En estancias de oro y rosa 
vestidas para el deleite, 
¿por qué ese rastro de sangre? 
¿por qué esas huellas de muerte?^ 

Amor murmuraba el agua, 
saltando del suelo alegre, 
amor las trémulas hojas 
de arrayanes y cipreses; 

deslizóse en los murmullos- 
soplo de calumnia leve: 
¡nadie receló!... y quedaba 
emponzoñado el ambiente.. 



I 



*97 

Gallardos abencerrajes, 
mozos sin culpa, bebiéronle, 
y los mató aquel veneno 
que mata á quien toca siempre. 

Gallardos eran y nobles: 
todos lloraron su muerte, 
los hombres por valerosos^ 
por leales las mujeres. 

... ¡Ay! no fiéis en lugares 
que amor y alegría mienten: 
donde el pie del hombre pisa, 
. la planta del mal florece; 

el placer cela traiciones, 
lazos los amores tienden, 
y donde más vida esparce 
el sol, más mata la muerte. 

Julio de 1863. 



198 



XXXVII 



En un abanico. 



(De la Sra. de Pereda.} 



V 



ATE que en abanico canta ó llora, 
de perfidias del aire hace argumento: 
pregúntale, señora, 
si el aire apaga, si deshoja el viento, 
la luz del genio que en las cumbres mora 
y la escondida flor del sentimiento. 



XXXVIII 



*** 



OiEMPRE del alma en las dolientes horas,, 
siempre en los casos de la vida adversos, 
dos caricias gocé consoladoras: 
las flores y los versos. 

Hoy que me cela el sol nube sombría, 
presa ya de agudísimos dolores, 
pensad cómo se encuentra el alma mía 
sin versos y sin flores. 



•99 



XXXIX 

Melancolía. 

A un amigo. 
Loqiiar in amaritudine animce mece. 

(Job.) 



T, 



ODO pasa en la vida: tan veloces 
huyen las horas de dolor amargo, 
cual las que en pos siguiéndolas alegres 
al alma ofrecen cariñoso engaño. 

¡Por qué temer los días que se acercan! 
¡A qué llorar los días que pasaron, 
si es condición humana el sufrimiento 
y eterna ley de la existencia el llanto! 

Giran sujetos al primer impulso 
que los movió en sus órbitas los astros, 
y en su círculo breve de miserias 
cual ellos gira el corazón humano. 

Yo vi desierto y mudo el bosque antiguo, 
por rigoroso invierno despojado, 
al sol de Abril alegre repoblarse 
de verdes hojas y murmullos vagos, 

y al mar que ronco en tempestuosa aurora 
hirviendo estremecía los peñascos, 



200 

arrullado de brisas en la tarde 
dormir sereno cual tranquilo lago; 

y dio treguas ufana el alma mía 
á su dolor obscuro y solitario 
la dulce voz de la esperanza oyendo 
alegrar su profundo desamparo. 

Pero tornó á su desnudez el bosque 
cuando los hielos rígidos tornaron, 
y el mar por la borrasca sacudido 
del manso sueño á despertar airado, 

y comprendí que la esperanza es sueño, 
sueño de un día, que si vuelve acaso 
la tempestad sombría del recelo 
surge á la par con él á disiparlo... 

Los que sentís arder en vuestras venas 
la fiebre juvenil del entusiasmo, 
y al cielo alzáis sobre resueltas alas 
el pensamiento generoso y claro, 

si á vuestro ardiente espíritu no tienen 
términos escondidos los espacios, 
y a una región llegáis donde su origen 
toma la luz del numen soberano, 

¡cómo después de penetrar un mundo 
cual la infinita inteligencia vasto, 
mundo de amor y de armonía eternos 
que nunca el mal ó el padecer turbaron, 

podéis á la estrechez árida y fría 
de esta mísera tierra resignaros, 
sin que en acentos dolorosos brote 



201 

la desesperación á vuestros labios! 

Cual roble cuyo seno vigoroso 
sordamente royó voraz gusano 
con mentirosa lozanía extiende 
sobre cortezas vanas verdes ramos, 

así, al martirio lento consumida 
la generosa fe, debierais falsos 
fingir amor del pecho en que sañosa 
la duda ceba ponzoñoso dardo. 

Mas hay un Dios que con liviana arena 
quiebra el soberbio empuje al Océano, 
y el peso mide á los mortales hombros, 
y al frágil corazón los desengaños; 

y de ese Dios la augusta Providencia 
os guarda en goce misterioso y santo, 
que vulgares espíritus no alcanzan, 
del hondo sufrimiento digno lauro. 

No de la veleidosa muchedumbre 
la fama inquieta y pasajero aplauso, 
ni esas coronas que al ceñir las sienes 
por siempre ahuyentan la quietud del ánimo; 

mas la mirada ardiente que derrama 
en vuestra frente pálida sus rayos 
si enamorada una mujer escucha 
del arpa herida los arrullos blandos; 

su involuntaria lágrima que asoma 
severa y pura al tembloroso párpado, 
si gime en vuestras cláusulas sonoras 
voz de dolor, ó de infortunio, ó llanto, 



102 



y aquel suspiro que en sus labios muere, 
eco profundo, dulce y solitario 
con que responde un alma enamorada 
á la armoniosa inspiración del canto... 

¡Oh! si á tu voz en cuyos ecos vibran 
sonoras brisas de los bosques patrios, 
suave otra voz y trémula responde 
con amoroso anhelo suspirando; 

si tus hondos pesares se adormecen 
de nuevo amor al poderoso halago, 
no en fatigosa resistencia ahogues 
el hervoroso impulso de los años. 

No es tan fácil la vida, no es tan rica 
nuestra jornada en fértiles ribazos 
que altiva pueda desdeñar el alma 
la más humilde flor que encuentre al paso. 

Si á orillas del sendero áspero y triste 
sus tutelares sombras tiende un árbol, 
ó fresco y claro manantial ofrece 
sus puras ondas á tus secos labios, 

bajo el ramaje cariñoso alivia 
de tus heridos miembros el cansancio, 
y calma en los raudales cristalinos 
la sed ardiente de tu pecho exhausto. 

¡Ay! quien en torno al caminar descubre 
arenales sin término, abrasados, 
que en incesante remolino azotan 
las alas tempestuosas de los ábregos, 
ese en las soledades del desierto 



203 

ríndase al desaliento, y procurando 
la sombra de la muerte y del olvido, 
sacuda el polvo de sus pies cansados, 

y de su triste sol mientras se acerca, 
sordo á su afán, el perezoso ocaso, 
abisme el tiempo sus menguados días 
á la esperanza y al temor extraños. 



, XL 

A Marcelino Meriende^ y Pelayo, 

Traductor á^Y Prometeo encadenado de Esquilo^ 

r 

jt\ LAS cumbres del Cáucaso nevado 
llevan las Oceánides el vuelo, 
porque en su blando coro hallan consuelo 
las penas del Titán encadenado. 

Del mar las olas y el rumor cansado 
calman su fiebre é insaciado anhelo, 
rival vencido de implacable cielo 
que el hombre olvida y martiriza el hado. 

¡Claro honor de Cantabria! Altos laureles 
del mito antiguo la inmortal belleza 
trajo á tu rica, si temprana, historia, 

cuando con lengua y sentimientos fieles 
del vate eleusio el estro y la grandeza 
nuestros hiciste y cántabra su gloria. 



204 



XLI 



A José María de Pereda. 



...Alia quinqué superlucratus sum. 

(S. Math., XXV, 20./ 



p, 



EÑAS arriba!... Larga no, mas dura 
es la mortal jornada que llevamos; 
y todos sin saber, si es que llegamos, 
lo que al llegar nos guardará la altura. 

Horas de tedio ú horas de dulzura; 
ya pisemos en firme, ya caigamos, 
lo breve del vivir sólo miramos 
•cuando desmaya el sol y el tiempo apura. 

¡Dichoso tú! que en la ganada cumbre, 
al derribar del hombro fatigado 
la vida y su gloriosa pesadumbre, . 

podrás decir: «A tu mandato llego: 
esto. Señor, mediste; esto he logrado: 
tuyos lucro y caudal, te los entrego.» 



205 



XLII 



Pragmática del bañista. 



En el paredón de «Anaos.» 



D 



ESNÚDESE, santigüese, eche un colé; 
surja rápido, tieso como un palo; 
resuelle, voces dé, y á medir calo, 
tapada la nariz, un brazo arbole. 

Aguante un codo ó dele; á tierra el tole; 
una galleta al prójimo en regalo, 
y, con la ropa en brazos, cual del malo 
huya del policía si avistóle. 

¿Hay qué.^ á comer. ¿Escuela hay? á la escuela, 
¿Será mejor correrla? pues corrióla; 
nuevo colé después, punta y mistela; 

hasta que en mar extraña ó española, 
barbado ya, destrámele la tela 
una bala, una fiebre ó una ola. 



206 



XLIII 



En la C07isagj'aciün del Ihno. Señor 
D. Santos Zarate y Martínez, Obispo 
de Almería, 



Lyios le sublima al pastoral servicio, 
Dios que los sabios, los humildes crea, 
ya que para el humilde y sabio sea 
el cetro cruz, la púrpura cilicio. 

Porque del evangélico ejercicio 
en símbolo cabal los timbres vea, 
le envía á suelo que la palma orea, 
el árbol del amor y el sacrificio. 

¿Qué extraño, ¡ohPadre de almas cariñoso! 
oir entre los vivas tristes quejas 
al cumplirte en combate vigoroso, 

sin la paz y el descanso que aquí dejas, 
dar tu pan, tu saber y tu reposo, 
)'' la vida quizás por tus ovejas.^ 



207 



XLIV 



D 



ijo al lánguido sauce la espadaña: 
— «Llora, que de tus lágrimas nutrida, 
la fuente pura que mis tallos baña 
me da flores y vida.» 

Y el árbol triste, cuyos ramos vagan 
sobre las ondas frías: 
— «Si yo vida les doy, vida me pagan 
tus hojas cuando besan á las mías.» 



4 



208 



XLV 



Soneto, 



c 



UANDO en silencio duerme el bosque umbrío 
y el astro virgen de la noche obscura 
vierte su lumbre misteriosa y pura 
sobre las ondas trémulas del río, 

húmeda el ala tenue de rocío, 
recorriendo la brisa la espesura, 
vuelve á la flor la vida y la frescura 
que el sol robóla del ardiente estío. 

Tal vez un alma en juvenil aurora^ 
pálida flor que marchitó el verano, 
triste las muertas esperanzas llora; 

Imas si acaricia su dolor temprano 
aura de amor, alegre se colora 
y reverdece el corazón lozano. 



209 



XLVI 



El manantial, 



L 



Ejos, muy lejos está! 
y ¡es tan dura la subida!... 
Se gasta en trepar la vida 
y no se llega quizá. 

Por cuentos de quien subió 
y gustó las aguas puras, 
en las remotas alturas 
más de un mortal se perdió. 

Y hay quien después de subir 
á enturbiar las aguas prueba, 
para que de ellas no beba 
quien pueda detrás venir. 

Y en más de uno pudo ser 
razón para haber subido 
que creyeran que ha bebido 
ó que le vieron beber. 

Ralo musgo, peña brava 
y silencioso el paraje... 
eso fué el primer paisaje, 
el mundo que comenzaba. 

Cerca el águila campea 

14 



2 10 

que nunca las aguas toca; 
míralas desde su roca 
ó volando las rodea. 

Ave que en sed no verás, 
como tan arriba sube, 
bebe rocío en la nube, 
agua en el suelo jamás. 

Sin ser águila y saber 
si en lo alto podrán vivir, 
¡á cuántos movió á subir 
la codicia de beber! 

¡En cuántos nació un rencor 
inaplacable, al notar 
que para su paladar 
no tuvo el agua sabor! 

¡Cuántos, con aciaga suerte, 
aprendieron en mal hora 
que agua bebida á deshora 
en ponzoña se convierte! 

Entre cristal y cristal, 
de humanos influjos lejos, 
cambian luces y reflejos 
el cielo y el manantial. 

Hay un misterio increado, 
alma común de los dos: 
el espíritu de Dios 
sobre las aguas llevado. 

Tan hondo y grave aparece 
el misterio de la altura. 



I 



211 

que á muy pocos asegura, 
á los más los desvanece. 

Brota el agua sin rumor, 
y, rebosando en la arena, 
derrama su limpia vena 
por cauce murmurador. 

Despeñadero, no calle, 
abriéndose en la quebrada, 
baja luego desgalgada 
á calmar la sed al valle. 

Quien la ve con furia tal 
romper por breña y colina, 
el sosiego no imagina 
que tiene en el manantial. 

Y trocando aquel sosiego 
en espuma y vocerío, 

si fué manantial, es río; 
inundación si fué riego. 

Cuanto más lo bajo explora 
y de lo alto se separa, 
corre el agua menos clara, 
pero más murmuradora. 

Y tanto vaga y tropieza 

que, aun defendiéndose esquiva, 
ya su luz no es la de arriba, 
ni es la de allá su pureza. 

Bosque espeso, mies copiosa 
fecunda el río y sustenta; 
mas á la par alimenta 



212 



zarzas viles, yerba ociosa. 

Y como allí el pie no siente 
lo escabroso de la cumbre, 
ciega va la muchedumbre 
á saciarse en la corriente. 

¡Agua insípida ó viciada! 
¡Que haya sed tan caprichosa 
que te quiera estrepitosa 
aun bebiéndote enturbiada! 

Diéronte al hombre los cielos 
para que temple su sed, 
no para usarte á merced 
de su orgullo ó de sus celos 

Que al alma seas salud 
y sublime claridad, 
no causa de vanidad 
ó desolada inquietud. 

Si clara, como allí está, 
abajo no la has de ver, 
ó no sueñes con beber 
ó sube á bebería allá. 

Con falso ruido de gloria 
el agua bullendo llama: 
¡qué tentación! oro, fama 
y eternidad de la Historia. 

El vivo halago combate, 
que va en ser sabio y ser bueno, 
y antes que beber veneno 
deja que la sed te mate. 



I 



213 

No es bien de todos la ciencia 
ni hay delito en la ignorancia, 
y puede ser la arrogancia 
verdugo de la conciencia. 

Sentencia que habéis oído 
en toda academia honrada: 
vale más no saber nada 
que saber mal lo sabido. 

¡Oh perpetuo codiciar 
de lo que el cielo calló! 
¿Qué sabes tú, qué sé yo 
si en Dios no sabemos dar? 

¡A buscar la viva lumbre 
del rayo en El encendido! 
¡Al origen no fingido! 
¡Al manantial de la cumbre! 

Ni pienses si has de tardar, 
que en camino del saber 
nada importa envejecer: 
cuida sólo de llegar. 



214 



XLVII 



En una hoja seca 



D 



EL generoso ramo desprendida 
perdió su fresca gala y verde pompa; 
'mas, aunque seca y pálida, aún exhala 
su misterioso aroma. 

Amó tu ardiente corazón sin dicha, 
marchitáronle en vano aciagas horas: 
yerto y triste, aún conserva 
un aroma inmortal, una memoria. 



215 



XLVIII 



r 

A Juan de la Cossa. 



s 



OBRE mares sin costa, sin camino, 
piloto audaz, soldado aventurero, 
segundo en fama, si en valor primero, 
impávido retabas al destino. 

Y aprendido en el cielo cristalino, 
al encender la tarde su lucero, 
un nuevo rumbo, tu compás certero 
fijábalo en el terso pergamino. 

El mar sumiso, que al timón se allana, 
de sus borrascas preservó tu vida; 
y en militar socorro á gente hispana, 

menos afortunada que atrevida, 
tu sangre derramó la tierra indiana 
á su descubridor mal sometida. 



2l6 



XLIX 



Non mil le, quod absens. 



E 



N vano arrullan férvidas su oído 
ardientes frases y amorosas quejas; 
en vano, ciegos de pasión, la imploran 
amantes y poetas. 

Nunca interrumpe lánguido un suspiro 
el timbre lleno de su voz serena; 
nadie logra encender llama de amores 
en sus pupilas negras. 

Cuando tornó de recorrer ausente 
extraños climas y lejanas tierras, 
cariñosa la patria alborozóse 
al recobrar su perla, 

y en torno de ella sin cesar prodiga 
placeres nuevos y pomposas fiestas, 
cual si su inquieto espíritu agitasen 
temores de perderla. 

Orgullo y gala del nativo suelo, 
vírgenes de su infancia compañeras, 
de su hermosura y discreción cautivas 
aclámanla por reina, 

y en generoso alarde los mancebos 
de ardiente sangre y noble gentileza 



217 

una sonrisa, una mirada suya 
dispútanse sin tregua. 

Mas, cual si herido el corazón guardase 
oculto origen de inmortal tristeza, 
afable siempre en los saraos brilla, 
nunca risueña; 

y cuando el viento vago de la tarde 
las sueltas palmas del jardín cimbrea 
y al pie muriendo del dormido alcázar 
las mansas olas suenan, 

desde el alto balcón buscando ansiosos 
sus claros ojos misteriosa estrella 
que en el confín del nebuloso Oriente 
constante centellea, 

la roja cruz que brilla en su regazo 
con labio ardiente y codicioso besa, 
y á sus párpados trémulos asoman 
dos lágrimas serenas. 



2l8 



L 



Romance. 

{En honor de Zorrilla. ) 

V^uÉ importa sentir rendidas 
las alas del corazón, 
apagado el pensamiento, 
desfallecida la voz? 

Si la patria nos reclama 
es su fuerza la del sol, 
y en el tronco más estéril 
hierve savia, brota flor. 

¿No la oís? Del áureo Darro 
hasta el Pas, hasta el Asón, 
convoca á los hijos buenos 
su enardecido clamor. 

Aura de gloria respira; 
en justicia y en razón 
quiere otorgar al ingenio 
lo que en su día al valor; 

y á las glorias españolas, 
que glorias cántabras son, 
en tierra de la Montaña 
nunca un pecho ensordeció» 

Un poeta tiene España 
— nunca le tuvo mayor,— 



219 

un milagro su destino, 
misterio su aparición. 

Mensajero de otros siglos 
que á su siglo despertó, 
jamás españoles vieron 
más escuchado cantor... 

¡Pobre patria! Recia nube 
tu cielo entenebreció: 
no tuviste pan sin lágrimas, 
día sin humillación. 

De abrojos fué tu corona, 
de tristezas tu arrebol, 
la púrpura en tus espaldas 
escarnecido jirón; 

y acaso tu antiguo siervo, 
advenedizo ó traidor, 
viéndote al paso caída 
en el rostro te afrentó. 

Si á tiempo feliz llevaban 
su memoria y su intención, 
«¿cuáles fuimos?» — se decían 
nuestros padres con rubor. 

¡Oh! cuánto su noble pecho 
de alegría se ensanchó 
cuando oyeron al poeta 
repetirles: — «¡tales sois!...» 

Cantó la dulce esperanza, 
¡celestial aparición! 
de la patria no vencida 



220 

la indomable fe cantó; 

sus altares, yermos de oro, 
vestidos de adoración, 
y los cuentos en que el pueblo 
las propias penas ahogó. 

Dijo cómo hierro en mano 
y una cruz en el bordón, 
doquiera hollando la muerte 
con desdenes de señor, 

contra gentes y elementos, 
de la prueba en el crisol, 
y los cuatro Evangelistas 
en el seno y en la voz, 

sus abuelos se extendieron 
por una y otra región, 
gastando sin duelo vida, 
oro, fortuna y valor. 

¡Cuan adentro en los hogares 
la voz tuya resonó! 
Poderosa fué ¡oh poeta! 
tu mágica evocación. 

Y se poblaron las ruinas, 
y el yerto páramo habló; 
árboles, aguas, tuvieron 
vivo acento, nuevo son; 

almas y almas en su huella 
llevóse el encantador, 
del mundo que todos vemos 
á un mundo que nadie vio, 



221 

y sus ojos de la tierra 
alzó una generación 
á ponerlos en el cielo 
buscando en el cielo á Dios. 

¡Cuánto por la patria gloria 
el gran vatepeleól 
tiene trémula la mano, 
pero firme el corazón. 

Como el astro de la patria 
en días de su esplendor, 
la clara luz de su numen 
ocaso no conoció, 

y hoy canta cual cantó siempre, 
vate, apóstol y español, 
adorando ciego á España 
y á ciegas creyendo en Dios. 

Coronarle quiere España. 
Granada el paso tomó, 
si no tierra de su cuna, 
rayo de su inspiración. 

De reinos y de ciudades 
las señales convocó, 
que en ufana pompa sigan 
la regia coronación. 

Al ruego de la sultana 
el cristiano respondió, 
no en son de guerra cual antes, 



222 



de paz y cariño en son; 

y de la tendida vega 
hasta el enriscado alfoz, 
valles del Sil y del Júcar, 
del Ter y del Alagón; 

cuantos solares España 

. pone en su histórico rol, 
Castilla la bien nacida, 
el no domado Aragón, 

y montes que para hollarlos 
el romano despobló, 
con su escudo, su bandera, 
sus cifras ó su guión, 

recuerdo, emblema ó historia 
que tanto esfuerzo costó, 
allí están, ricos en timbres, 
varios en forma y color. 

Allí barras y cadenas 
y el castillo y el león; 
allí una torre, una nave 
forzado el río Mayor, 

y las sagradas cabezas 
que el martirio coronó, 
entre blasones gloriosos, 
gloriosísimo blasón. 



Granada, alcázar bermejo, 
pensil de gloria y de amor, 



223 

ansia de España otros días, 
alma de España eres hoy. 

Jerusalén codiciada, 

prenda de insigne valor, 
la sangre que por tí dimos 
alto rescate encontró. 

Himnos á tí, á tí coronas, 
flores, aplausos, honor; 
alce su grito Cantabria 
en coro de admiración, 

'y á tus palmas de oro junte, 
en honra del gran cantor, 
su verde esmalte sombrío 
la encina del Septentrión. 

Mayo de 1889. 



V 




índice 



Pá;:sf. 



Estudio preliminar v 

MARINAS 

\.—Dolenter ^ 

W.— Lumen 2- 

III —Light and shadow , y- 

\W ,—Rutilat triste ccelum 4 

V. — Ingentes voces, silentia maris , 6^ 

VI. — Mar en calma ^ y 

Vil —Mare velivolum 8- 

VIH. -Caligo c^ 

IX. — Pensierosa ID 

X. — En el Sardinero -i 1 1. 

XI. — La gaviota 15. 

XII. — Tg die, to sleep . 16- 

XIII — Vesper l S 

XIV. — La peña de las ánimas 19- 

XV. —Abyssus dedit vocem 22: 

XVI —En el Sardinero 2> 

XVII. — La corconera 25 

XVIII . —Meridüs. 26- 

XIX. — La horadada 27 

XX. —In mari vía tua , . . . 27 

W\.—Portus Victorix 30- 

XXII, — En San Pedro del Mar , . . . . 31^ 



220 

Paga. 

^XIII. — /« altitudinem maris 32 

XXIV. -P05/ niibila ^y 

-XXV. — Recalada 36 

FLORES 

\. — In fide ct dilectione 41 

il. —Mimosa 42 

iU.—Ginenum argenteum 43 

IV. — Calambrojo 44 

V, —Hoja de malva 45 

^I. — Anónima 47 

VIL — Convallaria 48 

V\\\. — Anagallis 49 

IX. —Myosotis 49 

.X. —Margarita silvestre 51 

XI. — Margaritas dobles 52 

XII. — Verbena , 55 

XIII. — Geranio rojo 56 

XIV. — Rosa mustia 56 

XV.- Reseda 57 

XVI —Violeta 58 

XVII.— Heliotropo 60 

, XVI 1 1. — Siempreviva. ¿ 61 

!XIX. — Rosa montes 61 

XX.— Nenúfar 64 

XXI. — Amapola 6y 

ySÁW.^P as Biflora ccerulea 66 

EN LA MONTAÑA 

3 _**?ie 71 

- il. —Ad odorem aquct 72 

ill.— El chopo , 74 



227 

Págs, 

IV. — Argoma 75 

V.— El escudo , 7^ 

VI. —Brezos. 76 

VII. —Soneto 79^ 

VIH. — Martín-pescador 80 

IX. — A un mirador 85. 

X.-EI helécho 85. 

XI.— Mariposa. 86' 

XII . —En Val- de-Iguña 90 

XIII. — Montañesa y montañés 92? 

XIV. — Renouveau 93: 

XV.— A S. M. el Rey D. Alfonso XII, en su duelo ... 95, 

XVI. — Duerme, hierro, ,,,,.,. 99- 

XVII.— El olivo loo- 

XVIII —La zarza... 101 

XIX. — La golondrina loj 

XX. — La Peña de los Mártires , 104 

XXI . — De forti dulcedo 1 09-^ 

y^XW.—Omnia sustinet 110 

XXIII.- ¡Ave, María! i it 

RIMAS VARIAS 

I —Villancico 117 

II, — Un sermón de San Francisco , 1 20 

III. — Los azotes , , 124 

IV.— Con la cruz á cuestas 125 

V.—Fac me tecum plangere _, 1 30 

VI. — Al Cristo de mi cabecera 131 

VII. — Noliteflere 132 

VIII . — Super flumina Babylonis 1 34 

IX.— Cantabria , 136^ 

X —Casa solariega , , 1 43 

XI. — Cruz terminal 144 



• 



f 



228 



Págs. 



XII. — La torre de Cacicedo 

XIII. — Las armas de Velarde - ., 

XIV. — Larus ^caudillo cántabro) 

XV. -Nevada. • 

XVI. — Hoja perdida , 

XVII. —En Monte-Carceña 

XVIII. - Un dolmen 

XIX. — Doña Juana la Loca 

XX. —Doña Catalina de Aragón, .,,,,,,, 

XXI. -Soneto 

XXII. — Nuestro soldado 

XXIIL -Gil Polo 

XXIV. -Granada 

XXV. — Lágrima celeste 

XXVI. —Ruiseñor y alondra 

XXVII.-A 

XXVIII. - Honor del pino 

XXIX. — En una fuente 

XXX. - Una estrella 

XXXI— En un álbum 

XXXII. — Después de un sarao , 

XXXIII. -El palmero 

XXXIV. -Ultima hoja 

XXXV. -Melodía ....*.. 

XXXVL— En la Alhambra •. 

XXXVII. —En un abanico. , 

XXXVIII.-*** 

XXXIX —Melancolía 

XL.— A Marcelino Menéndez y Pelayo 

XLI. — A José Maria de Pereda ,,,. 

XLII . — Pragmática del bañista , 

XLIIÍ.— En la consagración del limo. Sr. D. Santos Za- 
rate y Martínez, Obispo de Almería 

XLIV 



45 

57 
58 

59 
60 

62 

63 
164 

65 
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75 
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77 
77 
78 
79 
79 
85 
85 

87 
91 

92 

[94 

98 
98 

99 
203 

204 

205 

206 
207 



229 

Págs. 

XLV. —Soneto 208 

XLVl.— El manantial 209 

XLVII. — En una hoja seca 214 

XLVIIÍ.-AJuan déla Cossa , 215 

XLIX.— Non mille, quod ahsens 216 

L. — Romance 210 



KE DE ERRATAS 



Pag. Línea Dice Debe decir 

ninguno ninguna 

cual sueño ¡cuál sueno 

cual loca cuál loca 

ruda rauda 

elecuentes elocuentes 

mártir en la huesa, mártir y en la huesa 

esperanza esperanza! 

¡oh flor! que oh flor que 

halláis holláis 

acaben acaben, 

verdea; verdea, 

caballo caballo, 

del mal ó del bien, .del mal y del bien 

vida, vida 

le canse se canse 

Pilatos Pilato 

vencido, vencido 

convertido convertida 

gentes, gentes 

soportará respetará 

al árbol de .al árbol, de 

tu cima su cima 

bajo tajo 

salidas sabidas 



8 


11 


13 


8 


13 


8 


25 


10 


37 


10 


37 


23 


44 


11 


47 


11 


54 


24 


56 


17 


86 


1 


86 


8 


89 


16 


90 


14 


126 


19 


127 


7 


135 


5 


139 


6 


150 


13 


151 


14 


151 


15 


155 


15 


158 


15 


165 


17 



Paa. 


Línea 


ia5 


18 


167 


14 


169 


19 


175 


12 


200 


12 


203 


13 


203 


22 


206 


15 


209 


18 


210 


4 


217 


6 



Dice Debe decir 

vendadas vengadas 

hien bien 

lucida lúcida 

muslim muslin 

acaso acaso, 

hallan hayan 

sentimientos sentimiento 

vigoroso rigoroso 

vieron vieran 

verás, verás: 

nunca pero nunca 



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